10 jul. 2014

El alma de la rosa


1. Les informamos que debido a la crisis, la luz al final del túnel será apagada hasta nuevo aviso. Disculpen las molestias

Corro el riesgo de sonar como un escritor de autoayuda, sin embargo, ha sido gracias a las crisis que he podido diseñar las mutaciones fundamentales de mi existencia. En esos momentos en que me he visto superado por las circunstancias ha aparecido frente a mis ojos un nuevo ser, en estado germinal, al cual alimento y ayudo en su desarrollo. A ese Doppelgänger, o gemelo, maligno y mágico, le encargo la destrucción del espantapájaros que había llegado a ser.

El viaje es una de las soluciones que mi Doppelgänger suele improvisar en momentos críticos. Cuando fracasan las estrategias disponibles de decodificación de la realidad, opta por el movimiento, por desplazarse, por enfrentar la situación crítica desde otro lugar. El nuevo espacio obliga a la reinvención, al uso creativo de materiales inéditos y a la reorganización lúdica de los propios escombros. El doble espectral hace malabarismos con los despojos de la situación anterior y con las luces del porvenir.

Claro que cambiarse de país no implica cambiarse de vida. Allá donde vayas, tu crisis irá contigo (no olvidemos el poema de Kavafys) y apenas encontrarás un nuevo marco caótico en el cual insertarte. “El caos es un orden por descifrar”, nos dice la amante del protagonista de El hombre duplicado de José Saramago, una frase que explicaría la euforia que causa en el viajante el advenimiento de toda la novedad: su lucha es la de encontrar las contraseñas, los passwords que le permitan ingresar y navegar en el sistema aparentemente cerrado de una cultura foránea.

A la crisis inicial le agrego la nueva crisis generada por el vértigo que me entrega un territorio por descubrir. Una especie de remedio homeopático con el que mi Doppelgänger intenta transformarme.

2. –¡María, tu marido se va a tirar por la ventana! –¡Decile al tarado ése que le puse los cuernos, no las alas!

Del momento crítico navegamos hacia el iluminado puerto de un nuevo equilibrio. Entonces viene la fiesta inicial, la abundancia generosa de lo recién iniciado; luego sobreviene cierta estabilidad, la maduración de la circunstancia, hasta que ¡zas!, la realidad vuelve a mostrarnos su lógica imperturbable.

El modelo empleado para interpretar nuestro entorno se agota y hay que inventarse algo que lo sustituya. Esto último no va a variar si estamos en Río de Janeiro, en Berlín, o en Kuala Lumpur. La necesidad de ofrecerle rutas alternas a la psique colectiva es común a los distintos proyectos civilizatorios. Es ahí donde aparece el nicho de oportunidad para los profetas, los líderes delirantes y/o carismáticos, los adivinadores y los artistas. Y a lo mejor estas entidades representan diversas facetas de un mismo aspecto de nuestro inconsciente colectivo, necesitado de conjurar la inminencia de lo desconocido.

El arte permite vislumbrar la belleza de un escenario que escapa radicalmente a nuestro control. El artista proporciona las herramientas para que la comunidad descubra en el caos la presencia de esas nubes cargadas de aguas torrenciales y truenos que forman un caleidoscopio donde conviven el placer y la armonía. El arte desarrolla y profundiza los aspectos que las diversas crisis sacan a la luz. La obra de arte nos permite experimentar el tiempo en su inmarcesible misterio.

Cuando escribo, efectúo la misma operación llevada adelante gracias al ritmo de un viaje. Arte, literatura, viaje: son formas de reconfigurar el caos primordial. Cuando escribo, el Doppelgänger del texto se desliza por mis dedos, materializa una entidad que me va formando, con la precisión de un escultor. La literatura, siguiendo al filósofo francés Deleuze, es la creación de una lengua adentro de la lengua: al poner en crisis al idioma me permito indagar en los propios enigmas que me habitan, misterios que no serán nunca sólo míos. El lector encontrará en el texto a su propio Doppelgänger, otro distinto, uno propio que lo irá esculpiendo con igual fervor.

Porque es el lector quien organiza con su mirada ese sistema caótico llamado “libro”. Y esa es una sentencia de la cual se podría inferir la siguiente analogía social: una crisis es grave cuando no conseguimos atisbar los mecanismos para su lectura.

3. Mijo, por dinero no te preocupés porque no hay

La crisis, en términos sociales, sobreviene cuando los ciudadanos dejan de percibir un derecho, o un beneficio previamente adquirido, pero también cuando el cuerpo social ha avanzado a una velocidad mayor que la de la institucionalidad política. La magnitud, las dimensiones y las particularidades de cada crisis están determinadas y son mediadas por la cultura, e incluso se podría decir que la cultura es la propia expresión de la crisis de un entorno determinado, pues incorpora los mecanismos imaginarios que la comunidad elabora para trascender sus momentos de caos y su primitiva pulsión de muerte.

Recuerdo que durante las semanas anteriores a los incendiarios disturbios callejeros de París, en noviembre del 2005, mi Doppelgänger se topó con tres circunstancias llamativas: 1. Un hombre golpeaba a una mujer, su pareja, en la rue d’Alésia, ante lo que varios transeúntes tuvieron que intervenir; 2. Un grupo de inmigrantes alcoholizados insultaba acremente, por razones de su origen, a una muchacha rubia en el Noctambus, a la altura de Chatelet; y 3. Fui revisado en el Metro por un policía francés encubierto, sin ninguna razón o motivo visible, más allá de eso que los argentinos llaman “portación de rostro”.

Estas tres mismas situaciones no me habrían llamado la atención en mi propio país (donde esto y más es moneda corriente), sin embargo, al sentirme inserto en la “alucinación consensual” del Estado francés y al estar impregnado de su discurso garantista y del ideal colectivo de liberté-egalité-fraternité, no pude sino conmocionarme, espantarme. Más adelante, cuando visualicé frente a mí las hileras de autos incendiándose en las calles parisinas, percibí en clave de epifanía que las tres situaciones anteriormente vividas no eran más que las señales de un conflicto mayor que se cocinaba más allá de cualquier mirada superficial. Un conflicto que no le pertenece solamente a Francia, ni mucho menos.

A lo largo de varios años de vida nómada he podido percibir que uno de los puntos nodales de las crisis que atraviesan el mundo actual, es el relacionado con la movilidad poblacional y la migración. Este flujo hiperdinámico de personas no implica solamente la utopía liberal del intercambio de bienes y servicios, sino más bien acondiciona escenarios donde la colisión de tradiciones, cosmovisiones e ideologías puede ser brutal, puesto que éstas se dan en un entorno de profundas desigualdades socioeconómicas.

 La retórica de la crisis mundial (incluyendo sus variantes apocalípticas) es asimismo un dispositivo ficcional colectivo que busca asimilar de algún modo los desajustes generados por el choque de clases en un marco de cosmogonías y formas de vida heterogéneas. La psique colectiva asimila lo complejo y caótico de nuestras organizaciones sociales a través de la retórica de la crisis, diseñada en buena medida desde los centros de poder, aunque siempre alterada por medio de las más diversas transacciones culturales.

Quizás lo que llamamos “crisis” no es más que la emergencia de varios pasados que determinan simultáneamente la forja del presente y la proyección global del futuro: la narración de la historia es cada vez menos susceptible de ser pensada como un relato con un único inicio.

4. Apocalipsis right now!

“En lugar de recurrir a la ciencia para impedir que el mundo se acabe, necesitamos mirar hacia nosotros mismos y aprender a imaginarnos y a crear un nuevo mundo”, dijo recientemente el filósofo esloveno Slavoj Zizek en un artículo cuyo título resulta estremecedor: “2010: el fin de la naturaleza”.

Para crear un mundo nuevo (me gustaría pensar en “varios mundos nuevos”), primero hay que imaginarlo, parece sugerirnos Zizek, actualizando la propuesta jamesoniana de producir ficción como una forma de crear utopías.

Quizás una crisis es un arquetipo que nos impulsa a leerlo todo de modo distinto: así, cuando la poetisa argentina Alejandra Pizarnik nos convocó a “mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”, a lo mejor nos estaba entregando una tecnología de transformación de la naturaleza y la realidad. La poiesis, es decir, la creación de algo que no estaba ahí, sería ejecutada cuando destruyésemos la mirada anterior, cuando “pulverizáramos nuestros ojos”.

¿Habrá que pedirle a nuestro Doppelgänger este servicio de muerte óptica?

Inventarnos un nuevo mundo es inventarnos una nueva mirada. Aprender a leer como si nunca antes lo hubiéramos hecho, es en sí mismo la creación de un nuevo mundo. Leer la crisis como la oportunidad para inducirnos una mutación. Operar nuestro propio Apocalipsis, dirigir nuestra propia revelación. Porque lo que vivimos como crisis es el producto de las bagatelas y hechicerías del mundo contemporáneo golpeando con contundencia nuestra capacidad de mirar el alma de la rosa.

Y en ocasiones hasta sentimos que la rosa ya no está ahí.

(Publicado originalmente en la revista Humboldt, en el año 2011)