17 ago. 2007

Miguel Ángel Asturias y la poesía (breve divagación en el 40 aniversario del Premio Nobel de Literatura)


A pesar de que nos lo embutieron en el colegio como retintín nacionalista, sigo imaginando que el poema “Tecún Umán” ( “el de las plumas verdes, el de las largas plumas verdes, verdes, verdes”) es el mejor de Miguel Ángel Asturias y uno de los mejores poemas que se ha parido en nuestro país. Lo épico, lo raro, lo epifánico, lo indio y lo mestizo juntos: un barroco único. Pero más allá de ese texto, Asturias nunca se apartó demasiado de la vena modernista en su poesía; digamos que jamás se atrevió a fluir ahí con el mismo desborde que nos entrega en sus delirantes prosas. Hablo, sobre todo, de Hombres de maíz, aunque tampoco podríamos clasificar a las Leyendas de Guatemala bajo el peso muerto de una prosa correcta.

Si bien Hombres de maíz es un libro que quizás le habría gustado firmar a alguien como Artaud y es, asimismo, la novela que a cualquier barroquista que se precie le gustaría refrendar, Sien de Alondra, aquella colección de poemas asturianos resulta, en cambio, un libro que bien pudo tener como autor a un Pepe Batres Montúfar, o a un Francisco Gavidia cualquiera. Es decir: despepute o quilombo bajtiano en la prosa, pero cuidados maternos en el verso: todo mal.

Quizás por ello es que han desbancado a Asturias de los catálogos académicos del neobarroco, normalmente pensados desde la poesía.

En Guatemala este equívoco sucede con frecuencia. Me refiero a que nuestros más desaforados libros de poesía son directamente textos en prosa y que nuestros narradores se ponen muy bien portados cuando les convendría articular un estilo electrizante en verso.
Una especie de crossover imposible, como si las declamaciones modernistas en la escuela dejaran marcados hasta a nuestros novelistas más inclaudicablemente hilarantes, carnavalescos o intoxicados. Leo las novelas Los compañeros, de Marco Antonio Flores, o El tiempo principia en Xibalbá, de Luis de Lión, dos ejemplos de desborde, atrevimiento, desenfreno y no puedo compararlos con sus correlatos en verso: la poesía de ambos tiende a la estabilidad e inclusive al aburrimiento (aunque por momentos intentaron cierta onda coloquial que escapa al modernismo).

Cardoza mismo, aun cuando sigue siendo nuestro poeta mayor, resulta más diabólico y perverso en un ensayo como André Breton atisbado sin la mesa parlante que, por ejemplo, en su libro de poemas Quinta estación. Por suerte está el libro Pequeña sinfonía del nuevo mundo, donde Luis Cardoza y Aragón se desborda, en la vía de una prosa poética sin norte, ni juicio. 

Es como si en Guatemala, al querer trasvasar lo "poético" a algo calificado como “poesía”, se nos atrancaran las ruedas. Como si ocurriese una redundancia fractal que neutraliza la acción más libertina de lo poético en los libros de poesía.

No es que no hayan por ahí varios libros notables, de esos que han sabido usar una dinámica prestidigitación estilística posmodernista: algunas cosas de Francisco Nájera, Soledadbroder y un par más. Lo que resulta inquietante es que nuestros narradores más brutales se conviertan en ovejitas del rebaño a la hora de los poemas. En mi opinión, el libro más ilimitado y poético de Maurice Echeverría sigue siendo Este cuerpo aquí. Antidiario 1, calificado por su mismo autor como novela; y aunque Julio Calvo Drago nos diga que El retorno del cangrejo parte 4 es una colección de relatos, yo lo considero el mejor libro de poesía en los 90’s, con ecos de Nicanor Parra y de Joan Brossa. 

¿Herencia de Asturias, entonces, este crossover fallido? 

Lo curioso es que si se sigue esta clave de lectura, veremos que el Popol Wuj continúa erigido como nuestro gran poema, la cumbre borrascosa más inalcanzable, la más propicia para entregarnos un universo extraño, transgénero, aculebrado, líricamente infausto e incorregible. Después le seguirán Hombres de maíz y El tiempo principia en Xibalbá: poesía en camuflaje, versos que perdieron el rumbo, poemas esquizo.