18 ago. 2014

Apuntes / 7


Cada proyecto de escritura es un proyecto de vida. Si no se le encara de este modo, no hay forma de ganar la energía para sobrellevarlo.
Por un lado sentimos la urgencia de plasmar el registro de un determinado estado de ese universo que fluctúa incesante al interior de la mente. Emociona porque se trata de una energía vital que está relacionada con la aventura. Por otro lado está el resorte de la paciencia que la poesía nos ha enseñado: saber esperar, saber aguantar como Li Po hasta el momento justo en que irrumpe la revelación de una figura esencial. Examinada así, es verdad que la escritura se parece un poco al vaivén de la vida, entre la inmadurez tan sabrosa y la sabiduría tan rica.
De lo que hasta aquí he aprendido, puedo decir que lo mejor es no publicar nada, salvo en caso de necesidad extrema. Nadie necesita nuevos libros, hay suficientes en circulación. He visto a las mejores mentes de varias generaciones destruidas por haber publicado un libro malo. Ojo que no los destruye el hecho de que el libro sea malo, sino la incapacidad de aceptarlo.
La paciencia, la calma, la voluntad de aprender ejercitando el examen de los propios yerros, son los mejores consejeros para las manos que desean emprender de manera autónoma la aventura de llenar la página. Más vale conseguir un pequeño poema perdurable que dispararse una mala novela que no se la mama ni el más piadoso. O por lo menos eso es lo que pienso un lunes por la mañana, mientras me froto los dedos para agarrar el manubrio de la bicicleta.