10 jul. 2014

Prólogo



 Alan Mills o el escenario debe estar en ruinas
                                                  
Por Javier Raya
  
 Baudelaire era, en efecto, el único capaz de afrontar públicamente el ridículo con ademanes tan preciosos.
-Alfonso Reyes

El viejo mundo está muriendo y el nuevo mundo
lucha por nacer: este es el tiempo de los monstruos.
-Antonio Gramsci

1. Desaparecer con gracia

¿A cuántos clubes pertenece el improbable Lector? ¿A cuántas asociaciones, colegios, grupos, gremios, sociedades anónimas, logias, categorías se puede pertenecer? ¿Qué permite y qué restringe, a su vez, dicha pertenencia?
 
Propongamos un ejercicio de algo que algún listillo podría llamar “literatura expandida”: saque el lector su billetera, cartera o compartimento donde guarde sus credenciales de afiliación. No es necesario hacer un currículum vitae, bastará con echar una ojeada a las militancias con las que uno anda cargando por la vida: credencial de la universidad, tal vez, si el Lector confía en la educación universitaria; credencial de la biblioteca, si el Lector hace honor a su nombre; credencial que lo identifica en su lugar de trabajo, como miembro de un partido político, como votante registrado, como miembro de un supermercado, etc. 
 
Las credenciales y militancias que conforman nuestra experiencia social no siempre son tan visibles o claras como una tarjeta de crédito o un número de afiliación a algún partido político. Si se es miembro del Fight Club, por ejemplo, nadie debe saberlo. Si la militancia o el nexo que trata de establecerse atraviesa por lo literario, la cosa, ya de entrada, está más o menos perdida. Cierto marxismo (específicamente el de tendencia grouchista) afirma, para estupor de pocos, que el sujeto ha de pertenecer solamente a clubes que se nieguen a aceptarlo como miembro. El mayor de los hermanos Marx sabía de qué lado mascaba la iguana.
 
Un par de frases en favor de la diferencia: “Siempre le he restado importancia al dato colegiado, a la aparatosidad gremial de los poetas.” 
 
Escribir como niños ferales, incivilizados, que ven con desconfianza al resto del gremio. La escritura como expresión de un ser en peligro de extinción. La escritura como marca de diferencia frente a la angustia de las influenzas y las influencias, frente al contagio de las mismas taras retóricas y su reproducción viral. “La poesía es ficción”, dice Mills. “Es algo tan evidente que pocos se atreven a decirlo. La poesía es la ficción más profunda y radical de todas porque es la de inventarse un alma”.
 
¿Cómo ocultarse en lo mimético y memético sin ser devorado? ¿Cómo transformar, mediante el aikido de la escritura, los recursos de los opresores en herramientas de evolución? ¿Cómo sacar un alma del fondo de la negrura, como un mago que extrajera un conejo desde el fondo del tiempo? “Publicaré libros de poesía para ejecutar la intervención simbólica de un espacio que desde ahora me es ajeno. Seguiré llamándome 'poeta' a mí mismo, como una forma de ficcionalizar mi propia identidad.” Disfrazados de cisnes cantadores, el jaguar y el ajolote medran por estas páginas. Escriben no para evitar extinguirse, sino para desaparecer con gracia. Mills es el nagual de esa escritura. 
 
Cómo hablar de un mundo que desaparece a medida que se escapa de él, mientras se convive con él: he ahí uno de los misterios fundamentales de la literatura ninja.


2.

Alan Mills pertenece al idioma que ha ido conformando a través de su propia práctica de escritura, como quien confecciona un traje a medida que lo usa. 
 
Es inútil la partición de géneros en su caso: las taxonomías que funcionan para los críticos y los graduandos en las universidades son de poca ayuda; se trata de un esqueleto de animal fantástico que provoca una perturbación similar a la que habría sentido el primer antropólogo que llamó “lagarto terrible” a un dragón. 
 
Leí a Mills por primera vez en 2004 en la revista Oráculo, dirigida por Ramón Peralta, Rodrigo Flores y el recientemente fallecido Sergio Loo. Su texto era una reseña de algún poemario, no recuerdo cuál y en realidad no importa. Le escribí a Mills por primera vez al poco tiempo —ya en calidad de fan— para decirle que el poemario en cuestión me había parecido bastante malo, pero que me había fascinado su forma de encontrar belleza incluso en aquel libro prescindible, como uno que al ver un perro muerto resaltara del conjunto putrefacto la blancura y firmeza de los dientes. Lo primero que leí del poeta Mills fue una maravillosa historia de detectives que se había disfrazado, en una revista mexicana, de reseña. Una reseña buenísima de un libro perfectamente olvidable.
 
A finales del 2007 descubrí Síncopes (¡larga vida al “salmo del Chupacabras”!), publicado en la colección Limón Partido, del que Raúl Zurita escribió que “constituye el extraordinario poema de una violación”: la violación masiva y tumultuaria de una cultura. El síncope es el detonador del infarto que demolerá los Megatemplos (con sospechoso parecido a centros comerciales) erigidos en un país que podría ser cualquiera entre Tijuana y la Patagonia pasando por ciudad de Guatemala. Oda sobre el fin de una época en la historia de Guatemala que poetas tan grandes como Manuel José Arce habían delineado desde la sombra, ya sea de la marginalidad o del exilio. Consumir o ser consumido: tal es la ley entre los virus y entre los individuos virales y sus sociedades tóxicas. No salí de Síncopes siendo el mismo.
 
Entretanto, Mills viajó por el mundo, publicó más libros y tuvo ideas geniales, como disfrazar poemarios de novelas (como antes disfrazara poemas de reseñas) para que sus libros pudieran venderse en librerías, lo que a la postre le trajo a Mills la fama y fortuna que todos conocemos. Fue en esta embriguez que Mills vino a parar a la ciudad de México durante el primer apocalipsis zombie del 2011 (escribo estas líneas durante la segunda oleada, a finales del invierno del 2013, esperando, tal vez, mi turno para militar en las filas de los infectados), viaje del cual el Lector encontrará en Aparición y desaparición de la literatura ninja numerosas evidencias. 
 
Seguí los derroteros de Mills a través de su blog “Revólver”, que luego rebautizó con el afortunado juego gráfico “(R)evolver”, dando primacía al factor evolutivo en vez del armamentista: la premisa fue el instante, la contingencia, jugar a lo que hubiera a mano (los niños perdidos nunca se aburren, siempre están inventando juegos nuevos). En (R)evolver lo mismo podías encontrarte el relato de un concierto de rock o una fiesta salvaje que un sentido comentario a la muerte de un sociólogo francés (gracias por tanto, Jean), o un poema o una canción o algún comentario político. Lo que uno agradecía era que Mills siguiera escribiendo, ya fuera en alguna colaboración con los Superdemokraticos, en su blog o donde fuera. Si Mills deja de tuitear durante un par de meses, sabes que en alguna parte está escribiendo algo, trabajando en algo, tramando algo. Como buen escritor ninja, el silencio de Mills es el silencio de los conspiradores que se esconden a la vista de todos.


3.

Leer Aparición y desaparición de la literatura ninja ha sido, para mí, un viaje en el tiempo: hacia el pasado en los textos que ya conocía de (R)evolver, y también hacia el futuro a través de estas visiones de literaturas posibles que aún no se escriben, pero que en la concepción del tiempo cíclico ya se han escrito y perdido en innumerables ocasiones. 
 
Algunos textos los recuerdo y otros me toman desprevenido y con la guardia baja. El conjunto —una especie de antología personal— reúne también fragmentos de otros libros de Mills (creo ver por ahí a la Reina Isabel a bordo de su Caja negra XX 2012, publicado por Mata-Mata, por ejemplo, buscando al avión malayo que por estos días se perdió en el océano Índico), y salvando toda constricción engañosa en cuanto a géneros literarios, conforma menos un muestrario que un catálogo de obsesiones. 
 
Sin embargo, la continuidad entre los ámbitos de escritura de Mills es ilusoria: un lector que busque formas imperecederas, reconocibles en Aparición y desaparición de la literatura ninja quedará muy decepcionado; la continuidad, si existe, es, a falta de mejor apelativo, ética: una visión mutante de la realidad que tomará cualquier forma que le parezca conveniente para decir lo suyo, creando una continuidad artificial entre crítica y ficción, entre teoría y sueño, entre política y diarística, entre antropología y poema.
 
“La literatura”, dice Mills, “es la continuidad histórica del tiempo colectivo.” Y me recuerda a las eras imaginarias de Lezama Lima, que no es sino otra forma de dar pistas sobre esa coordenada inhóspita donde una conciencia de lo colectivo late desde el fondo de la memoria de la especie: donde la Historia con mayúsculas y la historia genealógica, personal, no sólo colindan sino que se vuelven indistinguibles: son formas de ficcionar, que es el mecanismo mediante el cual la conciencia se apropia —siempre de manera fugaz, en ocasiones con la ayuda de las palabras— de sí misma, en su fragmentación. “Diríase que mi escritura es el dibujo de estos desplazamientos”, dice Mills. “Así busco a mi ser estallado.”


4. Enter the ninja

A propósito de la literatura ninja en realidad hay muy poco que decir. Como las revoluciones grandes y pequeñas, comenzó como una broma entre camaradas y terminó como una sangrienta embestida al palacio de invierno. Los investigadores del fenómeno ninja dirán que exagero.
 
A pesar de que tanto Mills como yo hayamos consignado un par de manifiestos sobre lo que podría ser o lo que entendemos por literatura ninja, creo que estaremos de acuerdo en que uno no puede adscribirse voluntariamente a la literatura ninja: se trata más bien de un llamado o una enfermedad. Cierta tendencia a la desaparición, al extravío, cierta gracia para trepar por las paredes y volar entre los edificios lanzando estrellas shuriken a nuestros enemigos. También estaremos de acuerdo en ubicar a ese enemigo dentro de uno mismo.
 
Al pensar en la literatura ninja uno podría pensar en Pierre Bordieu y la sociología como deporte de combate, o en Michel Onfray quien ha defendido una sugerencia similar para el terreno de la filosofía, en su eterno budokai contra Sartre. Nos engañaríamos. Ser escritor ninja para mí se parece más bien a ser un místico marcial en medio del caos. No se busca aportar respuestas esclarecedoras ni aparecer en programas de entrevistas sugiriendo caminos para la literatura del futuro; simplemente atestiguar desde la primera fila de la conciencia la supervivencia de ciertas formas de lo humano y la desaparición de otras. 

Queremos estar despiertos, incluso —sobre todo— en sueños. 
 
Después de todo, la condición de la literatura en nuestros días es ninja: es como ese personaje en las películas de karatecas que es despachado rápidamente por Chuck Norris o Bruce Lee; pero también, en una acepción más histórica de los ninjas, como esos sirvientes discretos en las casas del shogún, los cuales tenían acceso privilegiado a información confidencial gracias a su discreción, a que no llamaban mucho la atención. 
Podía tratarse de un jardinero, de la nodriza, del cocinero: el ninja histórico (como su contraparte femeninja, la kunoichi) basaba su efectividad en no ser descubierto.
 
El ninja era un traficante de información, un espía, un sintetizador de data y un ejecutor. Su arte era el de la espera, y su acción era impecable. Si su misión era exitosa, su identidad permanecía en secreto; si fracasaba, todos se enteraban, y el castigo sería ejemplar. A diferencia del samurái, quien estaba adscrito a un estricto código de honor y se obligaba a sí mismo a responder públicamente por su conducta —con la vida, de ser preciso—, el ninja creaba su propio contexto y sus propias reglas. Es el que realiza el trabajo menos prestigioso, el que nadie quiere hacer, el que es moralmente reprobable y que no entraña ni busca ni admite honores. Dada la variedad y sobre todo la eficacia de sus métodos, se creyó que el ninja podía caminar en el agua, hacerse invisible o volar por los aires. En realidad, el ninja es un profesional del engaño: uno que sabe convertirse en espejo, una imagen vaciada de verdad y de mentira. Uno que se conoce a sí mismo, disfrazándose de sí mismo.
 
En nuestros días, las redes sociales nos permiten representar públicamente el papel de ese ideal del yo que cada uno es hacia sí mismo. Nos disfrazamos de nosotros mismos a través de la editorialización de la vida privada en los medios públicos. Pero nadie es tan guapo como en su foto de perfil de Facebook, ni tan interesante como en su feed de Twitter: fuera del horizonte del evento representable (la foto en Instagram, el tuit, la actualización del blog) vamos perdiendo la posibilidad del testimonio, de ser sujetos capaces de hablar en nombre de sí mismos: somos el compilado, el remix, la mezcla de opiniones más o menos procesadas a las que estamos expuestos a diario.
 
Sospecho (pues la sospecha es la única forma de conocimiento en la que creo) que la literatura ninja, en lo que tiene de lúdico y de grave, no es sino un avatar de esa inmemorial tentativa por aprehender individualmente un conocimiento impersonal —de merecer, si es a lo único que tenemos derecho, una ignorancia a nuestra medida. La conciencia de Mills en este libro aparece y desaparece detrás de su discurso, que es sobre todo un testimonio de la realidad que se le presenta como escritura. Si la escritura no es ya una forma de conocimiento, sigue siendo una forma de vida. La escritura es una forma de vida que se reproduce viralmente a través de nosotros. Algún tipo de escritura será el único vestigio de que alguna vez existimos sobre el planeta, y los libros de Alan Mills y de unos pocos más serán mirados por los sobrevivientes analfabetas con la curiosidad, la indiferencia y la extrañeza con que nosotros miramos hoy los templos en ruinas dispersos e indescrifrables, medio enterrados y medio descubiertos por toda América.