31 dic. 2005

Marca de agua y Poemas sensibles

Editorialmente hablando, este 2005 me resultó bastante movido. En febrero, la Editorial Cultura de Guatemala editó mi libro Marca de agua. Poemas sensibles, por su parte, constituye una tercera colección de poemas (en rigor, mis tres libritos son solamente tres etapas de una iniciación, y juntos apenas rebasan las 150 páginas). Poemas sensibles fue editado, con particular cuidado y con un sentido muy desarrollado de la belleza minimalista (mano de Carlos López), por la mexicana Editorial Praxis, en octubre de 2005. Éste puede encontrarse ya en liberías de México DF, y en El pensativo y en Sophos de Guatemala. Es cierto que todavía no hemos programado presentación para dichos engendros, pero es muy probable el lanzamiento de Poemas sensibles este año próximo en México. Marca de agua también será comentado públicamente en algún momento del 2006. Noticias oficiales dentro de poco. Saludos y mis mejores deseos para este nuevo año.

27 dic. 2005

Cuestión de nombre


Mi segundo apellido es Pérez y, según estadísticas confiables, es el más extendido a lo largo y ancho de la patria grande latinoamericana. Lo anterior debiera ser razón suficiente para henchirme de orgullo, pues me inserta en una verdad compartida, continental. Ante dicho dato y para calmar los desvaríos de mis familiares (que se consideran "Pérez, pero de los que vinieron de España") haría bien en añadirlo a mi nombre usual, al nombre por el que me conocen y con el que firmo. Entonces: Alan Mills + Pérez.

Según mi madre, este pequeño detalle sería la alegría de tíos, primos y la suya propia. Estas cosas les importan.

Y ya que voy en el tren de ceder, ¿no sería más sutil quitarme el Mills y mejor sólo dejar el Pérez?

Hay que tomar en cuenta que la cacofonía de ambos apellidos juntos resulta una ligereza imperdonable. Entonces: Alan Pérez.

Quizás un cambio así hubiera complacido a aquel escritor que, con ocasión de un cóctel literario, me espetó: "¡ese apellido (Mills) no rima con el físico!".

Lo dijo con mala leche, sin embargo, la verdad es que en el momento tomé sus palabras con la liviandad que producen los vinos y me reí, no le puse misterio. A la hora de la resaca ya lo había olvidado.

Pero pasó el tiempo y el escritor en cuestión aprovechó un encuentro casual para pedirme perdón: fue ahí que dimensioné las cosas (aunque, claro está, acepté la disculpa).

Algo parecido me ocurrió en un funeral: otro escritor se acercó a preguntarme, con tono de sospecha, si Mills era apellido o seudónimo. Aquí logré contestar audazmente, y le expliqué que un seudónimo así sería más bien ridículo, un artilugio de bajo calibre, pues más que apelativo de hombre de letras, suena a nombre de beisbolista o, en el mejor de los casos, de contrabajista de una Big Band.

He repetido este efectivo argumento para alejar a curiosos e incrédulos que, por alguna inexplicable razón, suelen ser literatos de vieja guardia más uno que otro adevenedizo, o wannabe. Mills es un patronímico de esencia anglo-antillana y por ello inusual en este país de gente pronta a delirios castizos. Mis cercanos lo aceptan de la manera más urbana y sin sorpresa. Se agradece.

En consecuencia, y habiendo dicho lo dicho, perdí la gana de ceder: ¡Alan Mills, así se queda! Me gusta por corto, por eufónico y porque me mantiene en alerta de mi raíz mestiza. Y si de rimar se trata, prefiero al narizón de Góngora, chingaos.

(columna de prensa de 2004)