9 ago. 2005

Imaginación nuclear


Imaginemos que la visión actual es el cielo derritiéndose y la sombra de nuestra hermana, entre carbón y líquida, por las paredes cercanas. Escombros que no parecen escombros. Los escombros nunca antes habían sido así; esos días de agosto tenían un vapor nuevo, cierta sangre inédita, otra armonía. El cielo vistiose con una luz hermosa, inimaginable, y no era la claridad animal que conocemos, era otra cosa que nadie vio. Pues nada era visible más allá del otro firmamento en llamas, que ocultaba a aquel más prístino, por distante.

Imaginemos el calor. Hablamos aquí de un ardor imponente, absoluto: una brasa de 4.000 grados Celsius. El infierno luce, a estas alturas, como un mal chiste de Rimbaud, simple boutade. El calor desnuda, por supuesto; la carne de todos se va haciendo una, sus ropas se tejen a los nervios, vivos como nunca. “Los muertos desnudos serán uno solo”, decía Dylan Thomas. Se oye el reverbero, sin embargo, eso poco importa, ¿para qué las palabras, qué dicen?

Mejor imaginemos los gritos hechos humo pestilente. Emanan de una gigantesca vagina horadada en el suelo. El abrazo más grande lo dio la muerte, y todos se abrasaron.

Imaginemos ahora la picazón, la piel despegándose y los huesos salidos. Los huesos siempre han querido escaparse del cuerpo, abandonar su prisión. Normalmente terminan lográndolo. Pero aquí los huesos salían sin desearlo, chupados por una fuerza inmarcesible, por algo que ninguna narración podrá incluir en su cuadrante. Los huesos después eran polvo muy fino, o carbón, o algo parecido. Aquella picazón virgen corrió hasta en las piedras, que clamaban como chacales, o algo parecido. Todos los mares quisieron apagar aquello, que era horrendo, pero estaban muy lejos. O dormidos. Imaginemos todo como un estudio, como un cuadro inconcluso: a work in progress. Pensemos que Francis Bacon no pudo terminar sus crucifixiones, porque no miró aquello, porque no estuvo ahí. Todos estamos incompletos por lo que no hemos visto, por el calor no sentido.

Hoy, tan serenos, apenas sentimos que las sombras de nuestras hermanas se derritieron allá, en los muros derrumbados de Hiroshima, que en Nagasaki sus hijos hincharon los ojos rasgados de tanto llorar tales radiaciones americanas y odiosas. Los que alcanzaron a llorar, más tarde buscaron subsuelo, calma, unión con los huesos. La lengua piadosa de la tierra lamía las heridas y se confundía con ellas. Veamos que los llorosos pudieron ser nuestros hijos, o pudimos ser. Quizás lo fuimos y algún pellejo nuestro quedó siseando en esos páramos.

Eran días de agosto, año 1945. Otra vez, imaginemos aquel cielo más distante y hermoso, arriba del otro firmamento en llamas. Sepamos que en él se paseaba cierto muchacho, un piloto con su B-29; iba silbando, quizás. Su avión esbelto, pulido, una nave con nombre: "Great artist". Veamos qué obra tan grotesca nos dio, volando, ese pincel de hierro, tal fuselaje atroz del progreso.

Imaginemos ahora nuestro llanto en los escombros. Imaginemos, nuevamente, nuestros escombros. Esto jamás será como lo que no vimos. Imaginemos.