10 jul. 2014

El despertar de don Alan




Por momentos quería ser un niño del espacio. Otras veces quería convertirme en la estrella de rock de una banda imaginaria, bastante famosa en una galaxia donde el sonido no existe. La música que tocaríamos sería indescriptible, pensaba, volvería locas a las niñas de la luz y de la oscuridad.

Creía ser un poeta que vive en las dimensiones desconocidas del universo literario. Imaginaba que bastaba con que se me pudiera rastrear en la virtualidad, que me buscaran por esos baldíos donde habían quedado mis petroglifos camuflados como poemas, o como pequeños posts indescifrables; hackeando estos territorios, pensé, cualquiera podría encontrarse con mi literatura: un conjunto de bitácoras ridículas, repletas todas de ridículos documentos, todos tan ridículos como las cartas de amor.

Con frecuencia me encontraba un agujero negro en mi habitación. Resbalaba, como Alicia por el túnel, hasta que aterrizaba en un país nuevo. Poco a poco iba aprendiendo el idioma, los trucos, las costumbres locales, las estrategias para enfrentarse con los obstáculos, así, hasta que caía en otro agujero: reaparecía entonces en otro país imaginario.

Una niña de la luz y de la oscuridad era quien siempre intentaba conectarme con la realidad, en ocasiones causándome grandes dolores.

Mis lectores me contemplaban siempre repitiendo mi historia  en un loop demencial, me veían caer ad aeternum por un agujero de gusano que tenía la forma de una serpiente de cenizas volcánicas. Mi vida recordaba un poco a la historia de un pequeño héroe extraterrestre, uno que habría llegado a este planeta para acompañar las hazañas del inolvidable Superzán; hablamos de un escuálido forájido que, en sus mejores momentos, podría recordarnos al mismísimo Ziggy Stardust.

El rumbo trágico se podía predecir con facilidad, muchos lo apostaban a doble o nada.

Mi historia habría llegado a un prematuro final si no hubiera sido porque Un Gran Accidente me hizo darme de bruces con la realidad. La realidad tenía la cara de un sujeto oscurecido que me hizo percibir, por fin, que durante años no había hecho otra cosa que coleccionar peligroso material simbólico. Durante años almacené sueños, imágenes y arquetipos que iba arrastrando como un animal a su madriguera. Eran los desagradables hábitos de una especie inédita de roedor. Eran las costumbres copiadas de un trujamán espectral que se siente menos que humano, o que se siente más que humano, que para el caso vendría siendo lo mismo.

No podía seguir así: decidí rehabilitarme, dar un giro radical, poner a mis instintos de supervivencia al mando. La primera acción fue eliminar un basto cúmulo de posts e imágenes que se habían sedimentado en mis redes sociales. El segundo paso fue callarme. El tercer paso fue enfrentar a las sombras, enmascaradas como personas, que me habían causado terribles daños de manera gratuita, o cruelmente ociosa.

Me sorprendió que, ejecutando una operación tan sencilla, pudiera restablecerse el imperio humano de la luz: un día me paré frente a la pantalla como un torero muerto frente a la bestia iluminada, una imagen onírica que ahora representaba claramente a su contrario: yo, Alan Mills, el simple y mortal ser humano, uno que no es mejor ni peor que nadie, había regresado del sueño. Mi enemigo oscuro había sido derrotado. El demonio negro había sido expulsado.

Me miraba las manos ardientes que temblaban. El traquetear de mis dedos me asustaba. Entendí que siempre había sido un escritor. Entendí que era un escritor incluso cuando todavía no sabía que era un escritor. Siempre quise escribir, incluso cuando no sabía escribir, e incluso cuando no sabía que se podía escribir. Escribía desde antes de saber que existía la escritura.

Al despertarme aquella mañana no podía parar de reír, tampoco de llorar. Salté desnudo a dar un paseo por el parque Rathaus. Dediqué un par de horas a tomarle fotos a los pájaros y, cuando por fin llegué a sentirme cansado de postear mis tonterías en Instagram, saqué mi computadora de la mochila y me puse a escribir mis historias a una velocidad rapídisima, trepidante, desorbitante. Estaba escribiendo a una velocidad avasalladora, mis manos parecían las patas del velocirraptor que corre detrás de los personajes prendidos de pánico.

El sol del mediodía me daba en la cara. Comencé a sentir un poco de vergüenza por estar desnudo. Respiré hondo, suspiré, hice una pequeña pausa para sacarme una selfie: en la imagen pude ver a un adulto que disfrutaba, como un niño, el callado bisbiseo de las teclas.

(Publicado originalmente en este blog en el año 2010)