30 ago. 2005

Anotaciones en el tren

1. El libro en tanto glándula primordial del organismo social. La librería en tanto sitio popular, multiplicado, que no cumple una pérfida condena en los márgenes. Se lee en el Metro. Se lee en los parques. Se lee en casa. Se lee. Este pueblo consume libros, los considera parte de la canasta básica y destina a ellos un renglón del salario. Hasta la fecha no he escuchado expresiones como "no leo porque no tengo dinero", o " no leo porque no tengo tiempo". Claro, los parisinos normalmente tienen Euros, quizás tiempo. Y si se diera el caso de la más terrible carencia económica, ahí están las numerosas bibliotecas públicas. Más recientemente, los accesibles expendedores automáticos para aquellos con un arranque de deseo proustiano a media noche. A la obsesión francesa por su lengua, añadámosle una vigorosa pasión libresca (de pronto una cosa lleve a la otra). Son escasos los rincones de París donde no se encuentran libros. Parte de la ecología urbana aquí consiste en permitirle a los libros la convivencia pacífica y armoniosa con la ciudadanía. Los libros afianzan y elevan el espíritu ciudadano. Sólo en una casa parisina no he visto libros: se trató de una fiesta extraña y sin alma.

2. En estos días recibimos la visita de tres jóvenes guatemaltecos en el apartamento. Eran invitados de nuestra coarrendataria y pasaban por París haciendo una escala de su tour mochilero. Nada digno de hacer mención, si no fuese porque me impresionó la actitud con que se pusieron enfrente: desafiante, brusca, altiva. No saludaron ni se presentaron en ningún momento, incluso evitaban cruzar mirada. Pero eso no era lo peor: sus ojos destilaban la suficiencia del primerizo y cierto orgullo por su inocultable ignorancia supina (no tenían a ningún bar de jazz manouche, ni siquiera al Centre Pompidou como objetivo turístico). Noté que le daban importancia a cosas como el colegio de donde egresó alguien, la zona en que alguien vive, el apellido de alguien; hablaban con ese cacofónico "usted" propio de los protoburgueses guatemaltecos. Según escuché, venían de ver a Benedicto XVI en Alemania. Sentí fuerte el choque pues ya casi había olvidado estas maneras, estos modales heredados del fantasma de la finca cafetalera. Huyendo de ellos, en parte, es que tomé este tren.

3. V.S Naipaul en la entrevista que le hace
Le magazine litteraire en su número de septiembre 2005: " (la vulgaridad) es un poco modificar las reacciones, el comportamiento, en función de los personajes de series televisivas. Es una completa negación de la idea de excelencia".

4. 10 kilómetros de canoa en Pont d'Ain me han demostrado que mi cuerpo no está atravesando el mejor de sus momentos. Pero tampoco el peor.

5. El más intenso individualismo, pero estando claros que tal ansiada y extrema individualidad jamás será plena sin la mínima realización de los deseos del conglomerado de individuos circundantes. El verdadero individualismo nace al interior de la comunidad y ahí solamente es concebible. En el caso del artista hablamos de un viaje de ida y vuelta: su apuesta va hilada a un sentido de comunión y contradicción, a un tiempo, con su entorno. La prevalencia de una de estas dos categorías (comunión o contradicción) define en gran parte la sustancia general de la obra, y de la misma no es posible esperar la "originalidad", sino más bien el simple soplo personal, individual, un punto de vista sobre el dolor o los fluidos, una nueva risa, o una voz particular que se logra respirando el aire que también exhalan los otros. A lo mejor filtrando, purificando, ensuciando, o enturbiando la miasma común, es que el individuo-artista camina los senderos más iluminados, siempre en búsqueda de emitir un canto único y nada más que suyo (esa canción, paradójicamente, muy raras veces sonará demasiado ajena). A veces desea ser escuchado, no siempre.