3 may. 2009

Influenza Cósmica en México


La celebración del Día Internacional del Libro me llevó al vórtice de la peste. Rumores apocalípticos y paranoia rebosan en esta crónica.
  
La peste

Sábado 25 de abril de 2009, por la noche. Vamos desde Ecatepec hacia un pub irlandés en La Condesa, México D.F., donde nos atiende una muchacha demasiado flaca para la forma en que se mueve.

Beatriz insiste en hacer el largo viaje, a pesar de que se rumoreaba el cierre de todos los antros de la zona. Insiste porque quiere saludar a su hijo, quien estudia música en la megalópolis desde hace un par de meses y vive cerca del sector. Nos acompañan, además de Rodrigo y Julio, guatemaltecos, Nahum y Pablo, mexicanos. Bebemos con cierta apatía un largo tubo de cerveza oscura, mientras vemos llegar al hijo de Beatriz con un amigo. Atrás de ellos, unos grises funcionarios con los rostros cubiertos por mascarillas. Los parcos sujetos nos hacen abandonar el bar cuando apenas da la medianoche. Epifanía. Entonces les digo a todos, dirigiendo el énfasis de mi mirada hacia los mexicanos: “Pues algo así es Guate: como México en tiempos de la peste”.



Hacia ciudad Ecatepec

Jueves 23. Viajo, junto a Rodrigo Rey Rosa, hacia el municipio de Ecatepec, el más grande y poblado de Iberoamérica (nada menos que tres millones de habitantes), para celebrar el día del libro.

Ecatepec es un municipio del Estado de México —el lugar donde surgió el actual brote de influenza porcina—, ubicado a una hora, más o menos, del aeropuerto del D.F.

Me siento sano, contento, no existe en mi cabeza ningún presentimiento sobre la futura aparición del virus.

Pero durante el vuelo leo El material humano, la nueva novela de Rey Rosa: me provoca taquicardias, un ligero ataque de pánico y pensamientos paranoicos que no me abandonan. Esto es lo único que anuncia, sin quererlo, la situación que existirá en México a partir del día siguiente.

Salimos del aeropuerto; parece un día normal en el Distrito Federal, el tráfico y las marabuntas humanas. Taquerías, puestos de tortas, grafitis, miembros de tribus urbanas avanzando como guerreros mitológicos. Entramos a Ecatepec, que es como una barriada de tamaño gigante, del tamaño de la ciudad de Guatemala. Parece un lugar próspero, hasta cierto punto, aunque los cerros dibujan amplios sectores de desfavorecidos.
Al acercarnos al hotel "Fiesta Inn", todo comienza a lucir luminoso. El sol es radiante y el chofer que nos lleva es gracioso, sin ser simpático. Nos habla de un escritor llamado "El Valedor", quien, según él, no tiene parangón. Reímos. En nuestras cabezas comienza a florecer (lo comentamos) una botella de mezcal y el esperado concierto de Lila Downs, programado para el sábado, en el mismo festival adonde fuimos invitados.

Llegamos a Ecatepec un día antes de la noticia de la peste. Las personas todavía no andan con mascarillas y en el aire lo que hay es la felicidad de celebrar el día del libro, con una feria llena de joyas y rarezas, todas a precios de me lo llevo. Hay un podio y unas sillas dispuestas en la explanada frente al Ayuntamiento. Ahí realizaremos nuestra lectura. Guatemala es el país invitado de la pequeña pero dignísima feria que se lleva a cabo en el marco del Festival Internacional "Nuevos Vientos".

Le echo un ojo al público y me llama la atención un joven que viste bufanda. Despliega un lírico desafío a los 32 grados Celsius del ambiente. La bufanda casi le oculta el rostro, funciona como una premonición de los enmascarados que comenzarán a aparecer por todas partes tan sólo un día después.

No more Lila, no more Aterciopelados

Viernes 24 de abril. El joven poeta Julio Serrano llega desde Guatemala, justamente el día en que estalla la noticia sobre la epidemia de influenza que asuela a México. Hacemos una lectura en la Biblioteca Municipal, con un público muy animado y atento. A la mitad de nuestra presentación somos interrumpidos por unas funcionarias de Salud Pública que entregan mascarillas a escritores y concurrentes.

Alguien estornuda al fondo de las sillas y el local se ve invadido por una avalancha de risitas nerviosas. Al terminar la lectura les digo que seguramente nosotros, los guatemaltecos, somos las “malas influenzas”.

La gente sonríe, unánime.

Más tarde almorzamos, acompañados de funcionarios ediles. Beatriz acaba de llegar desde Guatemala. Apenas comenzamos a saborear la naciente psicosis colectiva, cuando aventuro, en forma de chiste, que el festival será cancelado debido a una peste de fiebre porcina. Lo digo sin pensarlo mucho, un arranque. Devolviendo el chiste, Nahum acusa a Julio de traer el mal desde Guatemala, mientras asonamos la carcajada, Julio incluido.

Minutos después, se confirma que el festival se cancela, lo cual nos deja sin nuestras lecturas y sin los conciertos de Lila Downs, Aterciopelados y La banda de Tom Waits, entre muchos otros artistas del más alto nivel.

Ahora sólo tengo puesta una mascarilla y estoy muy lejos de las estrellas.

Por la noche, viendo la televisión en mi habitación del hotel, registro, no sin cierta sorpresa y recuperando un poco la paranoia que sufrí durante el vuelo, el informe de las autoridades. Dice que no se trata de una simple influenza, sino de una mutación similar a la gripe porcina: una influenza porcina.

¿Peste porcina o gripe cósmica?

Sábado 25. Salimos por la tarde hacia Teotihuacán. Deseamos olvidarnos del clima tenso y los delirios colectivos que susurran innumerables causas de la influenza porcina, megalíticas e irreparables consecuencias y exuberantes pronósticos milenaristas.

Pasamos antes a la Biblioteca Municipal de Ecatepec. Ahí nos agasajan con chicharrones: una especie de ironía sutil para resistir el embate de la realidad. La mujer que los ha preparado nos dice que no hay peligro alguno. Y si lo hubiera, pues que de algo hay que morirse.

Mientras escribo esta crónica, informan por la radio que han fallecido ya 150 personas por causas asociadas a la influenza porcina en México. Se han reportado más de 1,500 casos de personas hospitalizadas por la misma causa.

Siento miedo, refuerzo mis defensas mentalmente.

Vemos por las ventanas, la gente conduce sus carros con tapabocas. Una quinceañera lleva una mascarilla muy chic, de color rosado, con brillantina. Hasta para protegerse de los virus malignos es prioritario no perder el estilo. Unos niños lucen máscaras de lucha libre. Consigo adivinar la de Octagón y veo, admirado, a Máscara Sagrada.

Al llegar al sitio arqueológico notamos que la gente entra y sale también con mascarillas y tapabocas. Todos intentan esquivar a los vendedores de artesanías y a los indígenas que suenan unos pitos que simulan el rugido de jaguares y los graznidos de las águilas. Parece que la mayoría de los turistas sale huyendo, sin embargo, nosotros avanzamos a contracorriente.

Subimos a la Pirámide del Sol; en su cúspide abro El Universal y leo lo siguiente:

“En los últimos años, cuando los científicos esperan la aparición de un nuevo y mortal virus mutante de la influenza, se discuten muchos posibles orígenes, creyendo algunos científicos, como el extinto Fred Hoyle, que su origen puede encontrarse en el espacio. En la década de los 50, el polémico astrónomo inglés propuso que partículas orgánicas o virus podrían vivir en el medio interplanetario y ser lanzadas ocasionalmente hacia la Tierra por la actividad del Sol, provocando epidemias”.

Veo a lo lejos a la Pirámide de la Luna, e imagino que el polvo estelar cae sobre nosotros con forma de virus, precisamente para que todos consigamos recordar estos lugares sagrados y cósmicos. Recordar sus lecciones y su conocimiento. Se trata de un virus que viaja desde los asteroides, para ponernos en contacto con la Tierra.
Desciendo a la carrera de la pirámide, con la intención de llegar al baño que vi en la entrada; siento un malestar estomacal súbito. Ya abajo de la pirámide, paso junto a unos vendedores de ponchos y éstos señalan un remolino de aire negro. Uno de ellos me dice: “uy, el otro día uno de esos se llevó a una pobre señora… mejor que tengas cuidado”.

La peste II

Lunes 27. Julio, Rodrigo y Beatriz partieron hacia Guatemala ayer por la mañana. Yo me quedé en el D.F., pese que la presentación de mi libro Trenes de alta velocidad en la Casa del Poeta Ramón López Velarde, había sido cancelada, como todos los eventos públicos. Decidimos enfrentar el Apocalipsis e improvisamos una presentación para los amigos en la colonia Narvarte.

Son las 10 de la mañana y salgo al balcón de este lindo apartamento metropolitano. Veo pasar a las personas en la calle. Observo a un niño con la mascarilla mal puesta, como si fuese un babero. Una señora lo usa de forma tal que parece un pasamontañas: una Subcomandante Marcos con cuerpo de tamalera. Ahora miro a una hermosa chica paseando a su perro: ella no usa el tapabocas, pero el cachorrito sí. La estupidez del amor.

En Sanborn’s hay un grupo de gente preocupada por no poder asistir a misa. Están bien vestidos, tienen un aire casi aristocrático. Todas las iglesias están cerradas, explican. La gente reza desde sus casas y comulga con hostias imaginarias. Los evangélicos miran en todo esto la confirmación de sus predicciones, aseguran los católicos con cierta ironía. Imagino que los fieles de la Santa Muerte estarán más serenos, me digo.

Hay una construcción en la esquina y los albañiles no cesan en su labor. Alcanzo a ver un puesto de tacos en la esquina contraria, y muchas personas incapaces de resistirse a la tentación.

Escucho de boca de un tipo con aspecto de intelectual, en el Metrobus, una teoría que comienza a circular como rumor, sobre la posibilidad de que el virus de la influenza porcina se trate de una especie de bomba biológica lanzada durante la reciente visita a México del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama. Una señora más bien humilde va sentada junto a mí, habla sola. Se dice a sí misma que esto nomás es la antesala de la revolución que sucederá en 2010. Zapata vive.

Mientras escribo este párrafo, tiembla la tierra y salgo de nuevo al balcón. Todos están afuera de sus viviendas y tienen mascarillas celestes y blancas. Todos conversan, nerviosos. En la radio informan que el sismo fue de 5.7 en la escala de Richter, con epicentro en las costas de Guerrero.

Los rumores y especulaciones alrededor del brote de influenza porcina en México, ya son otra peste. Apresto los oídos y escucho.

Hay quienes aseguran que toda la situación de emergencia es un montaje del partido que controla el gobierno federal. Le apuestan a cancelar todas las actividades culturales y masivas previas al 5 de mayo, fecha que termina la posibilidad de organizar eventos de tinte propagandístico, con miras a las elecciones municipales de julio. En la región metropolitana domina el partido opositor de izquierda, el PRD.

Otros aventuran que se trata de un ensayo de los mecanismos de control social, preparando el terreno para una inevitable militarización del país. Todo esto en el marco de la guerra al narco.

Otras críticas, menos conspirativas, son hechas directamente a las autoridades en general. Se les señala de no contar con datos a tiempo y de no haber ido creando escudos. También se escucha en conversaciones la crítica a la reducción gubernamental de los presupuestos en investigación, salud y educación.

Es indudable que esta epidemia afectará al flujo de turismo a México, además de crear una psicosis internacional que afecta la imagen del país. Esto podría dar nuevos pretextos para las restricciones migratorias, en un momento de crisis financiera en los Estados Unidos.

Ahora la paranoia se intensifica y me imagino que al volver a Guatemala seré visto, desde mi llegada al aeropuerto "La Aurora", como un posible agente de contagio.

Me ha escrito esta mañana Claudia, amiga bióloga residente hace años en Estados Unidos. Ella señala como culpables a los agro-negocios, quienes modifican demasiado las cadenas agro-alimentarias y transforman vertiginosamente los procesos naturales. Las cepas de virus que antes sólo afectaban a los animales ahora están ampliando su alcance.

Una doctora mexicana, en cuyo rostro puede leerse la tristeza, dice en la television: “esta es una cepa mortal”.

Martes 28. Por la mañana, después de una fiesta, veo a mis amigos limpiar el lugar, con sus tapabocas puestos. La radio continúa dando consejos y proponiendo medidas para evitar el contagio. Las personas llaman a la radio y en su voz es posible adivinar el terror. El locutor dice que ha sido una “temporada surrealista”, refiriéndose a los temblores del día anterior que se combinaron con la emergencia nacional, provocada por el virus.

Todos los restaurantes del D.F. están cerrados; apenas se puede tomar un café en algunas terrazas. La gente acude a los supermercados para pertrecharse como si se tratara de resistir a una invasión alienígena, o a la guerra del fin del mundo.

Paseo por el Parque México, junto a una amiga. Un teporocho se acerca a pedirnos un cigarro. Le decimos que no tenemos. Él responde que no importa, que de cualquier forma hoy sí que todo se va a ir a la chingada. Asegura que él visualizó este escenario desde hace más de 10 años, pero que nadie quiso escucharlo, que nadie ha querido buscar la luz.

Subo al Metrobus, de vuelta al apartamento en la Narvarte. Pocos vamos sin el rostro cubierto, una especie de resistencia silenciosa, o un torpe desafío al entorno. La gente no se habla y miran todos hacia el frente, como si presenciaran las escenas de su vida en una pantalla invisible. Nadie se habla, nadie se toca. Me recuerda un poco a la gente que viaja en los autobuses de Guatemala. Es igual a México en tiempos de peste.

A pesar de todo, no me siento incómodo por acá. ¿Será que me gustan los lugares apocalípticos? Miro mi boleto de avión, acaricio mi mascarilla y me pregunto qué pasará conmigo.

(Diario Siglo XXI, Magacín)