14 ago. 2014

Apuntes / 3



A veces no sé por dónde comenzar. Veo las historias suspendidas en una telaraña simbólica que pareciera ser mi propio cerebro encendido como supercarretera, o como un animal de tentáculos luminiscentes. ¿Una historia es el montaje creado a partir de un corte en esa red? ¿Es una muestra de tejido para ser analizado en el laboratorio de la visión?

¿Es una muestra del espacio perdido entre un punto A y un punto B? ¿Un corte de cualquier punto entre A y B?

No sé nada de física cuántica pero sí sé que las historias se encuentran en ese nebuloso lugar que resulta imposible de determinar a simple vista, puesto que es imposible de calcular sin alterar su ubicación con la fuerza de nuestra mirada.

Escribir es como meter las manos al fango donde flotan las historias. Sacar un conejo negro del fango y verlo saltar dejando letras que funcionarán como el rastro que nos guiará desde la primera página hasta la última. O de la última página a la primera. Da igual.

Escribir es perseguir al conejo negro para que salte horrorizado, para que se escape de nuestra mente enmarañada y se vaya a buscar resguardo entre las pastas de un libro. La historia del conejo traicionada por nuestra vulgar costumbre de contar las desgracias propias y ajenas: esa es una forma de escribir, una más entre las millones de formas posibles que se pueden encontrar entre un punto A y un punto B.