20 ago. 2014

Apuntes / 10


A lo largo del último período me he visto sumergido en un conflicto interesante: el escaso tiempo que tengo disponible para la escritura creativa se lo disputan dos estilos muy distintos de concebir la poesía. Son, por lo menos, dos estilos que siento muy míos y que por momentos alcanzan una tregua, se estrechan la mano, se saludan, se besan, se entremezclan, cualquiera diría que están locos por entregarse a una orgía literaria que podría engendrar endemoniados frutos.

¿Se tratará de una confrontación que busca orientarme hacia la necesaria hecatombe --iba a decir “eclosión” pero me arrepentí a último segundo-- de eso que hasta ahora entendí como "poesía"?

La solución puede ser que lo que venía escribiendo estos últimos cinco años, con un estilo que se pretende unitario, termine por encallar en un libro más bien corto, unos 30 poemas guarecidos bajo el título de La creación del Lector. Hablo aquí de un estilo que aspira a cierta claridad, en donde los enrevesamientos son apenas una señal de alerta sobre la fragilidad del lenguaje.

Lo otro, lo que viene del fondo de la locura, parece ir ganando terreno en estos momentos. Puede ser una falsa alarma, nunca se sabe a ciencia cierta, sin embargo se le siente con fuerza, exige que se aproveche su momentum, me pide que no lo deje escapar, me exige que se le abra un espacio tan abrasivo como imaginario, que se le reconozca su empuje descoyuntado, hablo de un estilo que pareciera darse a la fuga nomás para mostrarme que la iluminación de toda poesía proviene de su sombra prendida de fuegos artificiales.

Pero existe una tercera vía, claro está, la opción de mezclarlo todo como en un tubo de ensayo para ver qué es lo que pasa. He llegado a pensar que quizás un estilo no necesita abolir al otro, no lo sé, a lo mejor lo que se necesita es que de un conflicto surja siempre algo ulterior que venga a superar a esas dos fuerzas que en su necedad ansiaron chocar.
  
Ya veremos.