12 jul. 2005

Reciclando/ * Disolución del humo en el humo

Esta ciudad, pienso, descansa en el humo. Así como Brodsky y su Venecia suspendida en el agua (y con la idea calvinesca de que la ciudad suprema sería una suspendida en el aire), pienso de nuevo, esta ciudad radica en el humo. El humo la tiene gris. El humo nos tiene grises. El humo es la exhalación fatal de lo sucio; un suspiro oscuro proveniente de algún dios venido a menos.

He recorrido esta ciudad como quien dice poco. No me gusta. Pero, quién que es no ha salido a echarse a perder en sus calles. Es que no hay de otra. Y ahora que estoy en esto, creo que una manera de no dejarse suprimir por la tormentosa arquitectura de esta ciudad, de estar y ser en un espacio tan poco propicio, son los vicios. Los vicios, que son tan nuestros como el viñedo lo es de la tierra, ayudan su buen a pasar el rato. Y todo lo digo con la voz del que no está autorizado, con el aliento de alguien que no ha tenido una seguidilla alucinógena, que no ha tocado fondo. Los vicios son muletas. Así lo entiendo.

Todo con la convicción de que no hay salida: huir del bodrio urbano, o abstraerse de él por la sola intercesión de los vicios es disolver el humo en el humo. ¡Luz, más luz! Clamaba Goethe antes de morir y me hace pensar que se debe asumir el exilio citadino domiciliándose en la luz del arte. Hacia allá habría que ir.

La luz me trae acá: qué triste una ciudad orgullosa de su ausencia de color. El gris, de por sí, no es un color, así, taxativamente, esplendoroso. Nuestra ciudad no encuentra color, se ha resignado a permanecer gris como una vieja que sabe que ya está condenada. La psicodelia aparece, entonces, redentora y humanista. Un buen puro de mota es casi revolucionario, si se ve bien (pero uno solo, donde el humo no prevalezca, donde el humo no ahogue las ideas originarias y perentorias).

Y más allá del trip, intuyo que todas las formas del viaje le hacen bien a un capitalino guatemalteco. Y para alguien como el que aquí escribe que es, más bien, un vicioso arrepentido, un experimentador escurridizo, no militante, conviene más el viaje geográfico. Cualquier salida, cualquier motivo, cualquier escape adonde el humo no reine. Adonde las gentes no estén hechas de humo. Recién salí de la ciudad y sentía cierta hidalguía por no pronunciar constantemente la palabra “bestia”, o la voraz y lapidaria sentencia: “hijo de la gran puta”. Eso pasa con esta ciudad: no nos hace mejores, nos aplasta, nos vuelve viles. (Los vicios, por el contrario, cuando son efímeros, cuando suceden de manera lateral, cuando dan color y ocultan el humo, pueden trocarnos en hombres y mujeres de bien).

Si bien la utopía de suspender una ciudad en el aire se sabe inútil, podemos proponernos una que sea capaz de abolir el humo de nuestras vidas, un proyecto estético y vital, un remozamiento urbano y humano que encuentre alguna sustancia distinta del humo, en la cual suspender nuestros huesos y nuestro asfalto.

Igualmente, ya por estos días, pienso que lo bello tiende a la tristeza. Por ahí esta ciudad tiene posibilidades.

* Texto publicado en el 2002 en el paskín contracultural El supositorio.