22 jul. 2010

Configuración de privacidad





1983. Besos de lengua con Silvana del Carmen en los columpios de su casa. Ella tiene siete años.

1984. Me salvo de ser secuestrado por una bella mujer a la que dejé entrar a casa. Se roba las joyas de mi madre y piezas de lingerie. Salimos caminando de la mano hacia la estación. La mujer se arrepiente en el último momento y me deja atrás, sin despedirse. Vuelvo a casa decepcionado por su rechazo.

1986. Escucho sonidos sexuales en la oscuridad de mi habitación. Los identifico con un gatito tomando leche. Unas horas antes había estado hospitalizado a causa de un fulminante ataque de asma. Le digo a la enfermera que el oxígeno tiene sabor a vainilla. No me responde.

1989. Juego al Atari y salto por los tejados del vecindario. En el colegio las niñas me eligen como el galán para acompañar a la representante de la clase en la elección de “Madrina del Deporte”. Ella se llama Marianne y yo estoy enamorado. Por las noches conduzco sueños lúcidos en donde siempre terminamos casándonos. Mi padre discute con mi madre antes del evento de belleza infantil. Mi madre asegura que me han elegido gracias a mi estatura. Mis vecinos ya juegan al Nintendo.

1992. Un sábado por la mañana recibo la visita inesperada de mi primo. Se ha enterado de que por fin tenemos videocasetera y me inicia en el mundo del porno audiovisual. Gano popularidad, mejora mi reputación en la cuadra. Rosa trabaja ayudando en casa, me cae muy bien. Me gustaría Rosa si no le faltara ese par de dientes incisivos. Un par de amigos de la cuadra no se fijan en minucias: dan un salto cuántico en relación a mí y a mi pornografía. Antes de dejar la casa, Rosa se practica un aborto a partir del menjunje hervido de unas hojas.

1993. Pósters gigantes de Nirvana en mi habitación. Paso de la virtualidad al desierto de lo carnal.

1996. Represento a la “voz lívida” en una obra de Brecht. Me fascina porque me maquillan como a Brandon Lee en El Cuervo. Cierta noche de septiembre me encuentro a uno de mis profesores, un sacerdote, en un night club. Al final de año las guerrillas y el gobierno firman la “paz firme y duradera”.

1998. Damos un concierto con mi banda y otras, en apoyo a las víctimas del huracán “Mitch”. Para entrar, la gente debe llevar una bolsa de maíz o de frijoles.

1999. Viajo a Managua y a León, por los festejos del XX aniversario de la revolución sandinista. Tengo una epifanía en la frontera entre Honduras y Nicaragua. Mi novia me exige a los gritos que le prepare un sándwich porque se muere de hambre. Hago tres de jamón y le doy uno al mendigo que se había acercado a pedirnos dinero. El mendigo le da la mitad de su pan a su perro. Al volver a Guatemala, terminamos la relación.

2000. Experimento a diario en Los Sims, videojuego de estrategia y simulación social. Me hago adicto a Prehistorik 2. Compro en La Habana una preciosa edición de Cuentos completos de Edgar Allan Poe, traducidos por Julio Cortázar.

2002. Rento un apartamento en la Calzada Roosevelt. Vivo con mi perro, Rilke. Mucha fiesta. Escucho con insistencia el disco Sub, de Bohemia Suburbana.

2003. Por pudor, no puedo contar nada de lo sucedido este año.

2005. Agarro fuego durante una fiesta de nuestro edificio en la Rue d’Alésia en París. Me había sentado muy cerca de unas velas aromáticas. No sufro quemaduras, pero quedo desnudo frente a todos. Muchos se ríen, señalando con el dedo. Mi novia me invita al concierto de R.E.M en el Palais des sports. No la quiero acompañar al de Tori Amos. Leo en Internet que la tormenta Stan borra del mapa a la aldea Panabaj.

2006. Surfeo la realidad entre abortos espontáneos, depresiones tremendas, fiestas almodovarianas y las maravillas del Renacimiento florentino.

2008. Durante mi visita a Medellín me dejo orientar por un Virgilio local, inventor de un paseo por la ciudad llamado “antropología de la muerte”. Lectoras de poesía me dejan papelitos por debajo de la puerta del hotel Nutibara. Creo un perfil en Facebook. Atravieso Francia a bordo de trenes de alta velocidad. Vivo un sabroso final de año en las playas de Copa Cabana. Ahí se me ocurre la idea de un libro sobre mujeres mexicanas y centroamericanas que viajan al Brasil a cazar a sus maridos fugados.

2009. Comienzo a investigar sobre la cirugía que debí hacerme hace mucho. Descubro que puedo optar por una órtesis. Participo de lecturas de poesía en Second Life y transformo mi adicción por el chat de Gmail en una herramienta de escritura. Veo cumplidas varias de mis fantasías sin proponérmelo. Meto por error mi pasaporte a la lavadora. Sale desleído, como si jamás hubiese volado. Termino el año vagando como un zombi por la calle Guatemala de Buenos Aires.

2010. Ajusto al máximo la configuración de privacidad para mi perfil en Facebook. Unos meses más tarde elimino mi cuenta en dicha red social.

2012. Leipzig, Alemania: comparto apartamento durante seis meses con un arquitecto chino. La pronunciación de su nombre – que sería, más o menos, “Shingao” – me resulta divertida. Inicio una fértil relación literaria con la ciudad de Frankfurt. En noviembre me instalo en Berlín, la misma ciudad extraña que soñé cuando tenía cinco años.

2013. Encuentro gente maravillosa en San Juan de Puerto Rico. Siento que el sol del caribe es curativo e intento atraparle cada rayo, imprimirme su luz como tinta blanca en la piel. Doy una lectura en Madrid que termina siendo idéntica a cierto sueño en donde me veía actuando como un cantante de rock venido a menos. Concluí dicha intervención (la real) con un poema que pasó a ser la programación de cierto sueño futuro. Conquisto el Castillo de San Jorge, en Lisboa, previo a un inolvidable encuentro con la escritora Lidia Jorge. Leo su libro O dia dos prodigios, con enorme placer.

2014. Llevo dos años en un apartamento de Kreuzberg. Me caso un día antes de la celebración de los 25 años de la reunificación alemana: al ver cómo suben al cielo los globos conmemorativos, nos queda la sensación de que, por fin, se han caído varios muros simbólicos. Paso todo el mes de diciembre dedicado a la vida ascética y contemplativa que me inspiran diversas escrituras firmadas por los más arcaicos monjes. Navidad: en los Esteros del Iberá me vuelco a la observación de duendes y carpinchos, guiado por un amable conocedor guaraní.