9 jul. 2014

Acapulco -- no ficción --


Desayunamos. Vemos desde el balcón a los clavadistas que leen las olas y luego se lanzan desde la quebrada. Rompen el agua como un espermatozoide que atraviesa el tejido que separa a la vida del Inframundo.

Mientras Un Artista nos va tomando fotos con su Hipstamatic, comienzo a sentir que me transformo en un ajolote. Los demás amigos que comparten la mesa no se dan cuenta por estar mirando a los clavadistas. El susto me hace salir corriendo a mi habitación y al nomás llegar me meto a la tina. Comienzo a coletear y chapotear.

Es el reflejo del agua el que me confirma mi nueva condición de salamandra fluorescente.

Al salir de la tina me encuentro en la cama un libro que lleva por título Las Visiones Futuristas. Más allá de la ciencia y del Siglo XXXII. No sé quién pudo dejarlo ahí, ni con qué motivo. La dedicatoria de la autora me aclara un poco: “Gracias, Alan, por acompañarme a las ciudades astrales durante tus horas de sueño”. La autora está vestida de tigresa. En realidad se trata de la cantante que se hace llamar "La Tigresa del Oriente".

Sonrío. Paso las páginas con delicadeza, aprovechando mis nuevos deditos tan finos.

Un día antes de la metamorfosis me había topado con cuatro absolutos desconocidos que se habían instalado en mi habitación del hotel “El Mirador”. Para ellos todo resultaba tan pero tan normal (usar mis cosas, manipular el aire acondicionado, ducharse, acostarse con mis amantes, ver la tele, etc.), que me dio vergüenza preguntarles qué diablos estaban haciendo ahí. Me retiré sin decir nada, con un gesto facial que les pedía perdón por haber importunado.

Al volver al comedor quedé sorprendido porque para algunos resultaba de lo más natural mi nueva condición anfibia. Había quienes se la pasaban sobijeando mi piel, tan lisita. Otros comenzaron con el juego de agarrarme por las extremidades, catapultándome hacia el mar de la quebrada. Les causaba gracia ver que hacía muecas mientras pedía aplausos en medio de un doble mortal.

Fue tal mi éxito que uno de los padrotes de los clavadistas me amenazó e incluso me ofreció un dinero para que dejara de quitarles la clientela. No diré que me dio a bastedad, sin embargo, me alcanzó para patrocinar algunas salidas a los cabarets de la zona. Así gané popularidad entre los escritores invitados al evento.

(Publicado originalmente en este blog en el año 2010)