14 sep. 2010

Axolotl Cyborg




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Estoy seguro de que ninguno de ustedes se ha preguntado jamás cómo percibe la globalización un ajolote que ha sido secuestrado de su hábitat natural y que ahora vive en esta pecera que con tanto cariño le acondicioné.

La primera cuestión que le viene a la cabeza al bicho, es el origen de mi crueldad. Por cuál razón lo saqué de su hermosa casa en la laguna de Chapultepec, México, para traerlo a un frío espacio cerrado de la Ciudad de Guatemala. Tampoco termina de entender esos sonidos que se cuelan por las aguas causando un pequeño oleaje. Prefiere que ponga al más alto volumen la música más pesada, así puede ejecutar pequeñas destrezas de su época de surfer de los charcos. Cannibal Corpse lo enloquece. De los nacionales se queda con Evilminded, sin dudarlo.

El acento mío y de mis amigos no le resulta demasiado extraño a esta salamandra mexicana. De vez en cuando usamos la expresión “pinche” y hasta llegamos a decir “buey”, como remate de frase. No cantamos mal las rancheras. O sí las cantamos mal, pero con idéntica enjundia. Esto le ha hecho un poco menos traumática la mudanza. Aquí Los Tigres del Norte también rifan. Claro que cuando ya estamos muy borrachos nos gusta rescatar lo “nuestro” y entonces nos echamos el danzón con alguna pieza (país de las guapas mujeres y de la marimba, dicen) de Checha y su India Maya Caballero.

Este ajolote se nutre de música y de las radiaciones tóxicas que la minería a cielo abierto deja por estas tierras. Gracias a esto ha desarrollado la habilidad de leer y navegar por Internet, sin necesidad de un teclado. Vivo con un batracio telepático y le encanta husmear en mi correo electrónico. Le parece muy divertida mi correspondencia, con todos sus enredos, pasiones. Bucea en mi Twitter y también se entretiene leyendo los textos que colecciono como material investigativo para la novela que actualmente preparo. Le entusiasma leer todo lo relativo al transhumanismo y sus posibilidades como herramienta para la activación de un nuevo tipo de conciencia humana global. Se plantea y debate consigo mismo algunos asuntos bastante complejos: si la hiperconectividad a la Web es el primer paso en el desarrollo de un cerebro colectivo; si él sería el primer replicante de una nueva raza Axolotl Cyborg; si yo en realidad no existo y soy tan sólo un holograma de su conciencia.

De repente, el ajolote me mira a los ojos, repitiendo la escena de aquel cuento de Cortázar. Se pregunta si nos ha pasado lo mismo que a los personajes y yo estoy ahora adentro de su cuerpo, pensando al interior de su piel tan fina. Me hago la misma pregunta, mientras lo veo girar y dar una vuelta de carnero espectacular que amenaza con recomponer el universo. Respiro, me tranquilizo. Todavía estoy de este lado de la pecera.

Para mi salamandra fluorescente el asunto de las lenguas no está del todo claro. Con frecuencia olvida el idioma en que ha leído un texto, lo cual le hace pensar que la mente aprovisiona las ideas en un código no necesariamente lingüístico. Hace poco quiso contarle a unos pececitos de colores que la poesía era el dispositivo histórico (genético) que usamos para cuestionar a las configuraciones de lo que percibimos como realidad material. Que a través de ella, de la poesía, evolucionamos. Luego, con elegancia, lanzó un haiku japonés que originó una pequeña hilera de burbujas. Pero, vamos, lo había dicho todo con un tono tan doctoral y flemático (como de filósofo alemán), que me resultó muy chistoso percibir la indiferencia de los peces. Estos pobres difícilmente saben si viven en el siglo XXI ó en el paleolítico. Y el Siglo de Oro, o el Romanticismo, ya que estamos, también les valen madres.

A mi Axolotl Cyborg, a fuerza de mirar tanta televisión por cable, lo ha terminado conquistando la publicidad. Incluso ha llegado a concebir un excelente producto, una marca, algo que le gustaría mucho comercializar: una serie de tapas de libros de Thomas Pynchon para que los pececitos de colores puedan forrar sus libros de Paulo Coelho, y así consigan leer sin ser víctimas de discriminación en entornos hipster. Le informo que en este país no tendrá mucho éxito su iniciativa, pues la gente directamente prefiere no leer. Lo hip por acá es no saber nada y acudir a fiestas electroclash. El ajolote se asusta y me hace prometerle que en mi próximo viaje a Buenos Aires lo dejaré acompañarme, para que pueda chapotear por las librerías. Hay unas muy buenas, le digo.

Sí, se me ha ido convirtiendo en un cínico y un confianzudo este animalito. Pero la verdad es que lo acepto así, con todos sus defectos. Es lo mínimo que puedo hacer después del daño que le he ocasionado, arrancándolo de su idílico entorno natural (donde convivía con tepocates y desechos industriales), trayéndolo a vivir a este nuevo paisaje: un hábitat que consiste en una pecera traslúcida puesta de frente a varias pantallas.