27 ago. 2014

Apuntes / 14


En la poesía, como en la vida, el berrinche sirve de poco. Un poema intrascendente no se borra con pataleos, apenas encontrará atenuantes si nos conduce hacia el buen poema, porque, bien mirado, un intento lírico fallido así podría servirnos para mostrar el camino recorrido por una forma poética posible –sea clásica o de vanguardia– hasta que consiguió cristalizarse.

Cuando alguien pergeña libros de poesía con insistencia pero sin conseguir que le llamen "poeta", más le valdrá poner atención. Por más berrinches, pataleos, alardes de autoridad o de violencia verbal que ejecute, el poeta jamás conseguirá que el buen poema surja de la nada, mucho menos como consecuencia de su maestría en otras artes.

El buen poema es un territorio inviolable, por más que algunos norteados intenten acorrarlarlo, siempre resistirá. Patada, pujido, alegato, manada o arrebato, todo será inútil. Es por eso que el valor de un buen poema resulta tan alto, a pesar de su aparente fragilidad.

26 ago. 2014

Apuntes / 13

 

Si se fijan bien, ahora mismo caminamos adentro del libro.

Me acompañan por esta ruta los lectores materializados como la sombra de cada uno de mis movimientos: son los cazadores de estos textos desperdigados como puntos en el mapa de su propio abismo. De apunte en apunte se van encadenando esas migajas de Hänsel y Gretel que nos guían hacia un bosque textual en donde nos encontraremos a una personita bastante extraña que nos cuenta una historia absolutamente inverosímil.

Como mi imaginación es eminentemente literaria --pues carezco de cualquier curiosidad por la "vida real" de cualquier persona--, he necesitado de la ayuda de unos duendecillos traviesos que se imaginan mi vida por mí. Primero se lo inventan, después averiguan y, al final --cuando las circunstancias son propicias-- me lo informan.

Juran que fue así como me convertí en la leyenda urbana de la leyenda urbana que, hasta cierto punto, no sabía que era una leyenda urbana.

Durante algunos atarcederes legendarios, al terminar nuestros largos paseos, me da por acampar en el bosque para escuchar a los benditos duendes. Primero los hago sentir como en casa --les sirvo un Flor de Caña o un Zacapa-- y luego, como quien no quiere la cosa, les reviro alguna gema de mi colección de leyendas urbanas. En cuanto se da la oportunidad, les digo que escribimos para transformarnos en los demiurgos de las más obscenas mitologías desaparecidas. Les confieso que escribimos porque somos las ruinas de lo que nunca seremos. Termino gritándoles que escribimos para dejar un registro de lo que nos cuentan los duendes que consiguieron entrar a nuestra casa en el bosque.

Porque si nos fijamos bien, seguimos caminando por adentro de un vaporoso ensueño escrito. Continuamos esparciendo estos apuntes por las redes sociales porque desearíamos dejar un rastro para que alguien pueda encontrarse por fin con ese texto guarecido como un monstruo debajo de su cama. Esparcimos un caminito de migajas para atraer a las ovejas negras disfrazadas de lectores feroces: esos sacrificados habitantes --los chivos expiatorios-- del reverso de la pesadilla.

25 ago. 2014

Apuntes / 12

Recordemos por un momento el Mundial de Brasil 2014:

El equipo de Brasil, sin venir jugando muy bien, se siente poderoso porque está en casa, porque tiene la tradición más sólida, porque de algún modo sabe, o quizás apenas cree, que la máxima autoridad, la FIFA, le tendría que favorecer siempre y en cualquier circunstancia.

Entonces Brasil se lanza, lujo de fuerza bruta mediante, contra el actor emergente, la deleitable aunque todavía inexperta Colombia, hasta molerla a palos y sacarla de combate. No quieren ver que otros bailan salsa cuando ellos no consiguen bailar sus mejores sambas.

En esta ruta, ya como un primer anuncio de que se está yendo contra el flujo natural de las cosas, el equipo de Brasil pierde a su niño genio, a la joya de la corona, al estandarte de lo renovador instalado en su estructura anquilosada: el angélico y brillante Neymar. Por su parte, el joven estandarte colombiano del nuevo futbol, James, sale de la cancha humillado aunque moralmente entero, pues en sus ojos es visible desde ya la aparición, no del todo inesperada, de ese insecto llamado “Esperanza”.

Lo que viene después de la camorra contra Colombia, lo sabemos muy bien, será la reacción del propio sistema, en este caso el futbol como práctica deportiva o como juego: Alemania, un viejo actor, tan fuerte como Brasil pero al mismo tiempo tan renovador y deleitable como la desamparada Colombia, llega para poner la situación en orden y conciliar el equilibrio: es así que le propinan al bravucón dueño de casa un brutal 7 a 1 que nadie se esperaba y que, por raro que pueda parecer, ningún verdadero amante del futbol disfrutó.

Moraleja: tal parece que, en momentos de cambios y de reajustes, solamente conservan o hacen aumentar su influencia quienes acompañan –o los que moldean– las nuevas formas, los que se atreven incluso a desafiar la propia tradición, los que permiten el libre juego entre nuevos y viejos actores, los que saben anteponer a sus caprichos el bienestar mismo de una pasión que no sólo se construye, sino que también se disfruta, de manera colectiva.

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Siempre me ha gustado esta tira de Calvin & Hobbes, dale clic:

http://d.pr/i/GWRG

22 ago. 2014

Pequeñas propuestas para el nuevo milenio

Que cada quien forme su banda de rock imaginaria.

Que los iluminados paguen el recibo de la luz.

Que cada quien se haga cargo de sus lecturas.

Que cada quien se responsabilice de sus propios sueños.

Que cada quien se haga cargo de su fantasía y de su delirio.

Que cada quien escoja el animal en el que desea transformarse (o transmogrificarse).

Que cada quien escoja la teleserie que nunca verá.

Que cada quien diseñe el playlist de sus viajes.

Que cada quien escriba sus apuntes en donde más le guste.

Que cada quien se responsabilice de sus alegres interpretaciones.


20 ago. 2014

Autobiografía spooky / Apuntes 11




¿No es, en realidad, increíble que un solo nombre contenga todo esto?
Karl Ove Knausgaard


 


Existe la posibilidad de que el autor de este blog no exista. Es una posibilidad mínima, de acuerdo, apenas imaginable o apenas posible de concebir en el mismo instante en que escribo estas líneas y veo pasar al gato atigrado del vecino estremeciéndose entre las flores púrpuras del balcón.
Admiro esa soltura felina frente al sol medio encendido, mientras me debato entre salir ahora mismo a comprarme un par de croissants en la repostería de Kottbusserdamm o mejor dejar este pequeño acto cotidiano para un poco más tarde, puesto que, si vamos a ser sinceros, todavía no me apalea tanto el hambre. La tripa reposa en un charco de silencio prístino.
Supongo que antes de entrar en honduras ontológicas debería espabilarme con un primer café y, sin embargo, desde ya siento la intensísima urgencia de aceptar que existe la posibilidad de que el autor de este texto sea solamente una especie de aparecido verbal, el döppelgänger de un personaje tras el eco de alguna ficción desconocida, o un simple forajido inmaterial que se desplaza como un pequeño tigre imaginario a lo largo de ese entramado de dolor y deseo y croissants de chocolate que conocemos como “la realidad”, “el mundo real”, o “el martes por la mañana”.
Lo que quiero decir es que si bien todo indica que quien firma es el mismo que luego aparecerá como autor de estos apuntes, también existe la posibilidad de que el nombre del autor no sea más que una señal aleatoria establecida por algún espectral ejecutor de un determinado algoritmo literario que llueve sobre nosotros desde alguna distante nube metafísica. Los lectores –hermosos mercenarios llenos de fe– son capaces de cualquier cosa con tal de no dejar en la orfandad a un amasijo de palabras caídas del cielo.
Existe entonces la posibilidad de que el impenitente firmante de (R)Evolver ese delirante cazador del animal que no se deja ver sea yo mismo, o cuando menos ese risueño simio de rulos que me refleja cuando apago la computadora. No podría negar esta palpable realidad sin ruborizarme un poco.
Pero más allá del personaje que se me presenta siempre que me peino frente al espejo, insistamos por un momento en que también existe la posibilidad de que el autor sea una entidad espectral absolutamente inexpugnable y poderosa que desde hace tiempo me vigila, me acosa y me hace sufrir por pura diversión. Una sombra que tiene su propia agenda maléfica. Un espíritu chocarrero que juega a control remoto con mi destino para pasársela bomba en algún resort astral de cinco estrellas. El mero mero Enemigo Invisible que todos llevamos dentro. Enter Sandman. El döppelgänger de tu alter ego. El espectral Hamlet que engendrara al trágico príncipe también llamado Hamlet. El barthesiano fantasma que conspira sin descanso para que por fin escriba mis libros, o para ayudarme a teclear una pequeña pero llamativa colección de apuntes.
Presentando así esta movida, pareciera que hablo de una ilógica o absurda secuencia de posibilidades metafísicas, una mera especulación sin norte ni horizonte. Y es que si nos ponemos a hilar fino con este jueguito, incluso existe la posibilidad de que este blog no exista. Es una posibilidad mínima, infinitesimalmente pequeña, virtualmente inexistente, dirán –no sin razón– los que ahora mismo terminan de leer esta línea.
A todo este güiri güiri ontológico deberíamos agregarle que cualquier posibilidad no es nada más, pero tampoco nada menos, que una imposibilidad pensada o leída: el gato de Schrödinger convertido en una micro-fiera virtual, el atigrado gato del vecino relampagueando en el encierro del texto o en la pantalla simulada de la mente.
Leamos: todas las posibilidades de la trama pestañean frente al espejo de una página en blanco.

Apuntes / 10


A lo largo del último período me he visto sumergido en un conflicto interesante: el escaso tiempo que tengo disponible para la escritura creativa se lo disputan dos estilos muy distintos de concebir la poesía. Son, por lo menos, dos estilos que siento muy míos y que por momentos alcanzan una tregua, se estrechan la mano, se saludan, se besan, se entremezclan, cualquiera diría que están locos por entregarse a una orgía literaria que podría engendrar endemoniados frutos.

¿Se tratará de una confrontación que busca orientarme hacia la necesaria hecatombe --iba a decir “eclosión” pero me arrepentí a último segundo-- de eso que hasta ahora entendí como "poesía"?



(Implementos prestados por un escritor amigo)


La solución puede ser que lo que venía escribiendo estos últimos cinco años, con un estilo que se pretende unitario, termine por encallar en un libro más bien corto, unos 30 poemas guarecidos bajo el título de La creación del Lector. Hablo aquí de un estilo que aspira a cierta claridad, en donde los enrevesamientos son apenas una señal de alerta sobre la fragilidad del lenguaje.

Lo otro, lo que viene del fondo de la locura, parece ir ganando terreno en estos momentos. Puede ser una falsa alarma, nunca se sabe a ciencia cierta, sin embargo se le siente con fuerza, exige que se aproveche su momentum, me pide que no lo deje escapar, me exige que se le abra un espacio tan abrasivo como imaginario, que se le reconozca su empuje descoyuntado, hablo de un estilo que pareciera darse a la fuga nomás para mostrarme que la iluminación de toda poesía proviene de su sombra prendida de fuegos artificiales.

Pero existe una tercera vía, claro está, la opción de mezclarlo todo como en un tubo de ensayo para ver qué es lo que pasa. He llegado a pensar que quizás un estilo no necesita abolir al otro, no lo sé, a lo mejor lo que se necesita es que de un conflicto surja siempre algo ulterior que venga a superar a esas dos fuerzas que en su necedad ansiaron chocar.
  
Ya veremos.

19 ago. 2014

Apuntes / 9


He retomado mi libro de poemas, hasta el momento tengo 15 corregidos. Todos estos poemas nuevos, o la mayoría, no recuerdo bien, los incluí en una selección titulada Pasan poesía en la televisión apagada que presenta otros 20 poemas viejos –los más aceptables que he escrito, podría decirse–, publicada el año pasado en Ecuador

Todavía no sé si el nombre de este libro será Pastillas para el lector o si usaré una variación del título de la antología recién editada, por ejemplo, Pasan poesía en un cine incendiado. Ya veremos.

Lo que siempre supe es que estaba mintiendo cuando dije “He aprendido a escribir poemas”. Uno nunca aprende, los poemas lo agarran a uno en curva, se escriben solos o apenas muestran un aspecto de la sombra del lenguaje o se mueren soñando que son la luz.  

Ahora trabajo en este poema. Creo que lo he ido mejorando un poco:


Libélulas

He visto el esqueleto de mi alma,
y no he tenido miedo.
María Bautista 


Jamás dejaré de ser lo que nunca he sido,
Es mejor quedar vacío como un poste de luz,
Ya sé que está apagado, por eso mi cabeza
Se parece a una bombilla rota vuelta lumbre,
Mírame, no puedo ser lo que ves que no soy,
Mis ojos resplandecen en tus ojos (un deseo,
Una oscuridad muy parecida a los colores),
Y es como irse creando con el movimiento
De tus párpados sacudidos como libélulas
Que se mueren en otra vida, en otro mundo, 
En otro sueño donde me dejas de soñar,
En una desviación silenciosa de la realidad,
En cualquier espacio iluminado por tu voz.


18 ago. 2014

Apuntes / 8


Cada proyecto de escritura es un proyecto de vida. Si no se le encara de este modo, no hay forma de ganar la energía para sobrellevarlo.
Por un lado sentimos la urgencia de plasmar el registro de un determinado estado de ese universo que fluctúa incesante al interior de la mente. Emociona porque se trata de una energía vital que está relacionada con la aventura. Por otro lado está el resorte de la paciencia que la poesía nos ha enseñado: saber esperar, saber aguantar como Li Po hasta el momento justo en que irrumpe la revelación de una figura esencial. Examinada así, es verdad que la escritura se parece un poco al vaivén de la vida, entre la inmadurez tan sabrosa y la sabiduría tan rica.
De lo que hasta aquí he aprendido, puedo decir que lo mejor es no publicar nada, salvo en caso de necesidad extrema. Nadie necesita nuevos libros, hay suficientes en circulación. He visto a las mejores mentes de varias generaciones destruidas por haber publicado un libro malo. Ojo que no los destruye el hecho de que el libro sea malo, sino la incapacidad de aceptarlo.
La paciencia, la calma, la voluntad de aprender ejercitando el examen de los propios yerros, son los mejores consejeros para las manos que desean emprender de manera autónoma la aventura de llenar la página. Más vale conseguir un pequeño poema perdurable que dispararse una mala novela que no se la mama ni el más piadoso. O por lo menos eso es lo que pienso un lunes por la mañana, mientras me froto los dedos para agarrar el manubrio de la bicicleta.

17 ago. 2014

Apuntes / 7

El año pasado se publicó en México La mosca en el canon, un libro de ensayos sobre Augusto Monterroso.

Apuntes / 6



No sé a quiénes les podrían interesar estos apuntes. He ahí un verdadero misterio.

No sé a quién le puede interesar lo que apunta alguien que le apunta a entrenar las manos que más tarde usará para escribir. Porque tampoco creo que los apuntes sean la escritura en sí misma, sino más bien lo que está antes de la escritura. O lo que está después de la escritura que permanece invisible, me refiero a esa jungla imaginaria que todavía no consiguió instalar su desmesura entre las cálidas pastas de un libro.

Siempre ha sido un misterio para mí que exista alguien interesado en lo que uno escribe. Si lo piensan bien, es algo mágico, aunque de cierto modo también es un asunto un tanto absurdo. Resulta ocioso querer averiguarlo, sin embargo en estos tiempos ya no se sabe si te leen por placer o porque el chip del Big Brother les ha quedado finamente instalado en la psique.

La curiosidad mató al gato, es verdad, mas no hay que olvidar que todo gato que se precie tiene siete vidas. Incluso el gato de Schrödinger tiene por lo menos siete maneras de relampaguear entre la lectura y la no lectura. Digámoslo así.

Lo anterior me lleva directamente al siguiente apunte: el número 7.

16 ago. 2014

Apuntes / 5


No es uno el que cambia, son los libros. El organismo de los libros está en permanente mudanza, ebullición, se transforma como cualquier materia viviente. Basta abrir cualquier libro de par en par, diseccionarlo como a una rana auténtica para descubrirlo.

Pienso estas cosas después de haber releído un libro que odié hace cuatro años, pero que ahora me apasiona como si fuera la experiencia de un verdadero paradiso en la tierra.

Revelaría el nombre de este libro si no fuera todavía más placentero saber que se trata de un descubrimiento secreto: un libro que odié por las mismas razones que ahora me hacen amarlo, se merece todos los cuidados, toda la mesura.

Un día de estos también hablaré sobre el tema de las lecturas secretas. Me gustaría hablar del derecho a mantener ciertas lecturas bajo reserva por un tiempo indefinido. Ningún libro debe ser comentado ni criticado por obligación, no existe tal requisito, a no ser en las mentes delirantes de las nuevas inquisiciones literarias al uso. Todos tenemos derecho a leer, del mismo modo que tenemos derecho a no leer. Se tiene el derecho a comentar o a criticar, del mismo modo que existe el derecho a ignorar una obra. Para los críticos existe el derecho, inclusive, a desmotivar la lectura de una obra o de un autor, siempre y cuando, claro está, las estrategias para conseguirlo se encuadren dentro de los límites que contemplan las diversas legislaciones nacionales e internacionales.

Por más garitas de control que intenten instalarle por ahí, la lectura seguirá siendo siempre el espacio de la libertad total.


15 ago. 2014

Apuntes / 4


Decidí cerrar este blog con una última serie de apuntes. Finalmente decidí darle a esta bitácora –porque las cosas, por muy virtuales que sean, también tienen deseos– lo que siempre me pidió y no le había querido o no le había podido dar.

Un último racimo de notas banales para dejar las manos calientes. Un último vistazo a lo que construí como el escaparate para la figura de un elusivo autor.

Seguiré escribiendo en los formatos análogos, es decir, en la inveterada hoja de papel, como un deber marcial frente a la comandancia de la página en blanco.

Por alguna razón un tanto arcana, durante un tiempo sentí que necesitaba someter este entrenamiento  a la supervisión de los lectores que van por ahí como náufragos, o como piratas ciberespaciales del deseo de escribir. Ahora, en cambio, siento que si dedico mi tiempo a mostrarles todas mis anotaciones sin importancia, podría dejar petrificadas las nuevas manos que me han nacido para escribir los libros que antes perdí, o que se quedaron flotando en el mar desolado del ciberespacio. 

Seré el traficante invisible de mi propia escritura. Ejecutaré el trasiego fantasmal de mis palabras, ahora transcritas por el personaje que se apropió de mis viejas manos para hacer una fogata, sí, ese mismo personaje incendiario que escribe mi autobiografía en algún universo paralelo.

Se ha terminado el suministro virtual para esta bitácora. Las hojas de papel de todos mis cuadernos de apuntes celebrarán pronto mi retorno, desde ya alcanzo a escuchar los vítores de los dioses análogos. Como dijo cierto personaje, al calor de los tragos, en El Señor Presidente: "la que es puta, vuelve". Y con diente de oro, habría que agregar.

14 ago. 2014

Apuntes / 3



A la caza del conejo negro

A veces no sé por dónde comenzar. Veo las historias suspendidas en una telaraña simbólica que pareciera ser mi propio cerebro encendido como supercarretera, o como un animal de tentáculos luminiscentes. ¿Una historia es el montaje creado a partir de un corte en esa red? ¿Es una muestra de tejido para ser analizado en el laboratorio de la visión?

¿Es una muestra del espacio perdido entre un punto A y un punto B? ¿Un corte de cualquier punto entre A y B?

No sé nada de física cuántica pero sí sé que las historias se encuentran en ese nebuloso lugar que resulta imposible de determinar a simple vista, puesto que es imposible de calcular sin alterar su ubicación con la fuerza de nuestra mirada.

Escribir es como meter las manos al fango donde flotan las historias. Sacar un conejo negro del fango y verlo saltar dejando letras que funcionarán como el rastro que nos guiará desde la primera página hasta la última. O de la última página a la primera. Da igual.

Escribir es perseguir al conejo negro para que salte horrorizado, para que se escape de nuestra mente enmarañada y se vaya a buscar resguardo entre las pastas de un libro. La historia del conejo traicionada por nuestra vulgar costumbre de contar las desgracias propias y ajenas: esa es una forma de escribir, una más entre las millones de formas posibles que se pueden encontrar entre un punto A y un punto B.

Apuntes / 2


He encontrado este interesante post sobre los géneros híbridos leídos como "géneros menores": http://devivosyvinos.tumblr.com/post/15498415515/asuntitos-menores, y me asalta la alegre sensación de que todavía queda mucho por discurrir, por discutir, por debatir respecto a los mentados géneros menores, sobre todo en este momento en que los nuevos soportes técnicos influyen de un modo tan decisivo en la configuración de lo que podría llegar a ser un renovado panorama de estilos literarios, o de lo que podría leerse como un escenario de escrituras que alcanzan a contemplar el proceso de su propia creación en tiempo real.

Disciplinar una escritura sigue siendo una tentación para muchos, quizás porque de este modo se buscaría el inconfesable deseo de arraigar una autoría inconfiscable, díscola, libérrima. El asunto, queridos amigos, es que la literatura siempre nos ha demostrado, de mil y una formas, no solamente que tal disciplinamiento es baladí, inútil, o a veces francamente ocioso, sino que además la escritura siempre va a encontrar un resquicio por donde escaparse: la liebre negra del texto inmanente –que desconoce su propia naturaleza o género mientras es escrito– a menudo descubre por dónde aparecer o explayarse, incluso cuando para hacerlo necesite cavar túneles entre lo considerado real y lo imaginario. Todo esto resulta evidente cuando pensamos en una escritura que usa las plataformas virtuales como espacio de experimentación pública (y lúdica), o que establece ahí mismo un campamento de ejercicios para un aprendizaje abierto que, además, se pretende conectado al corazón o a la mente de los lectores.

No hay misterio alguno en la libertad de la escritura. El único misterio es la irremediable voluntad de una escritura que se niega a renunciar a su propia existencia.

Apuntes / 1

Visitado por las musas

Llegó la hora de hacer unos apuntes. Llegó el momento de darle una reanimación cardiopulmonar a mi escritura. O quizás simplemente es la hora de concluir de una vez por todas la escritura de este blog que durante años ha estado flotando como un libro que se borra mientras lo leen.

Claro que también podría escribir sobre mis intimidades por acá, convertirme en una vedette de la literatura posmoderna, o en cualquiera de esas florituras que dicen que están de moda. Podría subir una serie de selfies ridículas. Podría contarles de mis andanzas por la ciudad. Podría hacer un recuento de los daños sufridos por este corazoncito de peluche. Podría poner por aquí los apuntes de mis lecturas o de las investigaciones que voy echando adelante. Podría simplemente escribir todo lo que pase por mi mente durante una hora del día, usar este espacio como un calentamiento para los libros en marcha.

Los libros se escriben con la mano caliente. Pero uno no siempre tiene las manos calientes. O quizás el problema es que uno no siempre escribe cuando tiene las manos calientes. Ahora mismo estoy intentando hacer una fogata con mis manos: acerca tus manos a la pantalla para calentarlas.