29 ene. 2005

El Metro y la muerte



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Denfert Rochereau, 17:00 pm. Espero el Metro igual que los demás. Sin elegancia alguna, mera rutina y esperanza límite. Pero cada vez que se acerca y siento ese zumbido de lombriz metafísica, algo, algo como una gana de brincar, un deseo de desafiar ese caudaloso vacío entre un lado y el otro se me viene. Más que picazón, angustia. Nunca resuelvo nada y subo de lo más quieto, cartesianamente contento de que llegaré justo a la cita prevista.

La picazón es nostalgia, pienso. Enfermo de extrañar el riesgo, quizás, aquellos ataúdes rodantes, mis excitantemente rábicas camionetas, los buses urbanos de Guate, sus ruedas por las calles-matadero. Nostalgia, no ambición suicida, no se llame a engaño.

Espero el Metro notando que en las estaciones hay siempre un botón de emergencia, una alarma para avisar que alguien ha saltado a la vía. Precario intento de evitar lo inevitable, bastión último contra la muerte escogida. Por lo que sé y me han dicho, cada año brincan unos cuantos haciendo la parábola del gato en pos del ratón imaginario, el escurridizo roedor del deseo. El Metro se detiene, alguna gente chilla, lavan la sangre, peritaje, y en un par de horas todo sigue. Todo sigue. Caminan los vivos al lado de los muertos en cualquier parte del mundo.

Suicidarse en París, con todo, tendría su extra de dignidad. Alguien me dijo una vez que quería morir viviendo en el arrondisement 19 para ser enterrado en el Pere Lachaise y así, con suerte, hacerse una tumba como la de Miguel Ángel Asturias, grandísima, asonante y muy guatemalteca.

¿A quién se le habrá ocurrido anotar en la lápida que el Moyas obtuvo el premio de tesis en la Usac o que fue estudiante distinguido en la secundaria?

Lo europeo hubiera sido simplemente tallarle "Premio Nobel de Literatura 1967", sin monolito indigenista ni nada.

Pero así somos. Y así que aunque Miguel Ángel Asturias esté enterrado en París, su tumba es guatemalteca, muy, como él era.

Ninguna Francia te defenderá de tu patria, nada dignificará tu muerte más allá de lo que hayás ganado para merecerla, para dar el vueltegato final con presteza e hidalguía. Ni siquiera la nostalgia.

Espero el Metro con cierta frialdad, siento el zumbido de nuevo, una ligera brisa soplando desde abajo. Me subo al vagón de un par de saltos.

Durante el viaje recuerdo aquel suicidio que presencié cuando circulaba sobre el puente „El Incienso“: un hombre se dejó caer desde el hormigón hasta su nombre, hasta ese cuerpo suyo dibujado en el fondo de su propio destino.

En Guatemala suicidarse es redundante, seguro, pero veamos que nos encanta el recoveco, repetirnos en la misma y cotidiana muerte. Nos falta talento. O nos sobra.