6 ago. 2010

Jugo de naranja

Desde que tengo uso de la memoria he querido ser otra cosa. A los seis años me echaba bocarriba en el patio de casa y miraba a las estrellas; estaba seguro que allá me esperaban mis verdaderos congéneres. Unos extraterrestres idénticos a mí dirigían sus miradas a la tierra y las recibía en forma de luz. Durante el día nos comunicábamos a través de dibujos en las nubes.

Adolescente, quise cambiar de color de ojos. Estuve muy cerca de comprar unos horrendos lentes de contacto azules, pero gracias a la pobreza no lo conseguí. Los 90’s fueron una época en donde una mañana tu mejor amigo tocaba a tu puerta, le abrías y lo encontrabas sonriendo con unos extraños ojos color jade. Tu amigo se había transformado en un muñeco diabólico, pero no le decías nada.

Nunca olvidaré una tarde alucinógena: llegados a cierto punto, mi amigo comenzó a llamarme “jugo de naranja”. Para su percepción, mi cuerpo se había disuelto completamente y me veía como un líquido anaranjado adentro de un vaso. Nos reímos como unos idiotas, hasta que me puse demasiado paranoico y comencé a exigirle que me explicara qué estaba sucediendo. Tampoco me hacía gracia su mechón de pelo rubio, siendo alguien tan moreno le lucía ridículo.

Teníamos quince, estas cosas podían ocurrir.

Años más adelante, molesto por ser tan delgado, quise llenarme de músculos y comencé a asistir a un gimnasio junto a mi camarada, quien vivía torturado por su gordura. Las mujeres le huían y le reventaba que a mí no me fuese tan mal. Éramos contrarios casi en todo. Nuestro instructor resultó ser un famoso medallista de las olimpiadas especiales y su cuerpo estaba hiperdesarrollado de la cintura para arriba. Como primera cosa nos recetó una dieta que era una bomba proteínica, la que al poco tiempo convirtió a mi amigo en la versión chichimeca de Hulk, mientras a mí me infló y luego me desinfló, dejándome casi sin fibra muscular.

Después del experimento anabólico, nuestros caminos se separaron y nos dejamos de ver durante mucho tiempo. Muchísimo. No fue sino hasta hace un par de meses, cuando  me conducía por el Centro y sentí un pálpito horrible en el pecho. Volví la mirada y era el cuerpo de mi amigo, tendido, acribillado sobre el asfalto.

Ahora intento contarle que todavía me echo bocarriba a mirar las estrellas. Que redacto en la página los mensajes de aquellos Alanígenas y sus amigos. Pues ellos me van indicando la necesidad de transformarme, de acuerdo con las circunstancias.