22 oct. 2012

Alan Mills: “Yo quería ser una estrella de rock”




Por Felix Hück, Jacqueline Jakobi, Edina Sabanovic y Mona Taheri.


Alan Mills (1979) es escritor guatemalteco (de origen jamaiquino) y cursa el doctorado en literatura de Potsdam, gracias a una beca del DAAD. Algunos de sus poemas, extraídos de la compilación Testamentofuturo, fueron traducidos por un grupo de estudiantes del seminario de traducción de la Universidad Goethe en Frankfurt. En esta oportunidad, los estudiantes pudieron conocer al autor y aprovecharon para aprender algo más sobre él y su obra.


(La versión en alemán de esta entrevista y un reportaje sobre el seminario de traducción, fueron publicados en el número 114 de la revista LiteraturNachrichten)

Sr. Mills, si se le pregunta acerca de cómo llegó a ser escritor, Ud. ofrece una respuesta de acuerdo a la ocasión. Sea en un bar, una librería o ante  periodistas. ¿Cómo respondería a la pregunta en este contexto universitario?

Hay que pensar la vida como ficción en permanente construcción y revisión. Nos narramos dependiendo de una serie de circunstancias. En un contexto académico no sé cuál sería la respuesta más adecuada.Y si me lo pregunta así, hasta me da un poco de miedo. [Risas] Decidí ser escritor para rebelarme. Quería una vida creativa más allá de las estructuras burocráticas. Era también una forma de convertirme en la estrella de rock que nunca pude ser. La literatura me permitía jugar a ser lo que no era y eso me encantó. Bueno, esto de la estrella de rock ya lo había dicho antes. 

¿Qué piensa de las traducciones hechas de obras suyas?

Mi carrera va paralela con las traducciones, quizás por el tipo de vida nómada que he tenido. Participé hace cuatro años en un taller de traducción en Arles, Francia y fue una experiencia parecida a la de hoy. Me da mucho el contacto con los traductores, me enseña a conocer mi propio trabajo, a conocer las diferencias con las otras lenguas, las sutilezas. Es un trabajo de sutilezas. Sobre todo el traductor de poesía, que trabaja con lo sutil y con lo evanescente. Tiene esa parte de comprensión de la imagen que no solo está sujeta a la interpretación, sino también a la sensibilidad. Poemas como los de Poemas sensibles (2005, Praxis, México) buscan crear más bien sensaciones físicas, no ideas. Similar a mi otro libro titulado Síncopes (2007, Zignos, Perú; Proyecto Literal, México), que es como una especie de pesadilla de un lenguaje que se hace violencia. Son libros cortos pero van en dirección hacia el cuerpo y la fragilidad de la vida. Se pone en juego la noción de cuerpo y de identidad. Implican un laboratorio de traducción tan intenso que al final la traducción misma ya no es lo interesante, sino el proceso de traducir.

¿Teme que sus poemas se vean trastocados en un sentido negativo debido a malentendidos que surgen?

Todos los autores se sienten la autoridad frente a su texto, por eso tenemos ese delirio de control muy afianzado. Se llega al extremo de peleas a puño con los editores. Con la traducción no es distinto, pero lo que ocurre  es que en un mundo hiper-conectado es muy difícil evitar que alguien haga el ejercicio. Hasta las traducciones malas son una posible lectura. Quizás hasta mejoran el poema, depende. A veces me parece simpático, a veces me enojo. También depende de mi cercanía hacia un idioma. Con el portugués soy muy quisquilloso. Con el alemán me siento más tranquilo, porque sé que no puedo controlar mucho. Me tradujeron al checo y allí no puedo hacer nada, ni aunque yo quisiera.

¿Tiene Ud. una concepción de un texto terminado o definitivo que impone como autor? 

Yo creo que esa es una una tensión permanente. Mi política en este momento es de relajarme y dejar que la creatividad de la gente actúe. Yo mismo no sé si estos poemas los voy a cambiar en el futuro. Yo a Poemas sensibles hoy le cortaría la mitad.

¿Tanto así?

Sí. A Los nombres ocultos un 60%. Mi mejor libro creo que es Marca de agua (2005, Cultura, Guatemala), lo dejaría casi como está, al igual que Síncopes. A Testamentofuturo, como compilado ya le quitaría un 30%. Porque uno avanza y uno vuelve a leerse y uno dice: “Aj, esto ya no funciona”. Por suerte mis poemas buenos son los que más circulan por la web. Pero hay algunos que circulan que no me gustan y entonces digo: “¡Que vergüenza! Tal vez alguna persona sólo lee este y va pensar que así es mi trabajo.” Es como cuando te toman una mala foto y dicen: “¡Qué feo!”. Y luego una buena y dicen: “¡Oh!”. El internet nos trae una pedagogía: “Tú no puedes controlar esto. Esto está fuera de tus manos. Hay que aprender a navegar”. Uno aprende a escribir mejor. Yo pienso que voy a mejorar algunos de mis libros en el futuro. Quizás alguna traducción errónea me dé alguna idea nueva. De repente me ayudan y me resuelven algo que yo no había visto bien.

Ud. propone que el autor debe desaparecer. 

Publiqué un libro titulado Escalera a ninguna parte (2010, Catafixia, Guatemala) que es lo más experimental que he hecho. A veces no sé si hice bien en publicarlo. Es un libro muy rapsódico y nunca se sabe quién está hablando, uso lenguajes que no existen, idiomas raros, mezclo del quiché, del español, del inglés, todo es como muy loco y muy violento. Y al final hago una nota aclaratoria donde digo que en realidad me encontré ese libro en una playa. Que no hay autor. Volviendo un poco a esas épocas donde no había autor. El autor desaparece, pero ampliándose. Implosiona. Es un juego postmedievalista. 

Hemos visto mucho en sus poemas. Nos hemos preguntado acerca de su propia identidad en "El indio no es el que mira usted"... ¿Es ese indio específico o es ese indio "intercambiable" por cualquier etnia?

Lo raro es que sea considerado un poema tan “guatemalteco” y que al mismo tiempo haya sido el primero que tradujeron a varios idiomas. Me pregunto: Si es tan guatemalteco, ¿por qué lo quieren leer en otros lugares? A lo mejor el indio sería un “otro móvil”. O como sugiere Levinas, no “un otro”, sino “varios otros”. Pero también se alude al “pequeño otro” lacaniano, a ese espejo ahumado que nos va creando una identidad. La palabra “indio” desde el inicio ya era un error. Es la designación de un equívoco cartográfico. Los conquistadores pensaron que habían llegado a Las Indias. Desde su origen ese concepto es una deriva que implica múltiples posibilidades. El indio no es de la India. Y ahí ya tienes la paradoja.

Una traducción del taller decía "Indianer", y esta traducción se descartó por considerarse que no se estaba aludiendo al indígena norteamericano.

¿Y por qué no? Algunos autores aseguran que uno solo puede definirse a través de la “autoasignación”. Si yo digo que soy indio, entonces soy indio. Allí surge mi idea de que la identidad es plástica. Esto lo exploro en un ensayo que se llama "Literatura hacker y el nahual del lector" (2012), en donde señalo que las identidades son hackeables. Uno puede extraer el código, entrar a un ciberespapacio étnico distinto, o  a un ciberespacio literario distinto, siempre y cuando uno conozca el código. La primera codificación es el idioma, el lenguaje. Luego vienen otras y el juego se vuelve complejo. Si quieres hackear una cultura, tienes que conocer su tradición, sus costumbres, su lengua. Por eso yo diría que todavía no soy un escritor indígena. Porque no hablo quiché, pero lo voy a hablar. Lo voy a aprender después del alemán.

¿Esto de hackear sería entonces penetrar la cultura para conquistarla, apropiársela y asumirla?

A mí me interesa hackear como open source, crear código abierto, decir: “Miren, encontré esto y si lo usan así, lo pueden usar todos”. Yo leí el Popol Vuh de los maya quichés y encontré estas maravillas. Y si lo leemos de una nueva manera, entonces lo podremos leer más personas. También quiero decirle a los indígenas: “Leamos a Borges desde aquí. ¿Por qué no leemos a Borges a través del Popol Vuh? Nos puede ayudar, puede ser más fácil y más divertido. ¿O por qué no leemos La divina comedia de Dante comparándola con los niveles del inframundo de los quichés?”. Le facilitas la vida a dos comunidades y las acercas. Simplemente uso la ética de este tiempo, que es la ética del hacker. La ética de crear conocimiento abierto.

Mencionó que conoce autores a quienes el hecho de publicar un libro ya resultaba cursi, que prefieren más bien ese megablog eterno.
¿Qué nos puede decir acerca de sus propios proyectos en la web? Ud. twitea, mas no está en Facebook.


Tuve Facebook, casi 5.000 amigos, pero era algo incontrolable. Es el infierno, es Xibalba. Es el infierno de Dante: “Abandona toda esperanza...” Twitter sí está bien. Tuve un blog durante cinco años, (R)Evolver, que fue muy leído en su momento. Me dio a conocer. Mucha gente me conoce por mis textos del blog, más que por mis libros pues los he publicado en editoriales muy pequeñas. Como Síncopes, que sólo circula en Francia y México. Tengo lectores de muchos países y no pueden acceder a mis libros, entonces la parte de internet ha ido resolviendo. Mi blog fue siempre muy refrescante en ese sentido. Lo dejé de actualizar cuando decidí presentarle mi proyecto de investigación al Prof. Ottmar Ette.  Ahora el Twitter se me acomoda muy bien porque son sólo chispazos. 

Existe un blog con retratos suyos. ¿Existe un vínculo con poemas suyos como Fotografía con autorretrato, Fotomatón de poeta y Polaroid ?

Es toda una experiencia literaria. Para mí era como un misterio, la creación del texto y la imagen del autor. Pero sobre todo la fotografía como arte siempre me pareció muy misteriosa. Ahora estoy tomando fotos y me está gustando. Puedo afirmar que lo que uno ve en la foto es el ojo del fotógrafo, casi nunca se ve al sujeto fotografiado. El sujeto es un reflejo de lo que el otro está buscando ver. Es igual que el poema, que resulta la autobiografía del lector.

Foto: Jacqueline Jakobi