16 ene. 2007

Tumbas abiertas en el Círculo de Bellas Artes, Madrid

Por Chema Rubio

Escribir sobre un amigo es siempre agradable, pero tiene su dificultad añadida. Hay que ser inflexible como con el peor enemigo para ser creíble. Lo bueno es que yo no busco nada: solo cuento, y lo escribo para que frente a los doctos, no me venga el temor y olvide la razón.

La primera vez que le vi, fue al recoger un fornido micrófono que se me resistía a quedarse en la muñeca izquierda, mientras los poemas parecían una baraja de cartas en el desbarajuste de la mano-mantequilla: ¿sería por los nervios de actuar en América por primera vez? No creo. ¿Sería por la silla blanca de plástico que podría abrirse de patas hasta hacer de mi retaguardia musculada un asentamiento salvaje en el suelo con todas sus pertenencias? No, no creo. Quizá pudiera ser por el hombre que entraba en el recinto, con sus ojos negros como dos tumbas abiertas, que saludaba más con un alzamiento de cejas que de voz y que, cerca de la salida, buscó su asiento solo, por si tenía que desaparecer... ¿Pudiera ser por este hombre con quien, al presentarse, su aura corporal también levantaba un rumor incontenible, un caótico haz de susurros llenando el aire de un elemento nuevo?

No, tampoco lo creo, pero así fue como antes de que nos presentaran yo lo descubrí en mis ojos, como otro igual.

Alan Mills es guatemalteco por los cuatro costados de la vida. Aún tiene menos de treinta años y de joven sólo tiene sus versos, si me permiten la osadía. Sus poemas, se harán viejos amigos en los cuerpos, que soportando la cruel lluvia de pólvora y fuegos ignominiosos, se atreverán a cantar a la vida sin miedo a perderse entre el dolor de las tardes ajenas; porque nada del mundo le es ajeno.

Alan, cuando mira de frente, así es su forma de mirar, no le teme al vientre del cielo que baja su tormenta y empequeñece el espacio. Así, el orador puede hablar de la muerte, como si por ella hubiese pasado su cuerpo y aun le saludara de vez en vez. Es por eso mismo que el poeta puede cantar al corazón humano desde la lengua misma del indio, del Otro, sin temor a no ser entendido o ser inoportuno a los intereses predominantes: “Lenta es la luz/cuando quiere alumbrar/los pozos de lo olvidado”.

Así comienza el excelente poema que da título a su fantasmal libro
Marca de Agua, tomado del celebre tomo de Joseph Brodsky. Sabiendo Alan que lenta es la luz y que el olvido llega rápido, no por ello deja de atreverse en cada búsqueda implacable de sí mismo, en ese camino donde la palabra es la herramienta del lenguaje y la religión el placebo (si lo leí bien). Porque se reconoce igual en el intenso placer de los abismos (vease el poema “Alcohol”) como en el delirio del alma febril. Además que nunca deja de lado la idea de dios, y en sus Poemas Sensibles desfila siempre el ser más humano ante la triste miseria del hombre que va refundiéndose en el oropel superfluo que “oculta todos sus nombres”.

Como otro igual, que no teme caminar por sendas minadas para averiguarse sin contemplaciones, con el poeta nada joven y sus ojos del asombro en la locura existencial, el lector puede sentirse a salvo del aburrimiento, de todo tedio, y acercarse con decisión a sus
Síncopes.

Texto leído para la presentación de Alan Mills en el Áula de Poesía del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Escrito en la c/ de Caspe. 10 de enero .A 7 Km. del Circulo de Bellas Artes . 2007.