20 mar. 2009

Nación Alienígena

No sé en qué país estoy. Desconozco el idioma que hablan mis semejantes, sus rostros me parecen extraños, díscolos. Durante las noches hace mucho frío, al mediodía se deja sentir un calor exagerado. La gente buena es mala y la gente mala es invisible o fulminante. Si vemos a un policía por la calle, temblamos de miedo. Luego, con una insensatez tremenda, pensamos en llamar a la Policía, hasta que nos percatamos del Gran Equívoco.

He conseguido expresarme en el idioma local: se trata de un ensalmo de latín, español antiguo, lenguas mayenses, arameo e inglés americano. Con relativa fluidez, les cuento a mis nuevos amigos las historias más realistas, algunas escenas concretas de mi vida.

Les doy detalles y garantizo la fidelidad de lo que narro. Dicen que me lo creen todo, pero esto me lo escupen a carcajadas.

Estoy en un país muy avanzado, cuyo principal síntoma es que aquí ya no existe la política, ni la cultura en el sentido clásico: la gente que parece de izquierda es simplemente triste, reprimida y muy envidiosa. Se alegran mucho cuando triunfa electoralmente la derecha, a menos que sea en otro país; cuando pueden, te echan el muerto a vos, o al que esté más cerca. Literalmente. La gente de derecha es liberal y conservadora, al mismo tiempo. Les gustan las músicas modernas y las buenas chaquetas, los dj’s más cool. Por las mañanas contabilizan las rentas de sus fincas, usan el I-pod sobre el lomo de sus caballos o sirvientes y hasta parecerían una especie nueva de Centauros Tecnológicos.

Hay también nazis quishpinudos y evangélicos sicópatas, budistas drogadictos y falsos brujos del Tzolkin. Misóginos feministas y mujeres murciélago. Los perros de la calle son todos de la misma raza: malix.

Muchas personas han cambiado sus nombres. Por ejemplo, José Toc ahora es Joe Scott; Carlos Culajay ahora es Carla Bruni.

En este país aman los deportes en los que les va mal; si alguien consigue un triunfo mundial en cualquier disciplina impopular (karate, por ejemplo), será merecedor del rechazo o, con suerte, de algo parecido a la compasión social. Se gozará sus minutos de fama y de inmediato pasará al habitual ostracismo y a un abandono todavía más profundo. Los periódicos dedican páginas y páginas a los fracasos, a las derrotas y a sembrar la duda sobre los que todavía no han colapsado. El prestigio se prefiere construirlo de forma local y endogámica, a modo de poder tratar con arrogancia a todo aquél que haga méritos allende la frontera patria sin plegarse al tótem tribal. 

Es común la práctica de simular el acento de un país donde jamás se ha estado (o que se visitó por unos días) y hablar con familiaridad de gente que no se conoce. Los intelectuales despedazan los libros que no han leído y critican a muerte las películas que jamás mirarán.

En la televisión combinan sacrificios humanos con programas de concursos. Ayer vi por la tele a una señora con un cuerpo muy extraño, mezcla de gorda y de flaca, saltando con pertinaz alegría. Se había ganado una caja de jabón al participar en el programa de concursos con mayor rating. De verdad se le veía muy mal y muy feliz cuando saltaba, como si toda su tristeza rebotara en el aire, perdiéndola. Después, la cámara hizo un close-up sobre los esculturales cuerpos de las bailarinas del programa, que yo juraría son brasileñas.

No sé cómo se llama este lugar. Siempre que lo pregunto me responden con evasivas: que si ya noté que el tiempo se puso muy caliente ahorita al mediodía; que si no sé cómo quedó el marcador del último partido de la selección; que a cuál Megatemplo asisto yo. Ese tipo de cosas.