10 jul. 2005

Reciclando: EXPERIMENTOS CON LA VERDAD/ Todo lo demás

(Columna publicada en 2004, Revista Magazine 21; un texto profético, por lo demás)

Cuanto más pienso en dinero más me hace falta. Ésta pareciera una especie de ley, algún tipo de fatalidad. Hace unos días proyectaba lo que iba a lograr cuando ganase más, cuando mis números abandonaran el rojo. Un viaje, por ejemplo, varios viajes de este y del otro lado del charco, un libro de Roberto Bolaño o de Raúl Zurita (dos antípodas chilenos), discos, el stereo para el carro, una noche en pareja, muchas noches. De más está decir que la misma tarde de la ensoñación cobré mi sueldo (todavía gano lo mismo) y me asaltaron, me quitaron todo. Casi lloré, lo confieso. Lejos quedaron aquellos días cuando sucumbía maravillado ante las fabulosas obsidianas que mis hermanos y yo encontrábamos en el patio y que luego desaparecieron como si se las hubiese chupado Dios. Lejanos los días en que vivía como si el dinero no existiese y es que, de hecho, el dinero no existía. Qué tiempos aquellos. Nada que ver con las cuentas por pagar, con los cálculos, con la ansiedad, con la angustia, con las llamadas de mi agente de crédito. Nada que ver con averiguar por alquileres baratos, nada que ver con preguntar por precios de celulares, nada que ver. La vida se me aparece ahora como un enorme cerdo con una ranura en la espalda. Y si lo vemos bien, la vida es como ese enorme cerdo. Ahora paso las noches pensando en un viaje, varios viajes de este y del otro lado del charco, un libro de Roberto Bolaño o de Raúl Zurita, discos, el stereo para el carro, una noche en pareja, muchas noches. Apenas recuerdo las obsidianas de antes. Y así, en esas, es que uno empieza a morirse: deseando, acumulando, perdiendo, ganando y perdiendo. Intento arrepentirme y hasta llego pensar que debiera estar agradecido por haber sido asaltado: debería desear el bien, un porvenir dulce a los que me despojaron de bienes materiales dejándome en pleno contacto con mi vida interior, con el alma, que le dicen. Sí, cómo no. Tal vez un asalto es merecimiento por pensar tanto en el cochino dinero, tal vez no. Seguramente lo mejor es llevar la mente a los buenos recuerdos: al primer beso, las gloriosas borracheras, los cuerpos acontecidos, algún ritmo perdido y recobrado, los paseos, las buenas miradas de hoy, algún verso memorizado de Neruda. Esas cosas no tienen precio... Para todo lo demás, existe Master Card.