18 mar. 2005

La imitación

Imitar es bueno al inicio. Da confianza ir desatornillando una estética, un estilo ajeno hasta que se alcanza la saludable ficción de sentir que la escritura es algo muy fácil y hasta predecible. Si a la actividad de imitación la acompañamos de mucha lectura y de la buena, es posible que poco a poco se vaya incubando esa sensación de impotencia o angustia, que es la que finalmente nos puede llevar a un sólido intento por aprehender esas esencias lejanas, misteriosas y viejas con las que se ha fabricado cierto lenguaje. De ahí en adelante, el camino sólo sabe ponerse más difícil pero, a un tiempo, más estimulante; la ruta para hacerse de una respiración personal se convierte en un ejercicio sado-masoquista que nos deja babeantes y plácidos, plenos pero siempre incompletos.