3 oct. 2007

QUIERO UN HABLA

Presentación del libro Síncopes (Lima: Zignos, 2007; México: Literal, 2007; Bolivia: Mandrágora Cartonera, 2007)


Por Maurizio Medo


Esta proclama podría resultar un elocuente retruécano retórico si es que no vislumbráramos la sombra de este anhelo en las diversas urdimbres verbales (alocuciones, expresiones y sociolectos) con las que Alan Mills va tramando los espacios (en plural) en los que se desarrollará su poética.

La primera idea que me asalta es
Síncopes como una alteridad de realidades en las que la palabra identidad se revela vía el lenguaje, el cual es víctima de la hybris. Con la palabra Hybris los griegos expresaban la mala educación, la desobediencia a los dioses, el ir más allá de los límites. La falta de mesura, es decir la desmesura.

En un pasaje de La Iliada Homero nos cuenta que “Aquiles montó en cólera”. La cita de esta frase no es gratuita. Heráclito se burla y desacredita a Homero, seguramente, especulo, porque para el efesio la imagen de un héroe colérico es absurda. Desde esta misma perspectiva, la imagen de un poeta carente de lo colérico, originado por el descentramiento; por el desarraigo; por la conciencia de las desigualdades (socioculturales y políticas); por el deseo desmesurado de “querer un habla” – y confesárnoslo- es tan absurda como lo fue para los efesios aquella imagen del héroe fuera de sus cabales. Más aún si este héroe clásico es un arquetipo antitésico al del poeta de la "gleba posmo". Esta hybris está presente en Mills desde la elección del título,
Síncopes (del lat. syncŏpe, y este del gr. συγκοπή). De acuerdo con el DRAE entendemos por “síncope” la pérdida repentina del conocimiento y de la sensibilidad, debida a la suspensión súbita y momentánea de la acción del corazón. En AM está pérdida metafórica se constituye en una conquista: la del habla que reclama para sí. Esta surge desde un colapso en el tríptico platónico Belleza, Bondad, Verdad, sepultando la noción de realidad tridimensional, abriéndose a la modernidad del caos y a la cuarta dimensión, es decir, al espacio mismo, a la dimensión del infinito, donde Apollinaire dota a los objetos de plasticidad. De acuerdo con el poeta, al proponerse generar una ruptura con las dimensiones euclidianas aparecerán las dimensiones problemáticas, "degeneradoras" de los géneros e impulsoras de la repulsión y del desvío del gusto (Carlos Fajardo Fajardo). En Mills esta actitud “degeneradora” deriva en la percepción singular de “las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce de un modo de “estado límite” (Carpentier). Es decir un síncope que, en pro de la adquisición de su habla, lo conduce al hibridismo, a través de un diálogo entre el lenguaje de órbita culta con su opuesta, desde ese “estado límite”

conmigo está su purrún, su chinique, en este pellejo les gusta divertirse y apagar sus cigarritos, en serio que siempre me sentí fea, bien hecha mierda, y ahora estos cabrones vienen a decirme: mire mamaíta usté tranquila

AM deja de ser aquella perpleja criatura monolingüe para pasar a convertirse en un corruptor de la estética tradicional al construir (y deconstruir) desde los lenguaje(s) – donde se conjugan restos de la civilización occidental con el otro, asaz en claves cifradas. Esta combinatoria – que trasciende el hecho mismo de la expresión – es la clave a través de la cual autor y lector se encontrarán en la contemplación del conjunto de distinciones propias de cada tribu latinoamericana (las que evidencian sus semejanzas) con la posibilidad de pensar críticamente en ella(s). No se trata de “vivar” por una identidad desde sus entrañas. Más bien de ponerla a prueba desplazando la búsqueda de ese da-da, de ese primer balbuceo (de quien conquista una / otra forma de expresión, más que una nueva) por distintos estadíos. Insisto, el deseo fundamental del poeta era la adquisición “de un habla”, ¿la encuentra? Me atrevería a decir que ésta, el habla, siempre estuvo allí y que si llegó el sujeto quien ahora la posee, Alan Mills, aparece como soñado por ella. Dentro del sueño del habla el poeta vuelve a soñarla. Hay que ser conscientes que el conocimiento que ostenta Mills del lenguaje no surge desde una relación de pertenencia. No es el tradicional “hijo de”. Por el contrario. El vínculo entre la Madre tierra y su hijo (el poeta “pródigo”) se hace más entrañable pues la Madre (pachamama) envuelve al segundo, lo narcotiza
naïve a través del Asombro. Sin él – otra forma de la hybris- nada sería expresable.

ahora recuerdo cuando bajé al río y las mujeres pensaban que yo era otra hembra, pues mis cabellos estirábanse como una carretera muy blanda, después sonrieron enrojecidas al sospecharme el macho, diosita: ellas saben que propagaré las tribus más allá de la frontera que esta esperma ha construido, diosita: pensé mucho acerca del vacío de dios en aquel silencio de la noche, hoy sé que tienes cierta manera de llamarle al deseo, mi personal jesus: gracias a tu ausencia intuí que de aquellas montañas va resbalando el hormigón que amasija los bares y nuestros castillos rave, nuestro éxtasis lo trae el polvo de los muertos que olvidamos y se vende en los Megatemplos, ese tipo de cosas he ido pensando mientras canto en silencio para ti diosita mía

Alan Mills apuesta por reunir una serie de elementos que le permitirán “poner en escena” hechos (colectivos como personales) que discurren trasversales al concepto decimonónico de realidad. Estas “escenificaciones” en su manifestación lingüística transcurren también trasversales a los estándares de un supuesto canon de la poesía latinoamericana. Estamos ante otra obra proveniente desde las márgenes (como lo son también
Putamadre de Héctor Hernández, Anémona de Rodrigo Flores o Cobijo de Felipe Ruiz) En Síncopes la poesía asoma como un acto de repolitización de la realidad a través del lenguaje, lo que permitirá la revelación de una(s) identidad(es), pero no con los estándares de la consigna, sino como una concepción sociocultural que rastrea la tradición (y negación) del ser latinoamericano desde su raíz:

conozco otro pueblo, uno donde los niños ríen al caer la noche, están bien muertos pero risa y risa, travesiean con los chuchos que nunca tuvieron, se han echado encima una sábana de tierra que saben quitarse para soltar sus barriletes etéreos, allá las mutiladas de juárez y guatemala ofician como sus nanas

No sólo topamos con aquellos machos, creídos hembras por la pureza indígena (conmovedoramente retratada), ni el pueblo que entre risa y risa gobierna sus chuchos. Encontramos también, desde un plano referencial, es cierto, la aparición, casi como en “letanía” (...) de hendrix emily de leonardo sade bacon de atanasio hölderlin bartök de tun van gogh de foucault thelonious fellini de juana inés reznor jesús woolf de marx kafka pound asturias de vallejo de miguel ángel sandino)

Es decir, en
Síncopes "lo nuestro" reside en la intersección de las diferentes expresiones artísticas de todas las épocas, nuestra identidad está en el "cruce" de corrientes, no en el seguimiento de una de ellas ni en la homologación provincianista de patrones. Mills, desde la fractalidad, desde la conquista de un habla, que es pérdida de la conciencia racional, nos muestra como “hijos” de una Babel cuya estatura alcanza apenas nuestra pluralidad de ser. Todo esto retratado desde una prosa con la que nos deslumbra al mostrárnosla como una invención de la poesía.

Imagen: Erick González