14 ago. 2014

Apuntes / 2


Los nuevos soportes técnicos influyen de un modo decisivo en la configuración de lo que podría llegar a ser un renovado panorama de estilos literarios, o de lo que podría leerse como un escenario de escrituras que alcanzan a contemplar el proceso de su propia creación en tiempo real.

Disciplinar una escritura sigue siendo una tentación para muchos, quizás porque de este modo se buscaría el inconfesable deseo de arraigar una autoría inconfiscable, díscola, libérrima. El asunto, queridos amigos, es que la literatura siempre nos ha demostrado, de mil y una formas, no solamente que tal disciplinamiento es baladí, inútil, o a veces francamente ocioso, sino que además la escritura siempre va a encontrar un resquicio por donde escaparse: la liebre negra del texto inmanente –que desconoce su propia naturaleza o género mientras es escrito– a menudo descubre por dónde re-aparecer o explayarse, incluso cuando para hacerlo necesite cavar túneles entre lo considerado real y lo imaginario. Todo esto resulta evidente cuando pensamos en una escritura que usa las plataformas virtuales como espacio de experimentación pública (y lúdica), o que establece ahí mismo un campamento de ejercicios para un aprendizaje abierto que, además, se pretende conectado al corazón, o a la mente de los lectores.

No hay misterio alguno en la libertad de la escritura. El único misterio radica en entender de dónde surge la irremediable astucia de una escritura que sabe escaparse de todos sus depredadores, sean estos reales o virtuales.