2 sep. 2010

Teletransportación

El lenguaje de la violencia social impone modificaciones, en diversos niveles, al propio acto de la escritura. Los dedos tiemblan, aparecen los tics corporales traducidos a imagen y las metáforas adquieren texturas donde su luz apela a la desesperación. La escritura por momentos anuncia un escape de la paranoia o, al menos, un placebo capaz de entregarnos una mínima calma al interior del cinismo que desarrollamos como escudo. Más que resignación, resguardo.

En otros momentos, la escritura misma es la transcripción directa de un estado permanente de terror y pánico.

Al experimentar un tipo de violencia que se fabrica en una oscuridad casi absoluta, donde el operador del agravio es virtualmente invisible e intocable (no puede reconocerse totalmente en el Estado, sino en fuerzas paralelas que pueden estar ligadas, o no, a éste), la interpelación que la poesía desarrolla como forma de resistencia es igualmente móvil, nómada y fugaz. El poema transmuta su materia, se trasviste y performatiza un clamor que representa al fingimiento del dolor efectivamente sentido (Pessoa).

Algún Lector de esta poesía también intenta escapar de ella: la olvida, la descarta, la desecha o, simplemente, la ignora. Otro Lector la reconoce, tiembla con ella y la vincula al propio desarrollo de una ficción salvadora. Otro Lector la ve como una forma menor de la literatura fantástica (“poesía con efectos especiales”), un efectismo y una exageración. Se duda con tenacidad de la fracción de testimonio que esta poesía acarrea, aparece la burla. Esta lectura es, entonces, otra violencia, de la cual la propia poesía se vuelve a nutrir.

La calidad de esta poesía violentada estará en relación directa con el grado de desarrollo técnico alcanzado para elaborar los marcos en que dicho lirismo avasallador discurrirá. Debe trasladar su negra epifanía con la velocidad y contundencia de cualquier obra importante. El goce estético, como finalidad, no ha desaparecido, nada más se privilegia un aspecto quizás más subterráneo o subrepticio, donde la propia forma ha asimilado la mutación simbólica que acontece en el escenario social.

En el contexto del posible final de la posguerra en Guatemala (o ahora que entramos a algo que todavía no tiene nombre), el poeta rara vez será percibido como un “sujeto comprometido” con su entorno. Su visión le alcanza para vislumbrar que también han sido devastados los espacios sociales que antaño enmarcaron las diversas militancias de orden político. A una voz fragmentada y, asimismo, híbrida, mestiza, nómada, le resulta imposible ser absorbida como eslogan o consigna; y el ritmo impreso a tal devenir literario, aleja al poeta de la cursilería o la perorata.

El futuro, o la supervivencia de la textualidad que emerge de este caos, aparece ligado a la movilidad constante, a una pulsión transgeográfica que permite resguardarse y escapar de las múltiples violencias que sacuden al cuerpo y a la mentalidad que ha optado por ejecutar un hecho escritural autónomo. Esta distancia permitirá la exposición de una especie de “ninjitsu imaginario”, fraguado desde una nueva variante de exilio (incluso interior), donde se huye de un perseguidor espectral, transcorporal y transideológico, cuyo rostro es francamente indeterminable.

Recordemos a Les Épiphanies, de Pichette:

“Monsieur Diable: Au besoin mon garçon, libère tes jurons, vomis tes déboires. C’est de bonne médecine”…