25 ago. 2014

Apuntes / 12

Recordemos por un momento el Mundial de Brasil 2014:

El equipo de Brasil, sin venir jugando muy bien, se siente poderoso porque está en casa, porque tiene la tradición más sólida, porque de algún modo sabe, o quizás apenas cree, que la máxima autoridad, la FIFA, le tendría que favorecer siempre y en cualquier circunstancia.

Entonces Brasil se lanza, lujo de fuerza bruta mediante, contra el actor emergente, la deleitable aunque todavía inexperta Colombia, hasta molerla a palos y sacarla de combate. No quieren ver que otros bailan salsa cuando ellos no consiguen bailar sus mejores sambas.

En esta ruta, ya como un primer anuncio de que se está yendo contra el flujo natural de las cosas, el equipo de Brasil pierde a su niño genio, a la joya de la corona, al estandarte de lo renovador instalado en su estructura anquilosada: el angélico y brillante Neymar. Por su parte, el joven estandarte colombiano del nuevo futbol, James, sale de la cancha humillado aunque moralmente entero, pues en sus ojos es visible desde ya la aparición, no del todo inesperada, de ese insecto llamado “Esperanza”.

Lo que viene después de la camorra contra Colombia, lo sabemos muy bien, será la reacción del propio sistema, en este caso el futbol como práctica deportiva o como juego: Alemania, un viejo actor, tan fuerte como Brasil pero al mismo tiempo tan renovador y deleitable como la desamparada Colombia, llega para poner la situación en orden y conciliar el equilibrio: es así que le propinan al bravucón dueño de casa un brutal 7 a 1 que nadie se esperaba y que, por raro que pueda parecer, ningún verdadero amante del futbol disfrutó.

Moraleja: tal parece que, en momentos de cambios y de reajustes, solamente conservan o hacen aumentar su influencia quienes acompañan –o los que moldean– las nuevas formas, los que se atreven incluso a desafiar la propia tradición, los que permiten el libre juego entre nuevos y viejos actores, los que saben anteponer a sus caprichos el bienestar mismo de una pasión que no sólo se construye, sino que también se disfruta, de manera colectiva.

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