13 sep. 2005

A tontas y a locas (pequeños apuntes sobre la moral)

A continuación entrego este texto de Simon Leys, que he intentado traducir del último número de la Magazine Litteraire:

Conciencias delicadas. “El tabaco es uno de los venenos más peligrosos para el hombre”. Esta virtuosa advertencia se ha vuelto bastante banal, me dirán ustedes. La que lo es menos – y que debería ponernos a pensar – es la identidad de aquel que la formuló: Adolf Hitler.

De igual manera, Adolf Eichmann esperando su ejecución, prestó un ejemplar de
Lolita de la biblioteca de la prisión. Después de algunas páginas (nos cuenta un biógrafo de Nabokov) indignado, rechazó el libro: “¡Esto es repugnante!”

Plagio. Un joven periodista entrevistando a Martha Graham, interrogó a la gran bailarina y coreógrafa sobre el tema de los plagios artísticos. “Escuche, querido”, respondió el viejo monstruo sagrado posando su mano artrítica sobre el brazo de su interlocutor, “todos somos ladrones. Pero al fin de cuentas, seremos solamente juzgados por dos cosas: por quien escogimos desvalijar y por lo que hicimos con ello”.

T.S. Eliot decía más o menos la misma cosa: “los poetas inmaduros imitan; los poetas logrados roban”.

Goethe. El hermano mayor de Ralph Waldo Emerson destinábase a una carrera eclesiástica. Vivió algún tiempo en Alemania donde seguía estudios bíblicos que terminaron por minar su fe. Fue a visitar a Goethe y lo hizo partícipe de sus dudas. Pero Goethe lo motivó a permanecer en el camino al que inicialmente lo había comprometido su vocación: “Sus convicciones personales son asunto suyo y no le incumben en lo absoluto a sus parroquianos”. El trazo es profundamente revelador: comprendemos por qué Gide le rendía culto a Goethe, y por qué Claudel lo abominaba.

Circunstancia atenuante. Como esas urracas que, si se da crédito a la leyenda popular (certificada lo mismo por una ópera de Rossini que por los álbumes de Tintin), tienen la manía de apilar en su nido toda clase de baratijas heterogéneas e inútiles, yo a veces tengo la debilidad de recortar de los periódicos trozos de información cuya absurda estupidez me parece irresistible.

Estos documentos no me son de ninguna utilidad; se amarillan dentro de una gaveta que, poco a poco, van desarreglando al punto que finalmente los tengo que tirar. Al cabo de una de estas limpiezas periódicas, redescubrí un recorte proveniente de un diario australiano cuya fecha, en aquel momento, yo no había notado (mas el contexto refiere a la muerte de la princesa Diana). Al releerlo, su seducción me parece inalterada:

“Ann Downey, de 59 años, originaria de Queensland, hirió a un amigo suyo de un cuchillazo carnicero en un restaurante, porque éste se había negado a devolver un plato de papas fritas suplementario que se les había servido con su comida. Este caso fue pasado ayer ante la audiencia provincial de Burnie en Tasmania. El juez presenció la explicación de cómo Mr Brian King, viudo, también de 59 años, había desatornillado subrepticiamente la tapa del salero a manera que éste se vaciara completamente en el plato de Mrs Downey; en represalia, ésta otra le proyectó un chorro de salsa de tomate a la cara. Mrs Tamara Jaco, abogada defensora, argumentó que Mrs Downey, quien se encuentra acusada de golpes y lesiones, debería beneficiarse de una importante circunstancia atenuante: “La reciente constatación de la muerte de la princesa Diana la había perturbado al más alto punto”.

¿De quién es esto? “Hay siempre más pasto para el filósofo en los valles de la estupidez que sobre las áridas alturas de la inteligencia”. – Uno juraría que esto es de Michaux, y de la mejor vendimia – pero de hecho, se trata de un pensamiento de Wittgenstein.

Schopenhauer. Sobre la sana labor de frecuentar los libros, Schopenhauer ha hecho observaciones cuya pertinencia perturbadora continúa vigente: “El arte de no leer es muy importante. Consiste de no interesarse en todo aquello que atrae la atención del gran público en un momento dado. Cuando todo el mundo hable de determinada obra, recuérdese que a quienquiera que escriba para los imbéciles nunca le faltarán lectores. Para leer buenos libros, la condición previa es no perder tiempo en leer lo malo, porque la vida es corta”. Y luego Schopenhauer dispara esta flecha final – que buenamente ajustará cuentas con el “Texto Antípoda”que acaban de leer: “Solamente aquel que saca sus escritos directamente del cerebro merece ser leído”