23 ene. 2006

FÓRCEPS

Pasado este tiempo
sé que no me pretendo un tipo afectado,
soy tosco, voy al hueso,
punzo, dejo manchas y un olor específico
venido de esa dureza hinchándome:
mi falo para entrar arriba,
en aquel espacio que no me está reservado
pues no soy sublime
y nada merezco, cero.

Si apenas ando, con penas y sin
la pena mayor puesto que no pertenece
a esta estampa de flacura sin hambre,
cuya afectación única y horrenda consiste
en cierta maña de escribir versos:
la sed por estar siempre adentro,
en tal remedo del rincón húmedo e inicial:
pinches palabras: ya no hablan.

Voy al hueso o quiero ir.

Mi deseo es entrar tanto, penetrar,
lastimar si es posible, moliendo músculo,
surtir un dolor babeante y alimentarme:
avanzar, ir ahí, es decir, quebrar
y quebrarme entrando más allá:
rasgar esa humedad silente que separa.

Ando con la gana de volver
de reintegrarme a los jugos del silencio
de donde, lo juro, lo juro dos veces, no quería salir.

Ya digo y lo saben
que soy algo que nació cuando nadie esperaba,
fui extraído del agujero esencial con un fórceps
y con un médico que no supo qué decir
– ni felicitación ni caricia –
pues la pobre osamenta de mi madre era notoria
y yo el palmario bulto que iba a chuparle la vida
– como lo he venido haciendo sin descanso –.

Aquel médico tampoco era un tipo sublime,
quizás por eso lo entiendo, hay empatía
y su recuerdo no me miente, ni sus ojos,
yo sé que odió a mi madre al menos por un instante,
pues no la encontró abatida cuando debía estarlo

mi padre, en cambio, no quería mirarme
y los años le han ido dando la razón.