18 oct. 2007

UN LIBRO DE VALOR

Presentación de Síncopes (Lima: Zignos, 2007; México: Literal, 2007; Bolivia: Mandrágora Cartonera, 2007) de Alan Mills


Por Nicolás Alberte


Síncopes, de Alan Mills, es un libro de valor. Un libro de valor en dos sentidos: es valioso y es valiente. O talvez, el gran motivo de su valía sea su valentía. Una valentía que proviene de la asunción de una doble derrota: la de una vida en las miserias de Latinoamérica y la de intentar salvar algo de ese naufragio desde la poesía.

Ya el título del libro da cuenta de ello: muerte en vida que es un síncope y sonido “menor”, nota breve después de la nota más larga, que es la síncopa musical. Las dos derrotas antes mencionadas. Desde el prólogo lo anuncia Raúl Zurita:

Síncopes constituye el extraordinario poema de una violación, de una violación permanente…”

Escribir poesía en cualquier lugar del mundo es perder antes de empezar, pero escribir poesía en Latinoamérica es una derrota desde el lugar de los derrotados. Periferia de la periferia.

Pero este canto perdedor, que no perdido, o canto de la pérdida, es el decir de alguien que no se entrega. Ahí reside su gran valor. Valor en el sentido de coraje. Valor en el sentido de importancia. Porque es el único lugar desde donde podemos, y debemos tal vez, escribir: en la periferia, valor de predicar en el desierto.

Primera derrota: desde dónde se escribe

Entre los epígrafes del libro hay una cita de Edmond Jabés: “nous sommes entrés par erreur./ nous avons frappé a la porte de service.” Entramos por error, golpeamos en la puerta de servicio. Esto nos sitúa: aquí estamos, en la entrada de servicio; eso somos: el servicio. Peor, entramos por error a un mundo al que no queríamos venir. Eso son los niños de América Latina, las violaciones que engendran, desde siempre, una infancia corrompida, inexistente. Y esos son los protagonistas de
Síncopes.

No hay posibilidad de infancia en la pobreza de América Latina. Somos los hijos de esa conquista por la fuerza que es la violación, violación permanente, como decía Zurita. Estos hijos no serán niños, porque la infancia es disfrute de la inocencia y la inocencia se corrompe cuando hay que trabajar, o cosas peores, para sobrevivir. Dice Alan: “este territorio pareciera la última puerta, aquí en Xibalbá” , aquí, en el infierno: desde ese lugar se escribe. Y se escribe poesía.

Pero la poesía lo trastoca. Ese inframundo, cantado por la poesía, reformulado, aparece desde el comienzo; los niños que no han tenido infancia, “que están bien muertos”, viven allí, juegan allí: “se han echado encima una sábana de tierra que saben quitarse para soltar sus barriletes etéreos” / “ allá las mutiladas de juárez y guatemala ofician como sus nanas” y también están allí “los pequeños ultrajados de basora”.

Es decir, están los desposeídos y “ahí han organizado la Gran Fiesta a la que todos deseamos ir”. Es una fiesta de inframundo y muerte pero la poesía crea un escape, ese lugar al que todos deseamos ir. El poeta comprende eso: “sí, esta vida no va ninguna parte, abandoné los barrios por puro miedo, atrás quedaron aquellos amiguitos aindiados con los que jugábamos pelota a media calle, hoy son asesinos a sueldo o han cambiado sus apellidos”.

Y no hay infancia para nuestros niños:


“a) hay criaturas que jamás tendrán calma, b) niñez accidentada es destino, “

Pero, si los niños de América Latina carecen de inocencia, Alan Mills tampoco la tiene: la poesía no servirá para terminar con eso en un mundo real:

"c) nuestra belleza no alcanzará para pulirle los huesos al hambre,”

Conociendo de antemano la derrota, se escribe poesía como posibilidad de salvar.


Segunda derrota: qué se escribe desde ahí

Hace poco, gracias a la traducción de Rodrigo Flores, conocí un texto en el que la poeta estadounidense Lyn Hejinian, reflexionaba sobre el pasaje tan comúnmente citado de Adorno: “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. Escribe Hejinian: “La declaración de Adorno puede interpretarse (…) no como repulsa al intento de escribir poesía 'después de Auschwitz', sino a la inversa, como reto y mandato. La palabra 'barbarie', como viene a nosotros del griego
barbaros, significa 'extranjero' –esto es, 'no habla la misma lengua'– y precisamente es ése el deber de la poesía: no hablar la misma lengua de Auschwitz. La poesía después de Auschwitz debe ser bárbara; debe ser extranjera a las culturas que producen atrocidades. Como consecuencia, el poeta debe asumir la posición del bárbaro, tomando una perspectiva creativa, analítica y, a menudo, de oposición, ocupando (y siendo ocupado por) lo extranjero, por la barbarie de lo extraño.”

Y me permito citar esto aquí, porque ese es el lugar, para mí, en el que se instala
Síncopes, y ese es su gran valor.

Alguien pide la palabra:


“cómo no voy a desear este desahogo si me enredo en la dislalia, quiero un habla…”. Los desposeídos, los derrotados, quieren hablar, habla como desahogo, y hablarán a través del poeta, de la poesía: doble derrota, derrota doble.

Pero ¿cómo será esa voz? Primero, Alan, que como ya vimos, no es inocente, empieza por plantear una probable esterilidad de este habla:

“tal placer tradúcese paja, escritura de versos, uy, mentira más excitante, casi como imaginar la muchedumbre quitándome la ropa, esos humildes que quisieran bañarme en su gasolina para que yo sirva de antorcha…”

Ahí está claramente el lugar de la poesía, antorcha de esos humildes.

Y, sin embargo:

“si seguís pajeándote lo perderás todo"

Pero imnediatamente hay respuesta:

“bastardo mío en mí me he parido y soy mi estirpe toda, este testamento sólo beneficiará a la muerte: mis palabras van a centellear en la nada, como violonchelista tocando sobre una trinchera …”

Alan va más allá de esta trinchera, asume y continúa, cruza:

“Ya escuché decir que todo está dicho, que nada nuevo bajo el sol, que montémonos en hombros de gigantes, lo cierto es que una vez estuve en una galera a punto de ser violado y me salvé porque pude tartamudear el 'poema de amor' de roque dalton.”

Entonces sí, la poesía llega, adquiere un valor: salva. Y salva de la violación, de la violación de la que hablábamos antes. Roque Dalton es, precisamente, claro ejemplo de esta doble derrota, política y poética. Y qué es lo que dice en su “poema de amor” Roque Dalton, recordemos:

“…los eternos indocumentados,/los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo,/ los primeros en sacar el cuchillo,/los tristes más tristes del mundo,/ mis compatriotas,/mis hermanos.”

Esa es la poesía que salva, la poesía de los desposeídos. Pero querer salvarse por poesía es asumir una derrota. “si seguís pajeándote lo perderás todo…” Escribir desde otro lugar, no hablar la misma lengua de Auschwitz. Saber de antemano el fracaso de un discurso que no será leído ni escuchado. Y eso es valiente. Ser San Juan Bautista es valiente, predicar en el desierto es valiente y necesario.

Tanto es así, que la poesía salva, o puede o quiere salvar, que sus principales contrincantes son otros discursos que anuncian salvación y que aparecen reiteradamente en
Síncopes, en diversas formas:

“diosita… gracias a tu ausencia intuí que de aquellas montañas va resbalando el hormigón que amasija los bares y nuestros castillos
rave, nuestro éxtasis lo trae el polvo de los muertos que olvidamos y se vende en los Megatemplos.”

“el pueblo apenas escucha: pare de sufrir, pare de sufrir y mi problema es parecido: no logro apagar la tele…”

“mis compatriotas buscan felicidad en el norte, allá verán casi la misma porno pero con rasuradas actrices del momento, los infiernos anales no truecan su geografía …”

“vamos a confesarle esto a nuestros coyotes … nuestros coyotes nos ofrecen un viaje al nirvana pero en sus piedras de crack no va conentrado el paraíso...”

La poesía como un discurso entre discursos en el mar de la posmodernidad, esa palabra tan manida, “yo siervo de la gleba posmo”, dice Alan, “yo apestado que mira”. Poesía redentora entre las peores formas comerciales de religión, entre los que mueren queriendo pasar al paraíso del norte, entre la droga, la televisión, los paraísos artificiales, poesía como religión. Poesía como pasado y como futuro.

“a) mi destino para el poema sería un pueblo que ya no existe, b) mi destino para el poema sería un pueblo que todavía no existe.”

Alan parece dudar todo el tiempo entre estas variables del valor, tiene el valor de dudar. Pero, en todo caso, poesía como algo inevitable.

“Doctor, voy a contarle algunas cosas
que quisiera olvidar
pero no puedo”

Y ese discurso posmoderno responde con ironía:

“Señor,
Lo entiendo,
También me duele,
Pero yo no soy su siquiatra,
En serio,
Ésta es una clínica
De reducción de peso”

Y, sin embargo, estas son las últimas palabras del libro:

“Doctor, doctor,
Voy a contarle algunas cosas,
COSITAS
Que quisiera olvidar pero no puedo”

¿No puedo olvidar? ¿No puedo contar? Eso es
Síncopes, para mí, el valor de contar de un modo valioso lo que no se puede contar, la asunción de una vida en el infierno y su canto como posibilidad o voluntad de salvación y de resistencia. Eso es poesía, para mí, cantar lo que no se puede olvidar y lo que no se puede contar ni dejar de contar.


Imagen: Erick González

ALAN MILLS: "MI OBRA PRETENDE UN DIÁLOGO CRÍTICO"



Síncopes de Alan Mills (Guatemala, 1979) circula por América Latina. Se trata de una enunciación poética breve, intensa, profunda y extraña. La aún corta trayectoria de Mills se compone de varias intervenciones en revistas, espacios culturales, medios electrónicos y cuatro publicaciones:


Los nombres ocultos (Magna Terra, Guatemala, 2002), Marca de agua (Editorial Cultura, Guatemala, 2005), Poemas sensibles (Editorial Praxis, México,2005) y Síncopes (Zignos, Perú, 2007; Literal, México, 2007; Mandrágora Cartonera, Bolivia, 2007).

El trazo inicial del discurso poético de Mills, que parte de la tradición modernista y se desplaza hacia una experimentación que va más allá del postmodernismo usual. En Guatemala, se asemeja, pero es distinto, a Los amos de la noche de Estuardo Prado, Soledadbroder de Javier Payeras, Crónicas suburbanas de Francisco Alejandro Méndez y Serenatas al hastío de Eduardo Juárez.


Ante la escasa difusión de la obra de Mills en los medios tradicionales guatemaltecos, consideré oportuno realizarle esta breve entrevista.

Ronald Flores: Entre Síncopes, tu más reciente publicación, y Los nombres ocultos, tu primera publicación, hay 5 años de diferencia. Sin embargo, son discursos distintos, que parecerían incluso escritos por personas diferentes. ¿Cuál es la evolución entre Los nombres ocultos y Síncopes?

Alan Mills: Lo que sucede es que en Síncopes ya la idea de “poesía” para mí aparece totalmente desrealizada, al mismo tiempo que “yo” ya no existo como un claro sujeto de mi propio discurso.


En cambio en aquella primera entrega, Los nombres ocultos, yo sentía una total confianza en el formato del poema en verso libre y me sentía mucho más cómodo con la idea de simplemente incorporarme a una tradición (sin cuestionamientos mayores), entonces las búsquedas y giros nada más buscaban ejecutar un cierto preciosismo lírico.
Poco a poco fui perdiendo esa confianza y esto puede irse viendo parcialmente en las entregas que siguieron (
Marca de agua, Poemas sensibles), donde se evidencian desplazamientos. Ahora, a partir de Síncopes, más bien me interesa entrecruzar hasta donde sea posible vida y literatura, texto y contexto, busco crear un discurso poético que no entiende de géneros y que más bien se anclaría en las posibilidades más fabulatorias de la ficción y del testimonio.

RF: Si bien han tenido títulos y editoras distintas, ahora presentas Los nombres ocultos, Marca de agua y Poemas sensibles como un sólo libro: Testamentofuturo, ¿por qué?

AM: Es porque pienso que el aliento de estas primeras tres entregas es el mismo y por lo tanto pertenecen a un mismo proyecto, a mi nacimiento como autor. Cada uno de estos libros se publicó gracias a diversos accidentes afortunados, es decir, los publiqué porque siempre había un editor pidiéndome algo para publicar y yo decía “sí, ¿por qué no?, aquí te va esto”.


Creo que estos tres engendros nunca fueron obras redondas, sino trabajos en marcha (work in progress) que registraban mis titubeantes primeras búsquedas. Ya con la compilación llamada
Testamentofuturo (Libros Mínimos, 2007) encontraríamos un primer intento de redondear ese aliento originario. Se trata de un solo libro hecho en tres estaciones.


RF: ¿De qué manera dialoga tu obra (Testamentofuturo, Síncopes) con la poesía guatemalteca contemporánea?

AM: Creo que es imposible hablar de una sola poesía guatemalteca contemporánea, yo creo que hay varias poéticas en desarrollo y, a veces, en pugna. A mí me gusta contemplar esa crisis, digamos. Aún así, mi obra tiene relación con varios como Javier Payeras o Juan Pablo Dardón, aunque ellos tienden más a la concisión y yo a escenificaciones epifánicas.

Luego estaría Julio Serrano cuya obra inédita comunica mucho con lo mío, Luis Méndez Salinas y alguna que otra cosa por ahí. Converso y comparto lecturas con los que tienen unos años menos que yo. De la tradición guatemalteca me quedo con textos en prosa, es decir, Síncopes está muchísimo más cerca de El tiempo principa en Xibalbá o incluso de Hombres de maíz que de Poemas de la izquierda erótica, si evaluamos libros canonizados.


Y en ocasiones, te confieso, me siento más en contacto con lo que ensayan los artistas plásticos y conceptuales actualmente que con la mayoría de poetas nacionales. Respondiéndote mejor: mi obra pretende un diálogo crítico, es decir no busca afianzar lo logrado sino provocarle espasmos a nuestra continuidad literaria. En todo caso, yo creo que mis libros más bien quisieran dialogar con el futuro.


RF: ¿De qué manera dialoga tu obra (Testamentofuturo, Síncopes) con la poesía latinoamericana contemporánea?

AM: Creo que formo parte del conjunto de poéticas contaminadas, híbridas y bastardas que están emergiendo con renovada fuerza hoy en América Latina. ¿De qué manera dialoga mi obra en este contexto? Pues supongo que aportando una mirada que nace desde otro flanco del continente, desde el desbarajuste centroamericano, reinstalando su especificidad y apropiándose y modificando algunos mecanismos que surgen en el sur, en México o aquí mismo. Contamino lo ya contaminado.

RF: ¿Cómo llegas a la escritura?

AM: Llego a la escritura tras haber descubierto que no existe otra cosa que pueda hacer, al menos no con el mismo placer. Paso todo el tiempo imaginando historias, versos, frases, imágenes. Por eso la gente piensa que soy muy distraido, por eso olvido algunos compromisos.


Mi verdadero compromiso es contar esto que quiero contar, estas visiones y, de alguna manera, mi vida. Aunque también quiero placer, repito, divertirme, es decir, jugar con los modelos estéticos, obviar las normativas o rutas pre-fijadas para que la experiencia de escribir siempre sea estimulante.


Por eso estoy ahora muy entusiasmado investigando los proyectos de arquitectura-poesía de Madeline Gins y Arakawa, porque sus iniciativas buscan humanizar hasta una escalera, hasta el rincón más obtuso de un espacio físico. Yo quisiera hacer lo mismo, con mis precarios medios.

RF: ¿Cuál es tu noción de la poesía, de la literatura?

AM: La literatura y la poesía son artificios para recuperar nuestro asombro y nuestra fertilidad. Con estos aparatitos (la poesía y la literatura) debemos fabricar complejos emocionales, intelectuales, espirituales y sociales al interior de los cuales podamos flotar como pájaros hábiles y esplendentes. Pound habló de la “emoción en un instante” y sí, la poesía debe instalar “momentos”…


RF: ¿Crees que los medios tradicionales le han brindado a tu propuesta la cobertura que merece? ¿A qué lo atribuyes?

AM: Pienso que tenemos un periodismo cultural oficial que no está a la altura de la combustión que actualmente vive no sólo la poesía sino todo el espectro artístico en el país. Contamos con un muy pequeño bloque de periodistas que no están siendo capaces de generar intercambios críticos, ni de postular un escenario dinámico entre los creadores locales (sin perder la relación con el ambiente global, claro).


Creo que no saben o no pueden leer este momento, entonces lo que se documenta es el silencio. ¿Por qué se da este ninguneo? Pienso en un amasijo de prejuicios personales, generacionales, pigmentocráticos y de celo profesional.

RF: ¿Cómo evalúas tu experiencia como columnista hace algunos años?


AM: Fue muy corta para mi gusto, siempre me ha interesado opinar: soy re-shute y apasionado. Horrible, porque justo cuando empezaba a escribir buenas columnas, zas, que me la quitan. En aquel tiempo varios columnistas tuvimos la mala pata de ser arrastrados por una ola conservadora que desbarató el Magazine 21, un suplemento cultural que hoy hasta se extraña.

RF: ¿Cuál consideras debe ser la función social del poeta en la sociedad contemporánea?

AM: Crear espacios nuevos, abrir territorios nuevos, no someterse a ninguna clase de poder ni humillación. Sorprender y conmover. Alterar la percepción de las cosas.

RF: ¿Hacia dónde va la obra de Alan Mills?

AM: Síncopes es el inicio de un proyecto mayor, donde estoy plasmando una especie de épica, una narración espectral donde se emiten balbucires poéticos al interior de algo como un “delirio social”. Seguiré documentando la vida y mis visiones, seguiré buscando un “habla” que tenga la fuerza para decir este carnaval oscuro y brillante de la existencia… Y espero sentirlo al máximo.


Imagen: Erick González, sobre Síncopes

‘Síncopes’ de Alan Mills, del rizoma al chancletazo (citas citables)

Por Julio Serrano


La editorial Zignos (Perú) publica el libro de ficción,
Síncopes, en una colección que incluye el trabajo de poetas como Maurizio Medo (Perú) y Héctor Hernández Montecinos (Chile) quienes además han comentado el trabajo de Mills. El primer paso desde mi más cálida subjetividad es celebrarlo, conozco el trabajo poético del autor de Los nombres ocultos, Marca de Agua y Poemas sensibles (Testamentofuturo), publicado a partir de 2002, y me parece interesantísimo registro del desplazamiento estético, ético y político de un escritor; a la hora de trazar las líneas que lleven a uno u otro destino se topará uno con una extraña cartografía que apunta a distintos lugares en distintos momentos, “El mapa es abierto, es conectable en todas sus dimensiones, desmontable, reversible, susceptible de recibir constantemente modificaciones” (Rizoma, Deleuze & Guattari), natural fenómeno si nos hiperlinkeamos, me supongo, el rizoma local del autor que enmaraña el lenguaje y la historia de tal forma que puedan revelarse en el texto las profundas vetas de nuestra contemporánea realidad y del diálogo estético que ésta representa, la poesía como un spyware dentro de la historia, el virus que se le atraviesa: el poeta interviene la Matrix y escoge tomarse la pastillita azul y luego la roja y luego de nuevo la azul, ahí va Mills persiguiendo al conejo de Alicia por algún lugar de la ciudad de Guatemala y ve, se mete a una puerta y aparece en Perú.

En el texto “
Miguel Ángel Asturias y la poesía” Mills reflexiona sobre una muy particular condición de la poesía guatemalteca a partir de su tradición: al parecer sí existe esa tradición y un index de libros de poesía excluiría importantísimos textos que expliquen el diálogo de los libros en este espacio, comenta Mills sobre el aporte de textos “narrativos” a la tradición poética del país, léase Hombres de Maíz, El tiempo Principia en Xibalbá o El retorno del cangrejo parte IV; el debate de los géneros literarios complicaría la discusión, ¿qué hace que Mills haya incluido estos textos narrativos en la tradición poética guatemalteca? A nivel intuitivo resulta imposible no comprenderlo “es que esto es poesía” dirá casi cualquier lector que lo agarre en sus manos, para pinchar la inflamación que esta tensión provoca me referiré al poeta chileno Hernández Montecinos: “Creo que la ficción es el nuevo género literario en la escritura, porque allí no hay género, cabe la novelística de Bolaño o Vila-Matas, el cruce ensayístico de Piglia, las poéticas del peruano Enrique Verástegui, (…) La poesía es un género realista porque en cada momento anuncia su desaparición, y esa es su ficción que la hace luminosa y nómade”


¡Choploc! Deja caer uno la cita así nomás, y se vale, la palabras del chileno refieren a un esquizo-dislocamiento de la realidad y de los géneros literarios, pensar la literatura como ficción, ¡ah el mestizaje de los tiempos!, la historia escrita en la poesía, la poesía de la historia, la ficción-escritura, pienso en la concepción del tiempo a partir de la científica “transformación pastelera”, un juego matemático explicado en una masa de pastel que se parte y se sobrepone fragmentada infinitamente hasta crear la imagen de un hojaldre, las milhojas del cafecito pues, al transformar la idea lineal del tiempo que manejamos modernamente en este cubo infinito y de desplazamientos aleatorios nos resulta algo familiar y tremendamente ligado a la indeterminación poesía-narrativa , realidad-ficción, etcétera:


“Siguiendo el modelo de la transformación pastelera, la masa se disuelve en una cantidad infinita de puntos errantes que se separan unos de otros para volver a encontrarse más tarde, sin que nadie sepa cuándo ni por medio de qué rodeos. De este modo tienen lugar inagotables contactos entre las más diversas capas cronológicas”. (Enzensberger)



(y va de nuez la cita abrupta, pereza de este que escribe de “desarrollar” el tema),



y, a todo esto, dónde aparece el libro de ficción de Alan Mills, a ver, que hable Julio: “
Síncopes es el delirante testimonio de nuestra contemporánea historia, un tenso registro desde el lenguaje y la esquizofrenia, la poesía arrancada de un dark side demasiado evidente y por obvio clandestino”: “un separo judicial representa el umbral donde la poesía empieza a hacerse tangible, así empezó mi pasión por oscuridades animosas, así pude decirle adiós a ciertos recuerdos, porque todo está dicho, cierto, pero seguimos” (Síncopes, Mills)la poesía se convierte en la representación adulterada del lenguaje y la realidad, trata de buscar un habla (Medo), a la vez que mastica un tremendo chicle conformado por la historia, el sentido del humor y los barriobajeros códigos del shumo



"cómo no voy a desear este desahogo si me enredo en la dislalia, quiero un habla, esta tensión es la única cosa que se suaviza en la medida del viaje” (Síncopes, Mills)


sí, el poeta saca el cobre, baja el canasto, marchita las flores de aquel jardín anhelado de los vergazos, el lenguaje es la pista de baile de este chinique, del purrún donde la Mara para y controla, donde cinco policías violan a una mujer convirtiéndose en los padres colectivos del Carlos Julián, donde se goza y se muere, el recorrido hacia todos lados, las líneas de fuga que llevan, transportan al lector a un amasijo de palabras que tararean la realidad con la boca llena,


“se quiere hacer una poesía que dé cuenta de nuestras múltiples fracturas frente al lenguaje y la realidad” Alan Mills. 401 Matrix-server errorpage can not found


Imagen: Erick González

17 oct. 2007

PATRIA PORTÁTIL

Presentación de Síncopes (Lima: Zignos, 2007; México: Literal, 2007; Bolivia: Mandrágora Cartonera, 2007) de Alan Mills
por Rodrigo Flores

Síncope: Suspensión repentina de los movimientos del corazón y de la respiración, con pérdida del conocimiento. Síncope: Tomado del griego
synkópe, acortamiento, síncopa, colisión, desvanecimiento, derivado de synkópto, yo acorto, yo corto.

Escritura sincopada. Estructura suspendida. Lengua seccionada.

Síncopes: ¿Dónde comienza el verdugo y dónde la víctima?, ¿dónde la culpable escritura, dónde la parodia sádica? Escribir es magullar la lengua. La escritura: imperecedera transferencia de la violación: grafías y signos fuerzan la inmaculada página. Los límites entre víctima y victimario, entre violación y herida, entre trasgresión e interdicto, entre prosodia y habla, son cuestionados.

Alan Mills pone en juego esa lengua bastarda y tartamuda, producto de la imposición, y al hacerlo redimensiona el cuerpo del habla como objeto de proyecciones políticas. El cuerpo: “bastardo mío en mí me he parido y soy mi estirpe toda, este testamento sólo beneficiará a la muerte: mis palabras van a centellear en la nada, como violonchelista tocando sobre una trinchera, sí ya notarás que miento un poco”. Alan no distorsiona. Traduce un cuerpo político.

En el poema “Intensidad y altura”, César Vallejo testimonia la relación que tenemos los hablantes hispanoamericanos con un idioma que no es del todo nuestro: “Quiero escribir, pero me sale espuma,/ quiero decir muchísimo y me atollo”, y más tarde: “quiero laurearme, pero me encebollo”. Cuando Alan Mills clama: “chupá, lamé esta hinchazón del español” (Perlongher) está diciendo que cada vez que el guatemalteco habla reproduce esa violación, como victimario pero también como víctima. La imposibilidad de asumir plenamente la lengua está íntimamente relacionada con la imposibilidad de olvidar la historia, y específicamente, la historia de la violación: “doctor,/ voy a contarle algunas cosas/ que quisiera olvidar pero no puedo”. El duelo es permanente y desmesurado. Se articula como: “ficción de prójimo en llamas”, es decir como testimonio sacramental y simulacro dramático. Alan sabe que es imposible enunciar verosímilmente una historia como la de su país y recurre al travestismo de los hablantes tras el biombo de los Megatemplos bautistas, los kakchiqueles, el Popol Vuh, la Mara Salvatrucha, los kaibiles. Así, la lengua violentada deviene dialecto bastardo, secreto, poroso, maltrecho (P. 29).

Síncopes: Alan me ha hablado de su país. Alan me ha hablado de los asesinados en su país. Alan me ha dicho que los conflictos en Guatemala se parecen más a las guerras africanas que a los conflictos en Latinoamérica. Alan me ha hablado de Asturias, de Monterroso, de Alaíde Foppa, de Rigoberta Menchú. En diciembre de 2006 viajé a Guatemala y visité el lago Atitlán que está custodiado por tres volcanes. Me impresionó el contraste entre ambos elementos, el volcán asociado al fuego, y el lago.


Síncopes: La lesión es histórica, no es mítica. Sin embargo, el hablante no pretende salir de la contusión, así como no puede ni desea desembarazarse de su relación con la lengua. “La Chingada es la Madre abierta, violada o burlada por la fuerza. El 'hijo de la Chingada' es el engendro de la violación, del rapto o de la burla”, observaba Octavio Paz a mediados del siglo pasado en El laberinto de la soledad. La enunciación no está asumida desde la posición del hijo descastado y vencido, deseoso de huir de su historia, que es la conclusión de Paz: “La historia, que no nos podía decir nada sobre la naturaleza de nuestros sentimientos y de nuestros conflictos, sí nos puede mostrar ahora cómo se realizó la ruptura y cuáles han sido nuestras tentativas para trascender la soledad”. Es más, el hablante de Síncopes no ocupa la postura del hijo, sino la de los padres, el violador y La Malinche, el gozo angustiado y la culpa cínica: “a ver, una niña de ojos achinados camina en la sexta avenida, se llama malintzin pero no lo sabe, últimamente le está costando conciliar el sueño pues tiene pesadillas con indios que le hacen el amor por Amor”.

Síncopes: territorio móvil, enunciación portátil. La prosa como espacio de mutación. El libro como cavidad inestable: “a) mi destino para el poema sería un pueblo que ya no existe, b) mi destino para el poema sería un pueblo que todavía no existe”. Xokomil varado en los belfos, atravesando el paladar.

Imagen: Erick González

'Síncopes', de Alan Mills



La poesía escrita en Latinoamérica es una de las más ricas que hay en el mundo. Pero dicha cualidad no descansa en la nada, que no se crea que la verdadera lira sólo yace en las pantanosas parcelas de la imaginación o inspiración, sino que ésta siempre ha gozado de una tradición que se ha ido solidificando desde que empezó a tenerse idea de ella, como un abanico que nos remonta a una variedad de tradiciones que acrisolan a la tradición española, francesa, germánica, inglesa, oriental y norteamericana.


Si tuviera que nombrar algunos nombres para que tengamos una idea de lo anteriormente dicho, no dudaría en mencionar a Octavio Paz, Rubén Darío, Enrique Lihn, Emilio Adolfo Westphalen, César Vallejo, Alejandra Pizarnik, Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza, Carlos Germán Belli, José Emilio Pacheco, Raúl Zurita, Blanca Varela, Jaime Sabines y la lista puede ser larga y no creo que exista alguien lo suficientemente responsable como para contradecir lo que estoy afirmando. ¿Qué es lo que hace que una tradición sea rica?, pues la variedad. Variedad entendida en que si se está dispuesto a quebrar los moldes de la tradición, pues deben, primeramente, conocerse los soportes en los que ella se apoya. Nadie innova o crea una propuesta partiendo de la nada. La poesía, su comprensión, radica en el poder desentrañarla desde sus mismas bases para que de esta manera un proyecto poético adquiera fuerza y originalidad.La poesía no sólo es el derroche de la experiencia de vida trasladada al papel, es también un soterrado tributo de lo que se escribió antes, de lo que se escribe y se escribirá. Es por eso que muchas veces, la aparente facilidad de la escritura de la poesía lleva a no pocos a darse contra las paredes del olvido, producto del desmesurado e inane entusiasmo.


Entre los poetas de la nueva poesía latinoamericana que más destacan hoy por hoy, puedo citar a los siguientes: José Carlos Yrigoyen, Germán Carrasco, José Pancorvo, Héctor Hernández Montecinos, Diego Otero, Victoria Guerrero, Lorenzo Helguero, Alejandro Tarrab y algunos más. Uno de estos nuevos representantes de esta nueva poesía latinoamericana es el guatemalteco Alan Mills (1979). Demás está decir que él es el más representativo de su país. Es autor de un libro catalogado como referencial, Testamentofuturo. Sin embargo, es con su última entrega, Síncopes, que este poeta ha contribuido a colocar el cimiento de un proyecto poético a tomar en cuenta de ahora en adelante.


¿Qué ofrece Síncopes? Pues lo siguiente: una mirada introspectiva y feroz crítica social que parte de su entorno para regodearse con sangre en lo que también acaece en los países de América del Sur. Un activo desdén por la gran tradición poética anclada en la lectura casi total de sus exponentes; una fuerza irracional que sólo encuentra pláceme en la exploración de nuevas formas narrativas que no son tan nuevas, ergo, un sólido contenido estructural que nos remite a la mejor poesía anglosajona de los años cincuenta y sesenta, a esos grandes poetas menores que tan caros le fueron a Jorge Luis Borges. Mills es una epifanía que transgrede lo antes escrito en pos de una actitud reflejada en una prosa trabajada que contiene elementos más que suficientes para despertar en el lector la más irreparable duda sobre qué es lo que se está leyendo, la ambigüedad de género literario supura en cada verso, historias contadas con el desgarro del corazón latiente que ve en el destello formal el objetivo que muy pocos logran, cumpliendo así Síncopes un rol al que supuestamente no estaba destinado, ya que el libro no se queda en un alarde de musicalidad y armonía, por el contrario, Mills cuestiona, agrede, disecciona, en prueba tajante de que la originalidad no debe estar en el terreno del capricho estilístico y la ignorancia insuflada con vacua experiencia de vida; deviniendo de esta manera en un poemario que arde, quema y que también conmueve.


Nota: Síncopes es el mejor poemario de la colección internacional “País Imaginario” de la editorial Zignos.


4 oct. 2007

ENTRE EL INSOMNIO Y LA NEGRA LUZ

Presentación de Síncopes (Lima: Zignos, 2007; México: Literal, 2007; Bolivia: Mandrágora Cartonera, 2007)
de Alan Mills


Por Héctor Hernández Montecinos


Quizá sean todos los fracasos de nuestras historias latinoamericanas, las hambres, las dictaduras de izquierda o derecha, la ignorancia, el Estado, la televisión, la pésima distribución de las riquezas, las fobias sin excepción, la delincuencia, todo esto sumado, multiplicado, restado y dividido lo que ha dado un contexto catastrófico en las sociedades civiles para que en tan distintos países estén apareciendo poetas jóvenes con obras tan radicales, duras, sucias, terribles, conmovedoras, poderosas, honestas, arriesgadas, sinceras y sobretodo escritas sin el menor miedo.

Estos poetas se vislumbran como anómalos en sus tradiciones respectivas, y por tal se ha intentado un silenciamiento desde las academias y las posiciones más rígidas de los
establishments locales, sin embargo estos contextos nómades y aciagos han resultado ser el escenario de una guerra simbólica que la poesía como género en extinción ha podido vislumbrar como un momento singular en la materialidad misma de las escrituras de hoy.

El fin de la poesía deviene su propia autorreflexión y la búsqueda incesante de sus propias posibilidades, de allí que hablar de su término no sea más que una metáfora para nombrar sus laberínticas entradas y salidas. La muerte no es fin sino pura conversión, eso ya lo sabe el autor que no ha desaparecido jamás sino que sólo se ha desplazado de ser un nombre a una función dentro de la escritura. Ficción, ficción y ficción hasta el agotamiento, esa pareciera ser la coordenada mutante de lo que se está escribiendo ahora. La ficción hace aparecer una desaparición, y por tal toda obra es ficción en el sentido de que la escritura es el trazo de lo que no volverá a ser lo mismo. La ficción es más real que la vida porque no se queda ni un momento en paz. No camina, sino que vuela, no habla sino que susurra gritos que nadie escucha pero todos saben que existen, porque la poesía por tal ha triunfado, aún es la voz de los muertos, aún es un habla desconocida que el mercado no ha podido comprar, aún la lengua poética no es madre ni padre, a lo sumo hermana, hermana muerta de un niño que todavía no nace.

Síncopes de Alan Mills (Ciudad de Guatemala, 1979) es una de esas voces que desde lo más oscuro de la realidad deambula por las ruinas de cualquier ciudad, pues todo el occidente está en ruinas y ese es su esplendor. Mills lo sabe y por tal las hace brillar con un lenguaje descarnado, desolador, emotivo y desafiante. Este libro si algo expele es vida, entendiéndola en el peor sentido que pueda tenerse de ella, es decir una no muerte, y desde esa agonía empírica que se enmarca en la catástrofe global es que la radicalidad de estos textos pasa por el simple hecho de cerrar los ojos, estirar la mano y dejar que el lápiz hable toda la noche y el autor sólo recuerde esa noche en vela que es el poema.

Síncopes es sin duda este largo insomnio donde las voces se montan unas con otras y a la vez nadie, pero todos hablan. Es el reino de los muertos, y sus voces sumadas son la luz de una cotidianeidad que de tan próxima es aterradora y fugaz. Mills escribe con sangre una pesadilla colectiva que todos hemos permitido, y quizá, hemos deseado, pero al poder contemplarla como texto se nos convierte en una crónica fantástica del día a día. Pliegues de cuerpos, deseos proliferantes, territorios que huyen, y una discursividad clínica que parodiza al lector figurizándolo como madre, hermana, doctor, amigo, pues tal vez esta invención metafórica del lector sea la mayor penetración que un poema pueda llevar a cabo. Nada se construye en el papel, pero sí en las nuevas formas de cómo leer, de cómo entender lo que se lee o dejar de entenderlo.

Síncopes es parte de estas nuevas escrituras que ponen cortapisas a ese lector burgués que acumula sentidos detrás de cada palabra y que buscan en los versos preguntas que hacer a la sociedad. Este libro se ríe de eso y le da la espalda a los ojos que lo leen, él discurre, habla consigo mismo, se burla, insulta, llora, se va y vuelve y todo y nada ha cambiado de lugar. Los Megatemplos aparecen y desaparecen en un zapping vertiginoso, la página en blanco es una gran pantalla donde vemos ficcionalizada la ficción y es lo más próximo a una realidad, a una crónica fuera del tiempo, a una carta de amor.

Síncopes es una carta de amor, sí, para nadie, escrita desde la muerte, desde donde todos pueden hablar y no hay jerarquías. Un amor a lo fugitivo, a lo que se desliza por entre los cuerpos, los lugares y los intersticios de las lenguas, las jergas, los coloquialismos y las más bellas malas palabras e incorrecciones del idioma. Alan Mills ha escrito una obra poderosa, iluminadora y peligrosa, porque ya en esta escritura no hay objeto sujeto ni dialécticas, sino que un coro siniestro que habla desde el más allá sobre un presente que para nosotros lectores es pasado y futuro a la vez. Como bien señala Raúl Zurita en la reseña que acompaña al libro, al lado de la gran poesía están las más terribles pesadillas renovadas, desde el mercado hasta la moral, y por ese hecho innegable es que Síncopes de Alan Mills es un ‘testamento futuro’ de la poesía latinoamericana, una perla negra y un triunfo, porque es la comprobación de una esperanza, un sueño que a todos nos concierne y que vemos crecer en Latinoamérica como una promesa que nunca nos hicimos pero que sí estamos viviendo.


Santiago de Chile, septiembre 2007
Imagen: Erick González

3 oct. 2007

QUIERO UN HABLA

Presentación del libro Síncopes (Lima: Zignos, 2007; México: Literal, 2007; Bolivia: Mandrágora Cartonera, 2007)


Por Maurizio Medo


Esta proclama podría resultar un elocuente retruécano retórico si es que no vislumbráramos la sombra de este anhelo en las diversas urdimbres verbales (alocuciones, expresiones y sociolectos) con las que Alan Mills va tramando los espacios (en plural) en los que se desarrollará su poética.

La primera idea que me asalta es
Síncopes como una alteridad de realidades en las que la palabra identidad se revela vía el lenguaje, el cual es víctima de la hybris. Con la palabra Hybris los griegos expresaban la mala educación, la desobediencia a los dioses, el ir más allá de los límites. La falta de mesura, es decir la desmesura.

En un pasaje de La Iliada Homero nos cuenta que “Aquiles montó en cólera”. La cita de esta frase no es gratuita. Heráclito se burla y desacredita a Homero, seguramente, especulo, porque para el efesio la imagen de un héroe colérico es absurda. Desde esta misma perspectiva, la imagen de un poeta carente de lo colérico, originado por el descentramiento; por el desarraigo; por la conciencia de las desigualdades (socioculturales y políticas); por el deseo desmesurado de “querer un habla” – y confesárnoslo- es tan absurda como lo fue para los efesios aquella imagen del héroe fuera de sus cabales. Más aún si este héroe clásico es un arquetipo antitésico al del poeta de la "gleba posmo". Esta hybris está presente en Mills desde la elección del título,
Síncopes (del lat. syncŏpe, y este del gr. συγκοπή). De acuerdo con el DRAE entendemos por “síncope” la pérdida repentina del conocimiento y de la sensibilidad, debida a la suspensión súbita y momentánea de la acción del corazón. En AM está pérdida metafórica se constituye en una conquista: la del habla que reclama para sí. Esta surge desde un colapso en el tríptico platónico Belleza, Bondad, Verdad, sepultando la noción de realidad tridimensional, abriéndose a la modernidad del caos y a la cuarta dimensión, es decir, al espacio mismo, a la dimensión del infinito, donde Apollinaire dota a los objetos de plasticidad. De acuerdo con el poeta, al proponerse generar una ruptura con las dimensiones euclidianas aparecerán las dimensiones problemáticas, "degeneradoras" de los géneros e impulsoras de la repulsión y del desvío del gusto (Carlos Fajardo Fajardo). En Mills esta actitud “degeneradora” deriva en la percepción singular de “las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce de un modo de “estado límite” (Carpentier). Es decir un síncope que, en pro de la adquisición de su habla, lo conduce al hibridismo, a través de un diálogo entre el lenguaje de órbita culta con su opuesta, desde ese “estado límite”

conmigo está su purrún, su chinique, en este pellejo les gusta divertirse y apagar sus cigarritos, en serio que siempre me sentí fea, bien hecha mierda, y ahora estos cabrones vienen a decirme: mire mamaíta usté tranquila

AM deja de ser aquella perpleja criatura monolingüe para pasar a convertirse en un corruptor de la estética tradicional al construir (y deconstruir) desde los lenguaje(s) – donde se conjugan restos de la civilización occidental con el otro, asaz en claves cifradas. Esta combinatoria – que trasciende el hecho mismo de la expresión – es la clave a través de la cual autor y lector se encontrarán en la contemplación del conjunto de distinciones propias de cada tribu latinoamericana (las que evidencian sus semejanzas) con la posibilidad de pensar críticamente en ella(s). No se trata de “vivar” por una identidad desde sus entrañas. Más bien de ponerla a prueba desplazando la búsqueda de ese da-da, de ese primer balbuceo (de quien conquista una / otra forma de expresión, más que una nueva) por distintos estadíos. Insisto, el deseo fundamental del poeta era la adquisición “de un habla”, ¿la encuentra? Me atrevería a decir que ésta, el habla, siempre estuvo allí y que si llegó el sujeto quien ahora la posee, Alan Mills, aparece como soñado por ella. Dentro del sueño del habla el poeta vuelve a soñarla. Hay que ser conscientes que el conocimiento que ostenta Mills del lenguaje no surge desde una relación de pertenencia. No es el tradicional “hijo de”. Por el contrario. El vínculo entre la Madre tierra y su hijo (el poeta “pródigo”) se hace más entrañable pues la Madre (pachamama) envuelve al segundo, lo narcotiza
naïve a través del Asombro. Sin él – otra forma de la hybris- nada sería expresable.

ahora recuerdo cuando bajé al río y las mujeres pensaban que yo era otra hembra, pues mis cabellos estirábanse como una carretera muy blanda, después sonrieron enrojecidas al sospecharme el macho, diosita: ellas saben que propagaré las tribus más allá de la frontera que esta esperma ha construido, diosita: pensé mucho acerca del vacío de dios en aquel silencio de la noche, hoy sé que tienes cierta manera de llamarle al deseo, mi personal jesus: gracias a tu ausencia intuí que de aquellas montañas va resbalando el hormigón que amasija los bares y nuestros castillos rave, nuestro éxtasis lo trae el polvo de los muertos que olvidamos y se vende en los Megatemplos, ese tipo de cosas he ido pensando mientras canto en silencio para ti diosita mía

Alan Mills apuesta por reunir una serie de elementos que le permitirán “poner en escena” hechos (colectivos como personales) que discurren trasversales al concepto decimonónico de realidad. Estas “escenificaciones” en su manifestación lingüística transcurren también trasversales a los estándares de un supuesto canon de la poesía latinoamericana. Estamos ante otra obra proveniente desde las márgenes (como lo son también
Putamadre de Héctor Hernández, Anémona de Rodrigo Flores o Cobijo de Felipe Ruiz) En Síncopes la poesía asoma como un acto de repolitización de la realidad a través del lenguaje, lo que permitirá la revelación de una(s) identidad(es), pero no con los estándares de la consigna, sino como una concepción sociocultural que rastrea la tradición (y negación) del ser latinoamericano desde su raíz:

conozco otro pueblo, uno donde los niños ríen al caer la noche, están bien muertos pero risa y risa, travesiean con los chuchos que nunca tuvieron, se han echado encima una sábana de tierra que saben quitarse para soltar sus barriletes etéreos, allá las mutiladas de juárez y guatemala ofician como sus nanas

No sólo topamos con aquellos machos, creídos hembras por la pureza indígena (conmovedoramente retratada), ni el pueblo que entre risa y risa gobierna sus chuchos. Encontramos también, desde un plano referencial, es cierto, la aparición, casi como en “letanía” (...) de hendrix emily de leonardo sade bacon de atanasio hölderlin bartök de tun van gogh de foucault thelonious fellini de juana inés reznor jesús woolf de marx kafka pound asturias de vallejo de miguel ángel sandino)

Es decir, en
Síncopes "lo nuestro" reside en la intersección de las diferentes expresiones artísticas de todas las épocas, nuestra identidad está en el "cruce" de corrientes, no en el seguimiento de una de ellas ni en la homologación provincianista de patrones. Mills, desde la fractalidad, desde la conquista de un habla, que es pérdida de la conciencia racional, nos muestra como “hijos” de una Babel cuya estatura alcanza apenas nuestra pluralidad de ser. Todo esto retratado desde una prosa con la que nos deslumbra al mostrárnosla como una invención de la poesía.

Imagen: Erick González

27 ago. 2007

PAÍS IMAGINARIO


vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario

Nicanor Parra
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Entre los días 27 y 31 de agosto se celebrará en la ciudad de Lima la primera versión del festival País imaginario, organizado por Editorial Zignos, que coincidirá con el lanzamiento de la colección de poesía País Imaginario. Esta colección dirigida por Harold Alva y Maurizio Medo aparece en Latinoamérica con la intención de crear un espacio para las nuevas escrituras trascendiendo los conceptos de literaturas nacionales y de generaciones. El país imaginario, a decir de sus directores, se articulará basándose en poéticas que abren un nuevo espacio discursivo, ideológico, crítico y político, entre los que se vienen generando en las aldeas de la lengua castellana.
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En este primer festival se presentarán los libros: Litane, de Alejandro Tarrab (México); Segunda mano, de Héctor Hernández Montecinos (Chile); Explanans, de José Manuel Barrios (Uruguay); Demonia Factory, de Ernesto Carrión (Ecuador); Síncopes, de Alan Mills (Guatemala), así como Óxido y Manicomio, de los peruanos Jorge Hurtado y Maurizio Medo.
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En el marco de este encuentro, a desarrollarse en lugares como la Casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la Universidad Católica Sedes Sapientiae, Antares, artes y letras y el Yacana bar, los poetas invitados compartirán escena con diversos autores peruanos (tales como Paul Guillén, Rafael García Godos, Luis Fernando Chueca, Alessandra Tenorio, Florentino Díaz, José Agustín Haya de la Torre, Willy Gómez Migliaro, entre otros) en un intento por dialogar desde la poesía misma trascendiendo las fronteras. Asimismo se tendrá la proyección de los videos de Karen Bernedo y Gustavo Reátegui y el del encuentro de poesía Poquita fe de Scott Meier y Héctor González y la celebración de perfomances y recitales.