26 ago. 2014

Apuntes / 13

 

Si se fijan bien, ahora mismo caminamos por adentro del libro.

Me acompañan por esta ruta los lectores materializados como la sombra de cada uno de mis movimientos: son los cazadores de estos textos desperdigados como puntos en el mapa de su propio abismo. De apunte en apunte se van encadenando esas migajas de Hänsel y Gretel que nos guían hacia un bosque textual en donde nos encontraremos a una personita bastante extraña que nos cuenta una historia absolutamente inverosímil.

Como mi imaginación es eminentemente literaria --pues carezco de cualquier curiosidad por la "vida real" de cualquier persona--, he necesitado de la ayuda de unos duendecillos traviesos que se imaginan mi vida por mí. Primero se lo inventan, después averiguan y, al final --cuando las circunstancias son propicias-- me lo informan.

Juran que fue así como me convertí en la leyenda urbana de la leyenda urbana que, hasta cierto punto, no sabía que era una leyenda urbana.

Llegada la hora de terminar nuestros largos paseos --bajo el cielo mortecino de algunos atarcederes legendarios-- me da por acampar en el bosque para escuchar a los benditos duendes. Primero los hago sentir como en casa --les sirvo un Flor de Caña o un Zacapa-- y luego, como quien no quiere la cosa, les reviro alguna gema de mi colección de leyendas urbanas. En cuanto se da la oportunidad, les anuncio que escribimos para transformarnos en los demiurgos de las más obscenas mitologías desaparecidas. Más tarde, en algún punto álgido de la noche, les indico que escribimos porque somos las ruinas de lo que nunca seremos. Por lo general acabo gritándoles que escribimos para dejar un registro de lo que nos cuentan los duendes que consiguieron entrar a nuestra casa de campaña en el bosque.

Pues si nos fijamos bien, seguimos metidos en un vaporoso ensueño escrito. Esparcimos estos apuntes por las redes sociales porque desearíamos dejar un rastro para que cierta personita pueda encontrarse por fin con ese texto guarecido como un monstruo debajo de su cama. Dejamos detrás de nosotros un caminito de migajas para atraer a las ovejas negras disfrazadas de lectores feroces: esos sacrificados habitantes --los chivos expiatorios, los corderitos pascuales-- del reverso de nuestra pesadilla.