18 oct. 2007

UN LIBRO DE VALOR

Presentación de Síncopes (Lima: Zignos, 2007; México: Literal, 2007; Bolivia: Mandrágora Cartonera, 2007) de Alan Mills


Por Nicolás Alberte


Síncopes, de Alan Mills, es un libro de valor. Un libro de valor en dos sentidos: es valioso y es valiente. O talvez, el gran motivo de su valía sea su valentía. Una valentía que proviene de la asunción de una doble derrota: la de una vida en las miserias de Latinoamérica y la de intentar salvar algo de ese naufragio desde la poesía.

Ya el título del libro da cuenta de ello: muerte en vida que es un síncope y sonido “menor”, nota breve después de la nota más larga, que es la síncopa musical. Las dos derrotas antes mencionadas. Desde el prólogo lo anuncia Raúl Zurita:

Síncopes constituye el extraordinario poema de una violación, de una violación permanente…”

Escribir poesía en cualquier lugar del mundo es perder antes de empezar, pero escribir poesía en Latinoamérica es una derrota desde el lugar de los derrotados. Periferia de la periferia.

Pero este canto perdedor, que no perdido, o canto de la pérdida, es el decir de alguien que no se entrega. Ahí reside su gran valor. Valor en el sentido de coraje. Valor en el sentido de importancia. Porque es el único lugar desde donde podemos, y debemos tal vez, escribir: en la periferia, valor de predicar en el desierto.

Primera derrota: desde dónde se escribe

Entre los epígrafes del libro hay una cita de Edmond Jabés: “nous sommes entrés par erreur./ nous avons frappé a la porte de service.” Entramos por error, golpeamos en la puerta de servicio. Esto nos sitúa: aquí estamos, en la entrada de servicio; eso somos: el servicio. Peor, entramos por error a un mundo al que no queríamos venir. Eso son los niños de América Latina, las violaciones que engendran, desde siempre, una infancia corrompida, inexistente. Y esos son los protagonistas de
Síncopes.

No hay posibilidad de infancia en la pobreza de América Latina. Somos los hijos de esa conquista por la fuerza que es la violación, violación permanente, como decía Zurita. Estos hijos no serán niños, porque la infancia es disfrute de la inocencia y la inocencia se corrompe cuando hay que trabajar, o cosas peores, para sobrevivir. Dice Alan: “este territorio pareciera la última puerta, aquí en Xibalbá” , aquí, en el infierno: desde ese lugar se escribe. Y se escribe poesía.

Pero la poesía lo trastoca. Ese inframundo, cantado por la poesía, reformulado, aparece desde el comienzo; los niños que no han tenido infancia, “que están bien muertos”, viven allí, juegan allí: “se han echado encima una sábana de tierra que saben quitarse para soltar sus barriletes etéreos” / “ allá las mutiladas de juárez y guatemala ofician como sus nanas” y también están allí “los pequeños ultrajados de basora”.

Es decir, están los desposeídos y “ahí han organizado la Gran Fiesta a la que todos deseamos ir”. Es una fiesta de inframundo y muerte pero la poesía crea un escape, ese lugar al que todos deseamos ir. El poeta comprende eso: “sí, esta vida no va ninguna parte, abandoné los barrios por puro miedo, atrás quedaron aquellos amiguitos aindiados con los que jugábamos pelota a media calle, hoy son asesinos a sueldo o han cambiado sus apellidos”.

Y no hay infancia para nuestros niños:


“a) hay criaturas que jamás tendrán calma, b) niñez accidentada es destino, “

Pero, si los niños de América Latina carecen de inocencia, Alan Mills tampoco la tiene: la poesía no servirá para terminar con eso en un mundo real:

"c) nuestra belleza no alcanzará para pulirle los huesos al hambre,”

Conociendo de antemano la derrota, se escribe poesía como posibilidad de salvar.


Segunda derrota: qué se escribe desde ahí

Hace poco, gracias a la traducción de Rodrigo Flores, conocí un texto en el que la poeta estadounidense Lyn Hejinian, reflexionaba sobre el pasaje tan comúnmente citado de Adorno: “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. Escribe Hejinian: “La declaración de Adorno puede interpretarse (…) no como repulsa al intento de escribir poesía 'después de Auschwitz', sino a la inversa, como reto y mandato. La palabra 'barbarie', como viene a nosotros del griego
barbaros, significa 'extranjero' –esto es, 'no habla la misma lengua'– y precisamente es ése el deber de la poesía: no hablar la misma lengua de Auschwitz. La poesía después de Auschwitz debe ser bárbara; debe ser extranjera a las culturas que producen atrocidades. Como consecuencia, el poeta debe asumir la posición del bárbaro, tomando una perspectiva creativa, analítica y, a menudo, de oposición, ocupando (y siendo ocupado por) lo extranjero, por la barbarie de lo extraño.”

Y me permito citar esto aquí, porque ese es el lugar, para mí, en el que se instala
Síncopes, y ese es su gran valor.

Alguien pide la palabra:


“cómo no voy a desear este desahogo si me enredo en la dislalia, quiero un habla…”. Los desposeídos, los derrotados, quieren hablar, habla como desahogo, y hablarán a través del poeta, de la poesía: doble derrota, derrota doble.

Pero ¿cómo será esa voz? Primero, Alan, que como ya vimos, no es inocente, empieza por plantear una probable esterilidad de este habla:

“tal placer tradúcese paja, escritura de versos, uy, mentira más excitante, casi como imaginar la muchedumbre quitándome la ropa, esos humildes que quisieran bañarme en su gasolina para que yo sirva de antorcha…”

Ahí está claramente el lugar de la poesía, antorcha de esos humildes.

Y, sin embargo:

“si seguís pajeándote lo perderás todo"

Pero imnediatamente hay respuesta:

“bastardo mío en mí me he parido y soy mi estirpe toda, este testamento sólo beneficiará a la muerte: mis palabras van a centellear en la nada, como violonchelista tocando sobre una trinchera …”

Alan va más allá de esta trinchera, asume y continúa, cruza:

“Ya escuché decir que todo está dicho, que nada nuevo bajo el sol, que montémonos en hombros de gigantes, lo cierto es que una vez estuve en una galera a punto de ser violado y me salvé porque pude tartamudear el 'poema de amor' de roque dalton.”

Entonces sí, la poesía llega, adquiere un valor: salva. Y salva de la violación, de la violación de la que hablábamos antes. Roque Dalton es, precisamente, claro ejemplo de esta doble derrota, política y poética. Y qué es lo que dice en su “poema de amor” Roque Dalton, recordemos:

“…los eternos indocumentados,/los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo,/ los primeros en sacar el cuchillo,/los tristes más tristes del mundo,/ mis compatriotas,/mis hermanos.”

Esa es la poesía que salva, la poesía de los desposeídos. Pero querer salvarse por poesía es asumir una derrota. “si seguís pajeándote lo perderás todo…” Escribir desde otro lugar, no hablar la misma lengua de Auschwitz. Saber de antemano el fracaso de un discurso que no será leído ni escuchado. Y eso es valiente. Ser San Juan Bautista es valiente, predicar en el desierto es valiente y necesario.

Tanto es así, que la poesía salva, o puede o quiere salvar, que sus principales contrincantes son otros discursos que anuncian salvación y que aparecen reiteradamente en
Síncopes, en diversas formas:

“diosita… gracias a tu ausencia intuí que de aquellas montañas va resbalando el hormigón que amasija los bares y nuestros castillos
rave, nuestro éxtasis lo trae el polvo de los muertos que olvidamos y se vende en los Megatemplos.”

“el pueblo apenas escucha: pare de sufrir, pare de sufrir y mi problema es parecido: no logro apagar la tele…”

“mis compatriotas buscan felicidad en el norte, allá verán casi la misma porno pero con rasuradas actrices del momento, los infiernos anales no truecan su geografía …”

“vamos a confesarle esto a nuestros coyotes … nuestros coyotes nos ofrecen un viaje al nirvana pero en sus piedras de crack no va conentrado el paraíso...”

La poesía como un discurso entre discursos en el mar de la posmodernidad, esa palabra tan manida, “yo siervo de la gleba posmo”, dice Alan, “yo apestado que mira”. Poesía redentora entre las peores formas comerciales de religión, entre los que mueren queriendo pasar al paraíso del norte, entre la droga, la televisión, los paraísos artificiales, poesía como religión. Poesía como pasado y como futuro.

“a) mi destino para el poema sería un pueblo que ya no existe, b) mi destino para el poema sería un pueblo que todavía no existe.”

Alan parece dudar todo el tiempo entre estas variables del valor, tiene el valor de dudar. Pero, en todo caso, poesía como algo inevitable.

“Doctor, voy a contarle algunas cosas
que quisiera olvidar
pero no puedo”

Y ese discurso posmoderno responde con ironía:

“Señor,
Lo entiendo,
También me duele,
Pero yo no soy su siquiatra,
En serio,
Ésta es una clínica
De reducción de peso”

Y, sin embargo, estas son las últimas palabras del libro:

“Doctor, doctor,
Voy a contarle algunas cosas,
COSITAS
Que quisiera olvidar pero no puedo”

¿No puedo olvidar? ¿No puedo contar? Eso es
Síncopes, para mí, el valor de contar de un modo valioso lo que no se puede contar, la asunción de una vida en el infierno y su canto como posibilidad o voluntad de salvación y de resistencia. Eso es poesía, para mí, cantar lo que no se puede olvidar y lo que no se puede contar ni dejar de contar.


Imagen: Erick González

17 oct. 2007

PATRIA PORTÁTIL

Presentación de Síncopes (Lima: Zignos, 2007; México: Literal, 2007; Bolivia: Mandrágora Cartonera, 2007) de Alan Mills
por Rodrigo Flores

Síncope: Suspensión repentina de los movimientos del corazón y de la respiración, con pérdida del conocimiento. Síncope: Tomado del griego
synkópe, acortamiento, síncopa, colisión, desvanecimiento, derivado de synkópto, yo acorto, yo corto.

Escritura sincopada. Estructura suspendida. Lengua seccionada.

Síncopes: ¿Dónde comienza el verdugo y dónde la víctima?, ¿dónde la culpable escritura, dónde la parodia sádica? Escribir es magullar la lengua. La escritura: imperecedera transferencia de la violación: grafías y signos fuerzan la inmaculada página. Los límites entre víctima y victimario, entre violación y herida, entre trasgresión e interdicto, entre prosodia y habla, son cuestionados.

Alan Mills pone en juego esa lengua bastarda y tartamuda, producto de la imposición, y al hacerlo redimensiona el cuerpo del habla como objeto de proyecciones políticas. El cuerpo: “bastardo mío en mí me he parido y soy mi estirpe toda, este testamento sólo beneficiará a la muerte: mis palabras van a centellear en la nada, como violonchelista tocando sobre una trinchera, sí ya notarás que miento un poco”. Alan no distorsiona. Traduce un cuerpo político.

En el poema “Intensidad y altura”, César Vallejo testimonia la relación que tenemos los hablantes hispanoamericanos con un idioma que no es del todo nuestro: “Quiero escribir, pero me sale espuma,/ quiero decir muchísimo y me atollo”, y más tarde: “quiero laurearme, pero me encebollo”. Cuando Alan Mills clama: “chupá, lamé esta hinchazón del español” (Perlongher) está diciendo que cada vez que el guatemalteco habla reproduce esa violación, como victimario pero también como víctima. La imposibilidad de asumir plenamente la lengua está íntimamente relacionada con la imposibilidad de olvidar la historia, y específicamente, la historia de la violación: “doctor,/ voy a contarle algunas cosas/ que quisiera olvidar pero no puedo”. El duelo es permanente y desmesurado. Se articula como: “ficción de prójimo en llamas”, es decir como testimonio sacramental y simulacro dramático. Alan sabe que es imposible enunciar verosímilmente una historia como la de su país y recurre al travestismo de los hablantes tras el biombo de los Megatemplos bautistas, los kakchiqueles, el Popol Vuh, la Mara Salvatrucha, los kaibiles. Así, la lengua violentada deviene dialecto bastardo, secreto, poroso, maltrecho (P. 29).

Síncopes: Alan me ha hablado de su país. Alan me ha hablado de los asesinados en su país. Alan me ha dicho que los conflictos en Guatemala se parecen más a las guerras africanas que a los conflictos en Latinoamérica. Alan me ha hablado de Asturias, de Monterroso, de Alaíde Foppa, de Rigoberta Menchú. En diciembre de 2006 viajé a Guatemala y visité el lago Atitlán que está custodiado por tres volcanes. Me impresionó el contraste entre ambos elementos, el volcán asociado al fuego, y el lago.


Síncopes: La lesión es histórica, no es mítica. Sin embargo, el hablante no pretende salir de la contusión, así como no puede ni desea desembarazarse de su relación con la lengua. “La Chingada es la Madre abierta, violada o burlada por la fuerza. El 'hijo de la Chingada' es el engendro de la violación, del rapto o de la burla”, observaba Octavio Paz a mediados del siglo pasado en El laberinto de la soledad. La enunciación no está asumida desde la posición del hijo descastado y vencido, deseoso de huir de su historia, que es la conclusión de Paz: “La historia, que no nos podía decir nada sobre la naturaleza de nuestros sentimientos y de nuestros conflictos, sí nos puede mostrar ahora cómo se realizó la ruptura y cuáles han sido nuestras tentativas para trascender la soledad”. Es más, el hablante de Síncopes no ocupa la postura del hijo, sino la de los padres, el violador y La Malinche, el gozo angustiado y la culpa cínica: “a ver, una niña de ojos achinados camina en la sexta avenida, se llama malintzin pero no lo sabe, últimamente le está costando conciliar el sueño pues tiene pesadillas con indios que le hacen el amor por Amor”.

Síncopes: territorio móvil, enunciación portátil. La prosa como espacio de mutación. El libro como cavidad inestable: “a) mi destino para el poema sería un pueblo que ya no existe, b) mi destino para el poema sería un pueblo que todavía no existe”. Xokomil varado en los belfos, atravesando el paladar.

Imagen: Erick González

'Síncopes', de Alan Mills



La poesía escrita en Latinoamérica es una de las más ricas que hay en el mundo. Pero dicha cualidad no descansa en la nada, que no se crea que la verdadera lira sólo yace en las pantanosas parcelas de la imaginación o inspiración, sino que ésta siempre ha gozado de una tradición que se ha ido solidificando desde que empezó a tenerse idea de ella, como un abanico que nos remonta a una variedad de tradiciones que acrisolan a la tradición española, francesa, germánica, inglesa, oriental y norteamericana.


Si tuviera que nombrar algunos nombres para que tengamos una idea de lo anteriormente dicho, no dudaría en mencionar a Octavio Paz, Rubén Darío, Enrique Lihn, Emilio Adolfo Westphalen, César Vallejo, Alejandra Pizarnik, Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza, Carlos Germán Belli, José Emilio Pacheco, Raúl Zurita, Blanca Varela, Jaime Sabines y la lista puede ser larga y no creo que exista alguien lo suficientemente responsable como para contradecir lo que estoy afirmando. ¿Qué es lo que hace que una tradición sea rica?, pues la variedad. Variedad entendida en que si se está dispuesto a quebrar los moldes de la tradición, pues deben, primeramente, conocerse los soportes en los que ella se apoya. Nadie innova o crea una propuesta partiendo de la nada. La poesía, su comprensión, radica en el poder desentrañarla desde sus mismas bases para que de esta manera un proyecto poético adquiera fuerza y originalidad.La poesía no sólo es el derroche de la experiencia de vida trasladada al papel, es también un soterrado tributo de lo que se escribió antes, de lo que se escribe y se escribirá. Es por eso que muchas veces, la aparente facilidad de la escritura de la poesía lleva a no pocos a darse contra las paredes del olvido, producto del desmesurado e inane entusiasmo.


Entre los poetas de la nueva poesía latinoamericana que más destacan hoy por hoy, puedo citar a los siguientes: José Carlos Yrigoyen, Germán Carrasco, José Pancorvo, Héctor Hernández Montecinos, Diego Otero, Victoria Guerrero, Lorenzo Helguero, Alejandro Tarrab y algunos más. Uno de estos nuevos representantes de esta nueva poesía latinoamericana es el guatemalteco Alan Mills (1979). Demás está decir que él es el más representativo de su país. Es autor de un libro catalogado como referencial, Testamentofuturo. Sin embargo, es con su última entrega, Síncopes, que este poeta ha contribuido a colocar el cimiento de un proyecto poético a tomar en cuenta de ahora en adelante.


¿Qué ofrece Síncopes? Pues lo siguiente: una mirada introspectiva y feroz crítica social que parte de su entorno para regodearse con sangre en lo que también acaece en los países de América del Sur. Un activo desdén por la gran tradición poética anclada en la lectura casi total de sus exponentes; una fuerza irracional que sólo encuentra pláceme en la exploración de nuevas formas narrativas que no son tan nuevas, ergo, un sólido contenido estructural que nos remite a la mejor poesía anglosajona de los años cincuenta y sesenta, a esos grandes poetas menores que tan caros le fueron a Jorge Luis Borges. Mills es una epifanía que transgrede lo antes escrito en pos de una actitud reflejada en una prosa trabajada que contiene elementos más que suficientes para despertar en el lector la más irreparable duda sobre qué es lo que se está leyendo, la ambigüedad de género literario supura en cada verso, historias contadas con el desgarro del corazón latiente que ve en el destello formal el objetivo que muy pocos logran, cumpliendo así Síncopes un rol al que supuestamente no estaba destinado, ya que el libro no se queda en un alarde de musicalidad y armonía, por el contrario, Mills cuestiona, agrede, disecciona, en prueba tajante de que la originalidad no debe estar en el terreno del capricho estilístico y la ignorancia insuflada con vacua experiencia de vida; deviniendo de esta manera en un poemario que arde, quema y que también conmueve.


Nota: Síncopes es el mejor poemario de la colección internacional “País Imaginario” de la editorial Zignos.


4 oct. 2007

ENTRE EL INSOMNIO Y LA NEGRA LUZ

Presentación de Síncopes (Lima: Zignos, 2007; México: Literal, 2007; Bolivia: Mandrágora Cartonera, 2007)
de Alan Mills


Por Héctor Hernández Montecinos


Quizá sean todos los fracasos de nuestras historias latinoamericanas, las hambres, las dictaduras de izquierda o derecha, la ignorancia, el Estado, la televisión, la pésima distribución de las riquezas, las fobias sin excepción, la delincuencia, todo esto sumado, multiplicado, restado y dividido lo que ha dado un contexto catastrófico en las sociedades civiles para que en tan distintos países estén apareciendo poetas jóvenes con obras tan radicales, duras, sucias, terribles, conmovedoras, poderosas, honestas, arriesgadas, sinceras y sobretodo escritas sin el menor miedo.

Estos poetas se vislumbran como anómalos en sus tradiciones respectivas, y por tal se ha intentado un silenciamiento desde las academias y las posiciones más rígidas de los
establishments locales, sin embargo estos contextos nómades y aciagos han resultado ser el escenario de una guerra simbólica que la poesía como género en extinción ha podido vislumbrar como un momento singular en la materialidad misma de las escrituras de hoy.

El fin de la poesía deviene su propia autorreflexión y la búsqueda incesante de sus propias posibilidades, de allí que hablar de su término no sea más que una metáfora para nombrar sus laberínticas entradas y salidas. La muerte no es fin sino pura conversión, eso ya lo sabe el autor que no ha desaparecido jamás sino que sólo se ha desplazado de ser un nombre a una función dentro de la escritura. Ficción, ficción y ficción hasta el agotamiento, esa pareciera ser la coordenada mutante de lo que se está escribiendo ahora. La ficción hace aparecer una desaparición, y por tal toda obra es ficción en el sentido de que la escritura es el trazo de lo que no volverá a ser lo mismo. La ficción es más real que la vida porque no se queda ni un momento en paz. No camina, sino que vuela, no habla sino que susurra gritos que nadie escucha pero todos saben que existen, porque la poesía por tal ha triunfado, aún es la voz de los muertos, aún es un habla desconocida que el mercado no ha podido comprar, aún la lengua poética no es madre ni padre, a lo sumo hermana, hermana muerta de un niño que todavía no nace.

Síncopes de Alan Mills (Ciudad de Guatemala, 1979) es una de esas voces que desde lo más oscuro de la realidad deambula por las ruinas de cualquier ciudad, pues todo el occidente está en ruinas y ese es su esplendor. Mills lo sabe y por tal las hace brillar con un lenguaje descarnado, desolador, emotivo y desafiante. Este libro si algo expele es vida, entendiéndola en el peor sentido que pueda tenerse de ella, es decir una no muerte, y desde esa agonía empírica que se enmarca en la catástrofe global es que la radicalidad de estos textos pasa por el simple hecho de cerrar los ojos, estirar la mano y dejar que el lápiz hable toda la noche y el autor sólo recuerde esa noche en vela que es el poema.

Síncopes es sin duda este largo insomnio donde las voces se montan unas con otras y a la vez nadie, pero todos hablan. Es el reino de los muertos, y sus voces sumadas son la luz de una cotidianeidad que de tan próxima es aterradora y fugaz. Mills escribe con sangre una pesadilla colectiva que todos hemos permitido, y quizá, hemos deseado, pero al poder contemplarla como texto se nos convierte en una crónica fantástica del día a día. Pliegues de cuerpos, deseos proliferantes, territorios que huyen, y una discursividad clínica que parodiza al lector figurizándolo como madre, hermana, doctor, amigo, pues tal vez esta invención metafórica del lector sea la mayor penetración que un poema pueda llevar a cabo. Nada se construye en el papel, pero sí en las nuevas formas de cómo leer, de cómo entender lo que se lee o dejar de entenderlo.

Síncopes es parte de estas nuevas escrituras que ponen cortapisas a ese lector burgués que acumula sentidos detrás de cada palabra y que buscan en los versos preguntas que hacer a la sociedad. Este libro se ríe de eso y le da la espalda a los ojos que lo leen, él discurre, habla consigo mismo, se burla, insulta, llora, se va y vuelve y todo y nada ha cambiado de lugar. Los Megatemplos aparecen y desaparecen en un zapping vertiginoso, la página en blanco es una gran pantalla donde vemos ficcionalizada la ficción y es lo más próximo a una realidad, a una crónica fuera del tiempo, a una carta de amor.

Síncopes es una carta de amor, sí, para nadie, escrita desde la muerte, desde donde todos pueden hablar y no hay jerarquías. Un amor a lo fugitivo, a lo que se desliza por entre los cuerpos, los lugares y los intersticios de las lenguas, las jergas, los coloquialismos y las más bellas malas palabras e incorrecciones del idioma. Alan Mills ha escrito una obra poderosa, iluminadora y peligrosa, porque ya en esta escritura no hay objeto sujeto ni dialécticas, sino que un coro siniestro que habla desde el más allá sobre un presente que para nosotros lectores es pasado y futuro a la vez. Como bien señala Raúl Zurita en la reseña que acompaña al libro, al lado de la gran poesía están las más terribles pesadillas renovadas, desde el mercado hasta la moral, y por ese hecho innegable es que Síncopes de Alan Mills es un ‘testamento futuro’ de la poesía latinoamericana, una perla negra y un triunfo, porque es la comprobación de una esperanza, un sueño que a todos nos concierne y que vemos crecer en Latinoamérica como una promesa que nunca nos hicimos pero que sí estamos viviendo.


Santiago de Chile, septiembre 2007
Imagen: Erick González