10 jul. 2014

El megáfono de Keats


 

La poesía prefiere el susurro, es cierto, pero a veces necesita del megáfono que soluciona la tensión creada por la acumulación de silencio.

Quizás atravesamos una época en que la poesía funciona como un catalizador entre la cultura audiovisual y la cultura literaria, aunque también (usando otro binarismo) entre las culturas populares y las culturas letradas. Algunos festivales y encuentros de poesía propician un escenario para la ritualización de esa realidad verbal, imaginaria. Las lecturas públicas aceleran, a través de la oralidad y/o la representación, el acceso masivo a obras que encuentran serias dificultades para circular en forma de libro por este territorio global.

Lo que hace un poeta en un festival es poner sus susurros, momentáneamente, en el megáfono, para que luego los lectores puedan volver a la tranquilidad virtual de reencontrarse con los poemas desde el silencio iluminado de las pantallas.

Cortázar decía, en aquel libro sobre John Keats, que el poeta es siempre un individuo desagradable. Y quizás lo es porque se atreve a indagar en los rincones más oscurecidos de la lengua, dotándolos de un brillo que acarrea dolor. El poeta es rechazado cuando muestra la fragilidad de nuestros valores e ideales, o cuando se atreve a develar la fragilidad de la cultura que legitimamos. La poesía es la subversión de lo imaginario en un mundo que simula ser contundentemente real.

Por supuesto que sería mucho más cómodo usar un idioma pragmático, correcto y beneficioso para la polis, ¿pero quién chingados quiere eso?

La poesía genera rechazo porque muchas veces entorpece la consolidación de ciertas retóricas, porque limpia y ensucia las palabras de la tribu, mostrándolas vivas, adoloridas, hermosas.

(Publicado originalmente en este blog en el año 2009)