10 jul. 2014

Spacechild



Por momentos he querido ser un niño del espacio, capaz de jugar en la selva e imaginarse a los animales como si fueran astros. Otras veces he querido convertirme en la estrella de rock de una banda imaginaria, aunque bastante famosa en una galaxia donde el sonido no existe. La música que tocaríamos es indescriptible, volvería locas a las niñas de la luz y de la oscuridad.

Por momentos tengo el delirio de creerme un poeta que vive en las dimensiones desconocidas del universo literario. Imagino que se me puede rastrear por la virtualidad, donde quizás han quedado grabados algunos de mis petroglifos camuflados como poemas; hackeando estos territorios también serán encontrados mis ridículas bitácoras, llenas de ridículos documentos, tan ridículos como las cartas de amor.

A veces me pasa que me encuentro un agujero negro en mi habitación. Entonces me caigo, voy a dar a un país nuevo. Aprendo el idioma y las costumbres locales, hasta que caigo en un nuevo agujero. Reaparezco así en otro país imaginario.

Una niña de la luz y de la oscuridad es la que siempre me conecta con la realidad, a veces causándome grandes dolores. Es por eso que sigo viajando y cayéndome como si un agujero de gusano fuese lo mismo que un tobogán o una serpiente de humo y cenizas expulsadas por el Eyjafjalla.

Mi vida se parece un poquito a la historia de cierto muchacho extraterrestre que llegó a este planeta para acompañar las hazañas de Superzán o del Astro de Oro. O para acompañarse de algún otro astro expulsado de esa lucha diaria que libramos todos, muchas veces sin tocarnos, cuerpo a cuerpo.

(Publicado originalmente en este blog en el año 2010)