16 ago. 2014

Apuntes / 5


No es uno el que cambia, son los libros. El organismo de los libros está en permanente mudanza, ebullición, se transforma como cualquier materia viviente. Basta abrir cualquier libro de par en par, diseccionarlo como a una rana auténtica para descubrirlo.

Pienso estas cosas después de haber releído un libro que odié hace cuatro años, pero que ahora me apasiona como si fuera la experiencia de un verdadero paradiso en la tierra.

Revelaría el nombre de este libro si no fuera todavía más placentero saber que se trata de un descubrimiento secreto: un libro que odié por las mismas razones que ahora me hacen amarlo, se merece todos los cuidados, toda la mesura.

Un día de estos también hablaré sobre el tema de las lecturas secretas. Me gustaría hablar del derecho a mantener ciertas lecturas bajo reserva por un tiempo indefinido. Ningún libro debe ser comentado ni criticado por obligación, no existe tal requisito, a no ser en las mentes delirantes de las nuevas inquisiciones literarias al uso. Todos tenemos derecho a leer, del mismo modo que tenemos derecho a no leer. Se tiene el derecho a comentar o a criticar, del mismo modo que existe el derecho a ignorar una obra. Para los críticos existe el derecho, inclusive, a desmotivar la lectura de una obra o de un autor, siempre y cuando, claro está, las estrategias para conseguirlo se encuadren dentro de los límites que contemplan las diversas legislaciones nacionales e internacionales.

Por más garitas de control que intenten instalarle por ahí, la lectura seguirá siendo siempre el espacio de la libertad total.