20 ago. 2014

Autobiografía spooky / Apuntes 11




¿No es, en realidad, increíble que un solo nombre contenga todo esto?
Karl Ove Knausgaard


 


Existe la posibilidad de que el autor de este blog no exista. Es una posibilidad mínima, de acuerdo, apenas imaginable o apenas posible de concebir en el mismo instante en que escribo estas líneas y veo pasar al gato atigrado del vecino estremeciéndose entre las flores púrpuras del balcón.
Admiro esa soltura felina frente al sol medio encendido, mientras me debato entre salir ahora mismo a comprarme un par de croissants en la repostería de Kottbusserdamm o mejor dejar este pequeño acto cotidiano para un poco más tarde, puesto que, si vamos a ser sinceros, todavía no me apalea tanto el hambre. La tripa reposa en un charco de silencio prístino.
Supongo que antes de entrar en honduras ontológicas debería espabilarme con un primer café y, sin embargo, desde ya siento la intensísima urgencia de aceptar que existe la posibilidad de que el autor de este texto sea solamente una especie de aparecido verbal, el döppelgänger de un personaje tras el eco de alguna ficción desconocida, o un simple forajido inmaterial que se desplaza como un pequeño tigre imaginario a lo largo de ese entramado de dolor y deseo y croissants de chocolate que conocemos como “la realidad”, “el mundo real”, o “el martes por la mañana”.
Lo que quiero decir es que si bien todo indica que quien firma es el mismo que luego aparecerá como autor de estos apuntes, también existe la posibilidad de que el nombre del autor no sea más que una señal aleatoria establecida por algún espectral ejecutor de un determinado algoritmo literario que llueve sobre nosotros desde alguna distante nube metafísica. Los lectores –hermosos mercenarios llenos de fe– son capaces de cualquier cosa con tal de no dejar en la orfandad a un amasijo de palabras caídas del cielo.
Existe entonces la posibilidad de que el impenitente firmante de (R)Evolver ese delirante cazador del animal que no se deja ver sea yo mismo, o cuando menos ese risueño simio de rulos que me refleja cuando apago la computadora. No podría negar esta palpable realidad sin ruborizarme un poco.
Pero más allá del personaje que se me presenta siempre que me peino frente al espejo, insistamos por un momento en que también existe la posibilidad de que el autor sea una entidad espectral absolutamente inexpugnable y poderosa que desde hace tiempo me vigila, me acosa y me hace sufrir por pura diversión. Una sombra que tiene su propia agenda maléfica. Un espíritu chocarrero que juega a control remoto con mi destino para pasársela bomba en algún resort astral de cinco estrellas. El mero mero Enemigo Invisible que todos llevamos dentro. Enter Sandman. El döppelgänger de tu alter ego. El espectral Hamlet que engendrara al trágico príncipe también llamado Hamlet. El barthesiano fantasma que conspira sin descanso para que por fin escriba mis libros, o para ayudarme a teclear una pequeña pero llamativa colección de apuntes.
Presentando así esta movida, pareciera que hablo de una ilógica o absurda secuencia de posibilidades metafísicas, una mera especulación sin norte ni horizonte. Y es que si nos ponemos a hilar fino con este jueguito, incluso existe la posibilidad de que este blog no exista. Es una posibilidad mínima, infinitesimalmente pequeña, virtualmente inexistente, dirán –no sin razón– los que ahora mismo terminan de leer esta línea.
A todo este güiri güiri ontológico deberíamos agregarle que cualquier posibilidad no es nada más, pero tampoco nada menos, que una imposibilidad pensada o leída: el gato de Schrödinger convertido en una micro-fiera virtual, el atigrado gato del vecino relampagueando en el encierro del texto o en la pantalla simulada de la mente.
Leamos: todas las posibilidades de la trama pestañean frente al espejo de una página en blanco.