La lectura es un debate con
nuestras (potenciales) personalidades alternas. O con las personas que
podríamos haber sido en otras circunstancias, o en otros tiempos, o en otros
mundos. O con los escritores que podríamos haber sido, si escribiéramos de otra manera.
Pero la lectura también es un
debate que se abre, o se cierra, según nos va con el libro: todo un universo
inicia o se acaba gracias a la voluntad de nuestros ojos y de nuestras manos.
Siempre he creído que buena parte
de nuestros problemas de convivencia responde a problemas de lectura: aversión
a lo complejo, literalidad, intenciones inconfesables, miedo a lo distinto,
etc. Las formas de leer son formas de vivir. Y también son formas de poder.
Formas de construir, destruir, deconstruir.
Cada lectura es un universo posible formado con el material básico de un libro. Cada lectura implica una visión y una (de)construcción de los universos que esconde un libro. La lectura construye la mirada del personaje que lee –o que es tragado por– un agujero negro aparecido en el universo paralelo que le brotó, al mismo personaje lector, de las trémulas manos.