A pesar de que nos lo embutieron en el colegio como retintín nacionalista, sigo imaginando que el poema “Tecún Umán” ( “el de las plumas verdes, el de las largas plumas verdes, verdes, verdes”) es el mejor de Miguel Ángel Asturias y uno de los mejores poemas que se ha parido en nuestro paisito.
Lo épico, lo raro, lo epifánico, lo indio y lo mestizo juntos, un barroco único.
Pero más allá de ese texto, Asturias nunca se nos apartó demasiado de la vena modernista en su poesía, digamos que jamás se atrevió a fluir ahí con el mismo desborde que nos entrega en sus delirantes prosas: hablo, sobre todo, de Hombres de maíz, aunque tampoco habría que clasificar a las Leyendas de Guatemala bajo el peso muerto de una prosa correcta.
Si bien Hombres de maíz es un libro que mucho le habría gustado firmar a alguien como Artaud y es, asimismo, la novela que a Lezama le habría convenido refrendar (Paradiso finalmente resulta inmamable), Sien de Alondra, aquella colección de poemas asturianos resulta, en cambio, un libro que bien pudo tener como autor a un Pepe Batres Montúfar o a un Francisco Gavidia cualquiera. Es decir: despepute o quilombo bajtiano en la prosa y cuidados maternos en la poesía.
Mal.
Quizás por ello es que han desbancado a Asturias de los catálogos académicos del neobarroco mayormente auspiciados y pensados desde la poesía...
Y en Guatemala esto ha pasado con frecuencia. Me refiero a que nuestros más desaforados libros de poesía son directamente textos en prosa y que nuestros narradores se ponen muy bien portados cuando les toca remachar un estilo electrizante en verso.
Una especie de crossover imposible, como si las declamaciones modernistas en la escuela dejaran marcados hasta a nuestros novelistas más inclaudicablemente hilarantes, carnavalescos o intoxicados. Leo las novelas Los compañeros, de Marco Antonio Flores o El tiempo principia en Xibalbá, de Luis de Lión, dos ejemplos de desborde, atrevimiento, desenfreno y no puedo compararlos con sus correlatos en verso: la poesía de ambos tiende a la estabilidad e inclusive al aburrimiento (con todo y que por momentos intentaron cierta onda coloquial que escapa al modernismo).
Cardoza mismo, aun cuando sigue siendo nuestro poeta mayor, resulta más diabólico y perverso en un ensayo como André Breton atisbado sin la mesa parlante que, por ejemplo, en su libro de poemas Quinta estación (por suerte está el libro Pequeña sinfonía del nuevo mundo, donde Luis Cardoza y Aragón se desborda, vía una prosa poética sin norte, ni juicio).
Como si en Guatemala lo poético nos estuviera ya dado y, entonces, al querer trasvasarlo a algo calificado como “poesía” se nos atrancaran las ruedas. Cual si ocurriese una redundancia tremenda que neutraliza la acción más libertina de lo poético en los libros de poesía.
No que no hayan por ahí varios libros notables, de esos que han sabido usar una dinámica prestidigitación a caballo de los versos: Madre, nosotros también somos historia, Soledadbroder y un par más. Lo que resulta inquietante es que nuestros narradores más brutales se conviertan en ovejitas del rebaño, a la hora de los poemas.
A mi gusto, el libro más ilimitado y poético de Maurice Echeverría sigue siendo Este cuerpo aquí. Antidiario 1, calificado por su mismo autor como novela; y aunque Julio Calvo Drago nos diga que El retorno del cangrejo parte 4 es una colección de relatos, para mí fue el mejor libro de poesía en los 90’s, con ecos de Nicanor Parra y de Joan Brossa.
¿Herencia de Asturias, entonces, este crossover fallido?
Pareciera, finalmente, que el Popol Wuj continúa erigido como nuestro gran poema, la cumbre borrascosa más inalcanzable, más propicia a darnos un universo extraño, aculebrado, líricamente infausto e incorregible.



2 comentarios:
bueno hace poco me deboré el Encierro y Divagación... de Maurice Echeverria y ahí si te doy toda la razón de que la demencia de su prosa se queda fuera de su poesía. Primero pase por Sala de Espera y me forme una imagen de lo que creía que serían sus versos y logicamente erré. Aún así no quede defraudado pues esa psicosis del Niño Atrofiado ya me tenía harto.
Por ahí seria bueno tambíen contraponer al Popol Vuh el Rabinal Achí, aunque no sea el mismo autor y ni siquiera la misma época el caso no deja de correr por estos rumbos.
Ah y por último, no pasará lo mismo entre un libro de poesía y otro. como sería con todo respeto entre LOS NOMBRES OCULTOS y tu poema de las madres?.
bueno seguimos visitando.
saludos.
Qué tal GAbriel, interesante cómo la ves... Mi punto fundamental es que la poesía es vista como un espacio de "corrección", o un lugar en donde nos vamos a portar un poco mejor. Lo digo por el nivel de locura y desenfreno de nuestros narradores que luego ves apagarse a puro verso. En el caso de Maurice totalmente de acuerdo, y ahí están los varios otros que mencioné.
En mi caso es parecido pero no es igual, ya que yo no soy narrador así que no tengo ese punto de comparación. A mí lo que me pasó, como una vez te expliqué, es que me desarrollé al revés que la mayoría, es decir fui encontrando canales a la vanguardia más por necesidad expresiva que por pose o speech generacional, así que quizás mis primeros tres libros puedan parecer menos avispados que Síncopes u otras cosas inéditas que probablemente me hayás escuchado en alguna lectura reciente... Aunque si los lees despacio, esos tres primeros libritos (que en realidad son uno solo llamado TESTAMENTOFUTURO) hay en cada uno siempre varios intentos de transgresión (quizás Marca de agua sea el que más satisfecho me dejó)o experimentación formal.
Con todo, las primeras 15 páginas de Los nombres ocultos creo que siguen siendo una poesía con la que todavía me identifico bastante y encuentro ecos de ella en varias cosas que incluí en la antología ALDEAS MIS OJOS. Es decir, Los nombres ocultos tiene su truco y su trampa, releelo. Aunque si me pongo estricto, para mí, mi obra en realidad empieza ahora con la publicación de Síncopes en Perú, México y, ojalá, Guate.
Un abrazo:
Alan
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