Veo a mi alrededor los tarros de cerveza irlandesa esplendiendo sobre la mesa, cuales chispas de otra espuma todavía mayor, y le digo a A2,
"Toi t’aime bien les mecs qui viennent des pays en conflit, nest-ce pas?"
Bebemos:
Willy, caricaturista congolés.
Sebastián, franco-salvadoreño, periodista científico y cineasta (recientemente editó el documental sobre el gran artista Jacobo Rodríguez Padilla, cuya obra se muestra estos días en la ciudad luz).
Erick, guatemalteco, pintor.
Geraldo, abogado y poeta brasileño.
Jan, simpático trabajador eslovaco (“moi, je fais rien d’especial”, en sus propias palabras).
Hablamos caprichosamente sobre algunas bandes desineés y respecto a las inevitables exposiciones de Calder y Kandinsky, abiertas en el cercano Pompidou. Estamos entre la rue Saint Denis y la rue du Cygne, en “Le gobelet en argent”. Erick menciona el reciente deceso del poeta uruguayo Mario Benedetti, a quien le dedico un minuto privado de silencio en el bar.
El día anterior, en otro lugar bastante parecido, me preguntaba el poeta francés Laurent Bouisset, qué libros, en mi opinión, tendría que comprar él obligatoriamente, de acuerdo con mis últimas lecturas. Le digo que no creo que exista algo “obligatorio” para leer, nunca, pero de cualquier forma le enumero mis compras más recientes:
Le voyage definitiv, Carlos Castaneda.
The shock doctrine, Naomi Klein.
La bestia en casa, Jaime Collyer.
L’arbre du Dieu pendu, Alejandro Jodorowsky.
Le caractère fétiche dans la musique, Theodor Adorno.
Les berceuses, Federico García Lorca.
Kafka en la orilla, Haruki Murakami.
Echo una mirada de nuevo a mi alrededor. En nuestra mesa de “Le gobelet en argent”, se siente ese ambiente de “viejos compañeros de aventura” que algunas veces se logra tejer entre algunas personas que recién se conocen. Les copains d’abord han pedido todos una segunda pinta de cerveza y recuerdo esa lista que le hice a Laurent el otro día. La comento.
Me doy cuenta, conforme hablamos, de que dicho cocktail literario sería una excelente terapia para aquellos que actualmente padecen su existencia en las sociedades más desalmadas y políticamente incorregibles. En sus diversos elementos, mi lista parecería integrar, sin haberlo querido explícitamente, una amalgama curativa capaz de propiciar la apertura a la creatividad y la luz: conciencia de sí, conciencia global, filo crítico, poesía y ludismo narrativo. Todo como una especie de molotov que iría a reventar en los ojos del Monstruo.
Leyendo acerca de “las sociedades del riesgo” en el último número de la revista Monocle, me llamaba la atención una cita del sociólogo y ministro de gobierno brasileño Ricardo Mangabeira Unger, que traduzco aquí libremente:
“Cada uno de nosotros necesita consagrar alguna parte de sus vidas a cuidar de otras personas de forma directa”.
En su aparente sencillez, esta frase de Unger creo que entrega muchas claves para los nuevos combates y una eficaz línea de acción. Dicha cita aparece en un texto de Joshua Cooper Ramo, donde también se apela a la “resiliencia” (nuestra capacidad de recuperarnos después de haber sido golpeados por lo esperado o lo inesperado) como principal fuente de poder y armonía en un nuevo orden mundial. Cito estas palabras de Cooper Ramo, que también traduzco libremente:
“Nuestro futuro será juzgado no por nuestra habilidad para asustar al mundo, sino por nuestra habilidad de recuperación después de haber sido aplastados por algo que nunca imaginamos”.
Imagen: alterwords.wordpress.com




2 comentarios:
Estoy muy de acuerdo con tu cita de RMU. Finalmente nuestras acciones son locales y afectan directamente a nuestro entorno. En consecuencia siempre actuamos globalmente. Saludos
Así es, siempre actuamos e imaginamos de forma global, todos estamos entrelazados. Saludos.
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