14 jul. 2014

Aparición (y desaparición) de la literatura ninja


Documentar la aparición y la desaparición de la literatura ninja nos llevaría miles de páginas que se podrían traducir en miles de árboles talados por la motosierra de nuestra conciencia. En el mejor de los casos, podríamos terminar presentando millones de entradas que también terminarían traduciéndose en millones de kilovatios de lectura inconsciente.

Nos ahorraremos todo ese gasto al afirmar que la literatura ninja nunca existió. O que jamás ha existido en los términos ordinarios de lo que consideramos que puede existir. La literatura ninja no es más que un pequeño exceso, un juego retórico que se nos fue de las manos. Pensemos en esas bolas de fuego que revientan las cabezas de los sujetos que luchan por sobrevivir al interior de los videojuegos.

Gracias al sueño de una noche de verano, descubrí que toda esa literatura inexistente aparecía espejada en la realidad por una serie de textos –los mismos que siempre titilaron como estrellas ninja esparcidas por este blog– que conseguían teletransportarse o desaparecer, sin atender a ninguna razón o motivo. Reparé en que eran de verdad seres vivos que se desplazaban de un género al otro, sin lógica, ni concierto. Habían aprendido de los ancestrales guerreros japoneses que en su propia fugacidad residía buena parte de su fuerza. Se incendiaban en el papel ante los incrédulos ojos del Lector, o se quedaban convertidos en los difusos fragmentos de una luz pixelada por el recuerdo de un libro que jamás llegó a ser escrito.

Los historiadores de la literatura ninja estarán de acuerdo con el destino virtual de estos 50 textos sobrevivientes, escritos todos entre el año 2003 y el 2012. Porque la literatura ninja no es más que un rastro, una intuición. Pero también porque deseamos imaginar un libro que puede ser apenas un orden sugerido (que permita hilar los errabundos ejercicios de esta bitácora), una arbitraria compilación de pequeñas literaturas menores, o un mapa sin territorio (que sólo una lectura desorientada podría confundir con una novela).

Para pasearse por este mapa inexistente, bastará hacer clic en cada uno de los links que aparecen a continuación:



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Foto: Alan Mills

10 jul. 2014

La obra

Toda obra debería ser inclasificable o apenas legible en los términos de una inédita especie animal.

Una escritura es una lectura que supo mutar, afectada por la radioactividad de enfrentarse a lo que la muerta poesía tenía por testimonio. Lo hemos presentido desde siempre, aun cuando muchas veces sucumbimos ante la imposibilidad. 

Nuestro entendimiento lineal del espacio y del tiempo representa un reflejo de esas geometrías euclidianas que muchos antiguos y varios contemporáneos han sabido poner en cuestión a través de grafías que tiznan el cielo, o que ocupan el desierto y las montañas; unas grafías que saben cómo marcar tu cuerpo, el cual, siendo agua y fuego – como el lago de Atitlán y sus volcanes –, completaría la imaginación de los elementos.

Experimentamos la poesía como un exorcismo y un incendio. Ésta es apenas una de las lecciones del gran Lautréamont y su Maldoror. La poesía permite transfigurar a las sombras, enaltecer el deseo, dotarlo de una dignidad empapada de transparencia. Una verdad esencial puede funcionar como la mascarada de algo de mucha menor importancia. Una mentira bien dicha puede transformar al mundo. Lo que parece más obvio, es falso. Lo que parece increíble es lo que realmente pasó. La poesía es ficción. Es algo tan evidente que pocos se atreven a decirlo. La poesía es la ficción más profunda y radical de todas porque es la de inventarse un alma.

A partir del final de esta línea habré comenzado a narrar un nuevo libro, donde se dará cuenta de mi historia y de los secretos del Lector. La distancia más corta entre el texto y los ojos que lo leen es una línea recta dibujada por la poesía. Es así que nace la obra como dimensión paralela y el Lector, con su vida imaginaria, pasa a ser consumido como el portador del lirismo propio de una historia en llamas.  Todo libro debería ser un mapa de las estrellas: así nos lo ha sugerido Mallarmé.

De la misma forma en que la sincopa conecta, casi imperceptiblemente, a una nota musical con otra idéntica que la precede, este libro respira en la intermitencia vigente entre la desaparición y el surgimiento del hecho poético como literatura o como engaño.

(Publicado originalmente en este blog en el año 2010)

Informe de un visitante extraterrestre


Ahora que he abandonado ese país —cuyo verdadero nombre jamás me fue revelado— quiero hacer algunos apuntes finales. No intentaré ensayar una síntesis, para nada, simplemente comentaré las cosas que más me impactaron durante los últimos días que logré atravesar esta nación de costa a costa:

i. Los perros son todos de una única raza. Me encantó su pelaje dorado y pegadito a la piel; un estilo que yo llamaría “sensual”, si dicha afirmación no se prestara a Los Equívocos.

ii. Me pareció muy curiosa y futurista la costumbre de llevar imágenes en andas. Recuerdo ahora la tarde cuando salimos con Marín, Churrón y Pr3tz, con una botella de champán en las manos. Borrachos llegamos a pedirle a los organizadores de una procesión que nos dejaran participar un poco. Un SadoMaso-Sacerdote nos repelió con la excusa de que ese día sólo cargaban los niños. Los señaló con el dedo. Fue muy tierna la imagen de esos críos. Reímos de amor al ver cómo iban purgando sus pecados al llevar sobre sus espaldas la imagen de otro niño sangrante, con un madero sobre los hombros.

iii. Mi idea de que la literatura — junto a la política y la cultura en un sentido clásico — no existía en el país, terminó siendo desmentida por una investigadora de cierta prestigiosa universidad de allende los mares, quien además me facilitó relatorios detallados de las prácticas gregarias de los escritores y poetas. Resulta llamativo el hecho de que la mayoría cultiva un estilo propio de las aldeas medievales de cierta región ibérica e, incluso, llegan a ser capaces de reproducir aquel acento al hablar. Buena parte de ellos usa seudónimos. La mayoría jura no conocer a ningún otro sujeto que practique el oficio, razón por la cual se crea la ilusión óptica de la inexistencia de los escritores.

iv. Previo a la pascua se practica una especie de carnaval invertido: en lugar de desnudarse, la gente se cubre con capuchas y pasamontañas. Los líderes de dicha fiesta llevan ratas muertas en la mano y besan a las muchachas más lindas, sin soltar las ratas. Les gusta mezclar simbologías de diferentes rumbos ideológicos y diversos matices políticos, hacen combinaciones estrafalarias y sin norma.

v. Hay un boom del arte plástico que vuelve locas a las multitudes. De acuerdo con lo que vi, existen tres tipos de artistas: a) los fabricantes de juguetes; b) los fanáticos de las chaquetas caras y los carros cromados; c) Dj’s de electroclash.

vi. En las universidades está de moda la contratación de profesores extranjeros, sin importar la calificación. El único requisito que se les pide es el de ser foráneos. Me enteré porque me ofrecieron la plaza de Historia de las Ideas Culinarias IV, en la Facultad de Humanidades de una casa de estudios.

vii. Industrias de madera destruyen bosques de 800 años y minerías de níquel construyen carreteras para poder contaminar a placer las áreas protegidas. Se queman cerros completos con la misma alegría con la que se afirma que todo es culpa de unos desconocidos.

viii. Recuerdo que aquella tarde, después de apreciar el espectáculo de la crucificción del niño, nos fuimos con Marín, Churrón y Pr3tz a un lugar conocido como Las 10,000 Puertas. Estuvimos largo rato hablando sobre lo complicado que resulta asirse a la fuerza gravitacional en este territorio; estábamos en un estado raro, un poco parecido a la felicidad, bebiendo cerveza y champán, en calidad de pendejos. En eso estábamos cuando se acercó a la mesa una muchacha que aseguraba ser la hija de un famoso político del pasado. Por alguna razón le dije que la vida era una performance y ella, contra todo pronóstico, se sonrió. No había terminado de decirle esto cuando vimos pasar a un viejo horrible con un machete en la mano. Perseguía a un neohippy, a una cooperante española y a otro acompañante sin mayor gracia. No nos interesaron las razones del incidente pero tampoco nos causó risa. El neohippy, al ver al anciano ya lejos, caminó de regreso, se acercó a nosotros, gritando, prácticamente acusándonos por nuestra indiferencia. Intentamos calmarlo. Su amiga española se reía a todo motor, mientras documentaba la situación en video. La hija del político me preguntó si de verdad todo había sido una performance y Pr3tz le dijo que sí, que exactamente de eso se trataba todo.

En conclusión: ésta ha sido una temporada maravillosa. Le agradezco a la vida la oportunidad de conocer sitios tan exuberantes. Nunca olvidaré la experiencia de atravesar el territorio de punta a punta en cayuco, ni la filigrana con la que tantos tullidos y amputados recitan fragmentos completos del Nuevo Testamento cuando viajan de pie en los  buses llenos a reventar, o sentados sobre pequeños islotes que nacen como lirios en esos hermosos y contaminados lagos. Arquitectónicamente hablando, las iglesias monumentales con las que han sustituido los cines porno, no tienen comparación.

(Publicado originalmente en este blog en el año 2009)

Influenza cósmica en México


La celebración del Día Internacional del Libro me llevó al vórtice de la peste. Rumores apocalípticos y paranoia rebosan en esta crónica.
 

1. La peste

Sábado 25 de abril de 2009, por la noche. Vamos desde Ecatepec hacia un pub irlandés en La Condesa, México D.F., donde nos atiende una muchacha demasiado flaca para la forma en que se mueve.

Beatriz insiste en hacer el largo viaje, a pesar de que se rumoreaba el cierre de todos los antros de la zona. Insiste porque quiere saludar a su hijo, quien estudia música en la megalópolis desde hace un par de meses y vive cerca del sector. Nos acompañan, además de Rodrigo y Julio, guatemaltecos, Nahum y Pablo, mexicanos. Bebemos con cierta apatía un largo tubo de cerveza oscura, mientras vemos llegar al hijo de Beatriz con un amigo. Atrás de ellos, unos grises funcionarios con los rostros cubiertos por mascarillas. Los parcos sujetos nos hacen abandonar el bar cuando apenas da la medianoche. Epifanía. Entonces les digo a todos, dirigiendo el énfasis de mi mirada hacia los mexicanos: “Pues algo así es Guate: como México en tiempos de la peste”.


2. Hacia ciudad Ecatepec

Jueves 23. Viajo, junto a Rodrigo Rey Rosa, hacia el municipio de Ecatepec, el más grande y poblado de Iberoamérica (nada menos que tres millones de habitantes), para celebrar el día del libro.

Ecatepec es un municipio del Estado de México —el lugar donde surgió el actual brote de influenza porcina—, ubicado a una hora, más o menos, del aeropuerto del D.F.

Me siento sano, contento, no existe en mi cabeza ningún presentimiento sobre la futura aparición del virus.

Pero durante el vuelo leo El material humano, la nueva novela de Rey Rosa: me provoca taquicardias, un ligero ataque de pánico y pensamientos paranoicos que no me abandonan. Esto es lo único que anuncia, sin quererlo, la situación que existirá en México a partir del día siguiente.

Salimos del aeropuerto; parece un día normal en el Distrito Federal, el tráfico y las marabuntas humanas. Taquerías, puestos de tortas, grafitis, miembros de tribus urbanas avanzando como guerreros mitológicos. Entramos a Ecatepec, que es como una barriada de tamaño gigante, del tamaño de la ciudad de Guatemala. Parece un lugar próspero, hasta cierto punto, aunque los cerros dibujan amplios sectores de desfavorecidos.

Al acercarnos al hotel "Fiesta Inn", todo comienza a lucir luminoso. El sol es radiante y el chofer que nos lleva es gracioso, sin ser simpático. Nos habla de un escritor llamado "El Valedor", quien, según él, no tiene parangón. Reímos. En nuestras cabezas comienza a florecer (lo comentamos) una botella de mezcal y el esperado concierto de Lila Downs, programado para el sábado, en el mismo festival adonde fuimos invitados.

Llegamos a Ecatepec un día antes de la noticia de la peste. Las personas todavía no andan con mascarillas y en el aire lo que hay es la felicidad de celebrar el día del libro, con una feria llena de joyas y rarezas, todas a precios de me lo llevo. Hay un podio y unas sillas dispuestas en la explanada frente al Ayuntamiento. Ahí realizaremos nuestra lectura. Guatemala es el país invitado de la pequeña pero dignísima feria que se lleva a cabo en el marco del Festival Internacional "Nuevos Vientos".

Le echo un ojo al público y me llama la atención un joven que viste bufanda. Despliega un lírico desafío a los 32 grados Celsius del ambiente. La bufanda casi le oculta el rostro, funciona como una premonición de los enmascarados que comenzarán a aparecer por todas partes tan sólo un día después.


3. No more Lila, no more Aterciopelados

Viernes 24 de abril. El joven poeta Julio Serrano llega desde Guatemala, justamente el día en que estalla la noticia sobre la epidemia de influenza que asuela a México. Hacemos una lectura en la Biblioteca Municipal, con un público muy animado y atento. A la mitad de nuestra presentación somos interrumpidos por unas funcionarias de Salud Pública que entregan mascarillas a escritores y concurrentes.

Alguien estornuda al fondo de las sillas y el local se ve invadido por una avalancha de risitas nerviosas. Al terminar la lectura les digo que seguramente nosotros, los guatemaltecos, somos las “malas influenzas”.

La gente sonríe, unánime.

Más tarde nos fuimos a almorzar, acompañados de funcionarios ediles. Beatriz acaba de llegar desde Guatemala. Apenas comenzamos a saborear la naciente psicosis colectiva, cuando aventuro, en forma de chiste, que el festival será cancelado debido a una peste de fiebre porcina. Lo digo sin pensarlo mucho, un arranque. Devolviendo el chiste, Nahum acusa a Julio de traer el mal desde Guatemala, mientras asonamos la carcajada, Julio incluido. Minutos después, se confirma que el festival se cancela, lo cual nos deja sin nuestras lecturas y sin los conciertos de Lila Downs, Aterciopelados y La banda de Tom Waits, entre muchos otros artistas del más alto nivel. Ahora sólo tengo puesta una mascarilla y estoy muy lejos de las estrellas.

Por la noche, viendo la televisión en mi habitación del hotel, registro, no sin cierta sorpresa y recuperando un poco la paranoia que sufrí durante el vuelo, el informe de las autoridades. Dice que no se trata de una simple influenza, sino de una mutación similar a la gripe porcina: una influenza porcina. 


4. ¿Peste porcina o gripe cósmica?

Sábado 25. Salimos por la tarde hacia Teotihuacán. Deseamos olvidarnos del clima tenso y los delirios colectivos que susurran innumerables causas de la influenza porcina, megalíticas e irreparables consecuencias y exuberantes pronósticos milenaristas.

Pasamos antes a la Biblioteca Municipal de Ecatepec. Ahí nos agasajan con chicharrones: una especie de ironía sutil para resistir el embate de la realidad. La mujer que los ha preparado nos dice que no hay peligro alguno. Y si lo hubiera, pues que de algo hay que morirse.

Mientras escribo esta crónica, informan por la radio que han fallecido ya 150 personas por causas asociadas a la influenza porcina en México. Se han reportado más de 1,500 casos de personas hospitalizadas por la misma causa.

Siento miedo, refuerzo mis defensas mentalmente.

Vemos por las ventanas, la gente conduce sus carros con tapabocas. Una quinceañera lleva una mascarilla muy chic, de color rosado, con brillantina. Hasta para protegerse de los virus malignos es prioritario no perder el estilo. Unos niños lucen máscaras de lucha libre. Consigo adivinar la de Octagón y veo, admirado, a Máscara Sagrada.

Al llegar al sitio arqueológico notamos que la gente entra y sale también con mascarillas y tapabocas. Todos intentan esquivar a los vendedores de artesanías y a los indígenas que suenan unos pitos que simulan el rugido de jaguares y los graznidos de las águilas. Parece que la mayoría de los turistas sale huyendo, sin embargo, nosotros avanzamos a contracorriente.

Subimos a la Pirámide del Sol; en su cúspide abro El Universal y leo lo siguiente:

“En los últimos años, cuando los científicos esperan la aparición de un nuevo y mortal virus mutante de la influenza, se discuten muchos posibles orígenes, creyendo algunos científicos, como el extinto Fred Hoyle, que su origen puede encontrarse en el espacio. En la década de los 50, el polémico astrónomo inglés propuso que partículas orgánicas o virus podrían vivir en el medio interplanetario y ser lanzadas ocasionalmente hacia la Tierra por la actividad del Sol, provocando epidemias”.

Veo a lo lejos a la Pirámide de la Luna, e imagino que el polvo estelar cae sobre nosotros con forma de virus, precisamente para que todos consigamos recordar estos lugares sagrados y cósmicos. Recordar sus lecciones y su conocimiento. Se trata de un virus que viaja desde los asteroides, para ponernos en contacto con la Tierra.

Desciendo a la carrera de la pirámide, con la intención de llegar al baño que vi en la entrada; siento un malestar estomacal súbito. Ya abajo de la pirámide, paso junto a unos vendedores de ponchos y éstos señalan un remolino de aire negro. Uno de ellos me dice: “uy, el otro día uno de esos se llevó a una pobre señora… mejor que tengas cuidado”.


5. La peste II

Lunes 27. Julio, Rodrigo y Beatriz partieron hacia Guatemala ayer por la mañana. Yo me quedé en el D.F., pese que la presentación de mi libro Trenes de alta velocidad en la Casa del Poeta Ramón López Velarde, había sido cancelada, como todos los eventos públicos. Decidimos enfrentar el Apocalipsis e improvisamos una presentación para los amigos en la colonia Narvarte.

Son las 10 de la mañana y salgo al balcón de este lindo apartamento metropolitano. Veo pasar a las personas en la calle. Observo a un niño con la mascarilla mal puesta, como si fuese un babero. Una señora lo usa de forma tal que parece un pasamontañas: una Subcomandante Marcos con cuerpo de tamalera. Ahora miro a una hermosa chica paseando a su perro: ella no usa el tapabocas, pero el cachorrito sí. La estupidez del amor.

En Sanborn’s hay un grupo de gente preocupada por no poder asistir a misa. Están bien vestidos, tienen un aire casi aristocrático. Todas las iglesias están cerradas, explican. La gente reza desde sus casas y comulga con hostias imaginarias. Los evangélicos miran en todo esto la confirmación de sus predicciones, aseguran los católicos con cierta ironía. Imagino que los fieles de la Santa Muerte estarán más serenos, me digo.

Hay una construcción en la esquina y los albañiles no cesan en su labor. Alcanzo a ver un puesto de tacos en la esquina contraria, y muchas personas incapaces de resistirse a la tentación.

Escucho de boca de un tipo con aspecto de intelectual, en el Metrobus, una teoría que comienza a circular como rumor, sobre la posibilidad de que el virus de la influenza porcina se trate de una especie de bomba biológica lanzada durante la reciente visita a México del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama. Una señora más bien humilde va sentada junto a mí, habla sola. Se dice a sí misma que esto nomás es la antesala de la revolución que sucederá en 2010. Zapata vive.

Mientras escribo este párrafo, tiembla la tierra y salgo de nuevo al balcón. Todos están afuera de sus viviendas y tienen mascarillas celestes y blancas. Todos conversan, nerviosos. En la radio informan que el sismo fue de 5.7 en la escala de Richter, con epicentro en las costas de Guerrero.

Los rumores y especulaciones alrededor del brote de influenza porcina en México, ya son otra peste. Apresto los oídos y escucho.

Hay quienes aseguran que toda la situación de emergencia es un montaje del partido que controla el gobierno federal. Le apuestan a cancelar todas las actividades culturales y masivas previas al 5 de mayo, fecha que termina la posibilidad de organizar eventos de tinte propagandístico, con miras a las elecciones municipales de julio. En la región metropolitana domina el partido opositor de izquierda, el PRD.

Otros aventuran que se trata de un ensayo de los mecanismos de control social, preparando el terreno para una inevitable militarización del país. Todo esto en el marco de la guerra al narco.

Otras críticas, menos conspirativas, son hechas directamente a las autoridades en general. Se les señala de no contar con datos a tiempo y de no haber ido creando escudos. También se escucha en conversaciones la crítica a la reducción gubernamental de los presupuestos en investigación, salud y educación.
Es indudable que esta epidemia afectará al flujo de turismo a México, además de crear una psicosis internacional que afecta la imagen del país. Esto podría dar nuevos pretextos para las restricciones migratorias, en un momento de crisis financiera en los Estados Unidos.

Ahora la paranoia se intensifica y me imagino que al volver a Guatemala seré visto, desde mi llegada al aeropuerto "La Aurora", como un posible agente de contagio.

Me ha escrito esta mañana Claudia, amiga bióloga residente hace años en Estados Unidos. Ella señala como culpables a los agro-negocios, quienes modifican demasiado las cadenas agro-alimentarias y transforman vertiginosamente los procesos naturales. Las cepas de virus que antes sólo afectaban a los animales ahora están ampliando su alcance.

Una doctora mexicana, en cuyo rostro puede leerse la tristeza, dice en la television: “esta es una cepa mortal”.

Martes 28. Por la mañana, después de una fiesta, veo a mis amigos limpiar el lugar, con sus tapabocas puestos. La radio continúa dando consejos y proponiendo medidas para evitar el contagio. Las personas llaman a la radio y en su voz es posible adivinar el terror. El locutor dice que ha sido una “temporada surrealista”, refiriéndose a los temblores del día anterior que se combinaron con la emergencia nacional, provocada por el virus.

Todos los restaurantes del D.F. están cerrados; apenas se puede tomar un café en algunas terrazas. La gente acude a los supermercados para pertrecharse como si se tratara de resistir a una invasión alienígena, o a la guerra del fin del mundo.

Paseo por el Parque México, junto a una amiga. Un teporocho se acerca a pedirnos un cigarro. Le decimos que no tenemos. Él responde que no importa, que de cualquier forma hoy sí que todo se va a ir a la chingada. Asegura que él visualizó este escenario desde hace más de 10 años, pero que nadie quiso escucharlo, que nadie ha querido buscar la luz.

Subo al Metrobus, de vuelta al apartamento en la Narvarte. Pocos vamos sin el rostro cubierto, una especie de resistencia silenciosa, o un torpe desafío al entorno. La gente no se habla y miran todos hacia el frente, como si presenciaran las escenas de su vida en una pantalla invisible. Nadie se habla, nadie se toca. Me recuerda un poco a la gente que viaja en los autobuses de Guatemala. Es igual a México en tiempos de peste.

A pesar de todo, no me siento incómodo por acá. ¿Será que me gustan los lugares apocalípticos? Miro mi boleto de avión, acaricio mi mascarilla y me pregunto qué pasará conmigo. 
(Publicado originalmente en el diario Siglo XXI, en el año 2009)

Prólogo



 Alan Mills o el escenario debe estar en ruinas
                                                  
Por Javier Raya
  
 Baudelaire era, en efecto, el único capaz de afrontar públicamente el ridículo con ademanes tan preciosos.
-Alfonso Reyes

El viejo mundo está muriendo y el nuevo mundo
lucha por nacer: este es el tiempo de los monstruos.
-Antonio Gramsci

1. Desaparecer con gracia

¿A cuántos clubes pertenece el improbable Lector? ¿A cuántas asociaciones, colegios, grupos, gremios, sociedades anónimas, logias, categorías se puede pertenecer? ¿Qué permite y qué restringe, a su vez, dicha pertenencia?
 
Propongamos un ejercicio de algo que algún listillo podría llamar “literatura expandida”: saque el lector su billetera, cartera o compartimento donde guarde sus credenciales de afiliación. No es necesario hacer un currículum vitae, bastará con echar una ojeada a las militancias con las que uno anda cargando por la vida: credencial de la universidad, tal vez, si el Lector confía en la educación universitaria; credencial de la biblioteca, si el Lector hace honor a su nombre; credencial que lo identifica en su lugar de trabajo, como miembro de un partido político, como votante registrado, como miembro de un supermercado, etc. 
 
Las credenciales y militancias que conforman nuestra experiencia social no siempre son tan visibles o claras como una tarjeta de crédito o un número de afiliación a algún partido político. Si se es miembro del Fight Club, por ejemplo, nadie debe saberlo. Si la militancia o el nexo que trata de establecerse atraviesa por lo literario, la cosa, ya de entrada, está más o menos perdida. Cierto marxismo (específicamente el de tendencia grouchista) afirma, para estupor de pocos, que el sujeto ha de pertenecer solamente a clubes que se nieguen a aceptarlo como miembro. El mayor de los hermanos Marx sabía de qué lado mascaba la iguana.
 
Un par de frases en favor de la diferencia: “Siempre le he restado importancia al dato colegiado, a la aparatosidad gremial de los poetas.” 
 
Escribir como niños ferales, incivilizados, que ven con desconfianza al resto del gremio. La escritura como expresión de un ser en peligro de extinción. La escritura como marca de diferencia frente a la angustia de las influenzas y las influencias, frente al contagio de las mismas taras retóricas y su reproducción viral. “La poesía es ficción”, dice Mills. “Es algo tan evidente que pocos se atreven a decirlo. La poesía es la ficción más profunda y radical de todas porque es la de inventarse un alma”.
 
¿Cómo ocultarse en lo mimético y memético sin ser devorado? ¿Cómo transformar, mediante el aikido de la escritura, los recursos de los opresores en herramientas de evolución? ¿Cómo sacar un alma del fondo de la negrura, como un mago que extrajera un conejo desde el fondo del tiempo? “Publicaré libros de poesía para ejecutar la intervención simbólica de un espacio que desde ahora me es ajeno. Seguiré llamándome 'poeta' a mí mismo, como una forma de ficcionalizar mi propia identidad.” Disfrazados de cisnes cantadores, el jaguar y el ajolote medran por estas páginas. Escriben no para evitar extinguirse, sino para desaparecer con gracia. Mills es el nagual de esa escritura. 
 
Cómo hablar de un mundo que desaparece a medida que se escapa de él, mientras se convive con él: he ahí uno de los misterios fundamentales de la literatura ninja.


2.

Alan Mills pertenece al idioma que ha ido conformando a través de su propia práctica de escritura, como quien confecciona un traje a medida que lo usa. 
 
Es inútil la partición de géneros en su caso: las taxonomías que funcionan para los críticos y los graduandos en las universidades son de poca ayuda; se trata de un esqueleto de animal fantástico que provoca una perturbación similar a la que habría sentido el primer antropólogo que llamó “lagarto terrible” a un dragón. 
 
Leí a Mills por primera vez en 2004 en la revista Oráculo, dirigida por Ramón Peralta, Rodrigo Flores y el recientemente fallecido Sergio Loo. Su texto era una reseña de algún poemario, no recuerdo cuál y en realidad no importa. Le escribí a Mills por primera vez al poco tiempo —ya en calidad de fan— para decirle que el poemario en cuestión me había parecido bastante malo, pero que me había fascinado su forma de encontrar belleza incluso en aquel libro prescindible, como uno que al ver un perro muerto resaltara del conjunto putrefacto la blancura y firmeza de los dientes. Lo primero que leí del poeta Mills fue una maravillosa historia de detectives que se había disfrazado, en una revista mexicana, de reseña. Una reseña buenísima de un libro perfectamente olvidable.
 
A finales del 2007 descubrí Síncopes (¡larga vida al “salmo del Chupacabras”!), publicado en la colección Limón Partido, del que Raúl Zurita escribió que “constituye el extraordinario poema de una violación”: la violación masiva y tumultuaria de una cultura. El síncope es el detonador del infarto que demolerá los Megatemplos (con sospechoso parecido a centros comerciales) erigidos en un país que podría ser cualquiera entre Tijuana y la Patagonia pasando por ciudad de Guatemala. Oda sobre el fin de una época en la historia de Guatemala que poetas tan grandes como Manuel José Arce habían delineado desde la sombra, ya sea de la marginalidad o del exilio. Consumir o ser consumido: tal es la ley entre los virus y entre los individuos virales y sus sociedades tóxicas. No salí de Síncopes siendo el mismo.
 
Entretanto, Mills viajó por el mundo, publicó más libros y tuvo ideas geniales, como disfrazar poemarios de novelas (como antes disfrazara poemas de reseñas) para que sus libros pudieran venderse en librerías, lo que a la postre le trajo a Mills la fama y fortuna que todos conocemos. Fue en esta embriguez que Mills vino a parar a la ciudad de México durante el primer apocalipsis zombie del 2011 (escribo estas líneas durante la segunda oleada, a finales del invierno del 2013, esperando, tal vez, mi turno para militar en las filas de los infectados), viaje del cual el Lector encontrará en Aparición y desaparición de la literatura ninja numerosas evidencias. 
 
Seguí los derroteros de Mills a través de su blog “Revólver”, que luego rebautizó con el afortunado juego gráfico “(R)evolver”, dando primacía al factor evolutivo en vez del armamentista: la premisa fue el instante, la contingencia, jugar a lo que hubiera a mano (los niños perdidos nunca se aburren, siempre están inventando juegos nuevos). En (R)evolver lo mismo podías encontrarte el relato de un concierto de rock o una fiesta salvaje que un sentido comentario a la muerte de un sociólogo francés (gracias por tanto, Jean), o un poema o una canción o algún comentario político. Lo que uno agradecía era que Mills siguiera escribiendo, ya fuera en alguna colaboración con los Superdemokraticos, en su blog o donde fuera. Si Mills deja de tuitear durante un par de meses, sabes que en alguna parte está escribiendo algo, trabajando en algo, tramando algo. Como buen escritor ninja, el silencio de Mills es el silencio de los conspiradores que se esconden a la vista de todos.


3.

Leer Aparición y desaparición de la literatura ninja ha sido, para mí, un viaje en el tiempo: hacia el pasado en los textos que ya conocía de (R)evolver, y también hacia el futuro a través de estas visiones de literaturas posibles que aún no se escriben, pero que en la concepción del tiempo cíclico ya se han escrito y perdido en innumerables ocasiones. 
 
Algunos textos los recuerdo y otros me toman desprevenido y con la guardia baja. El conjunto —una especie de antología personal— reúne también fragmentos de otros libros de Mills (creo ver por ahí a la Reina Isabel a bordo de su Caja negra XX 2012, publicado por Mata-Mata, por ejemplo, buscando al avión malayo que por estos días se perdió en el océano Índico), y salvando toda constricción engañosa en cuanto a géneros literarios, conforma menos un muestrario que un catálogo de obsesiones. 
 
Sin embargo, la continuidad entre los ámbitos de escritura de Mills es ilusoria: un lector que busque formas imperecederas, reconocibles en Aparición y desaparición de la literatura ninja quedará muy decepcionado; la continuidad, si existe, es, a falta de mejor apelativo, ética: una visión mutante de la realidad que tomará cualquier forma que le parezca conveniente para decir lo suyo, creando una continuidad artificial entre crítica y ficción, entre teoría y sueño, entre política y diarística, entre antropología y poema.
 
“La literatura”, dice Mills, “es la continuidad histórica del tiempo colectivo.” Y me recuerda a las eras imaginarias de Lezama Lima, que no es sino otra forma de dar pistas sobre esa coordenada inhóspita donde una conciencia de lo colectivo late desde el fondo de la memoria de la especie: donde la Historia con mayúsculas y la historia genealógica, personal, no sólo colindan sino que se vuelven indistinguibles: son formas de ficcionar, que es el mecanismo mediante el cual la conciencia se apropia —siempre de manera fugaz, en ocasiones con la ayuda de las palabras— de sí misma, en su fragmentación. “Diríase que mi escritura es el dibujo de estos desplazamientos”, dice Mills. “Así busco a mi ser estallado.”


4. Enter the ninja

A propósito de la literatura ninja en realidad hay muy poco que decir. Como las revoluciones grandes y pequeñas, comenzó como una broma entre camaradas y terminó como una sangrienta embestida al palacio de invierno. Los investigadores del fenómeno ninja dirán que exagero.
 
A pesar de que tanto Mills como yo hayamos consignado un par de manifiestos sobre lo que podría ser o lo que entendemos por literatura ninja, creo que estaremos de acuerdo en que uno no puede adscribirse voluntariamente a la literatura ninja: se trata más bien de un llamado o una enfermedad. Cierta tendencia a la desaparición, al extravío, cierta gracia para trepar por las paredes y volar entre los edificios lanzando estrellas shuriken a nuestros enemigos. También estaremos de acuerdo en ubicar a ese enemigo dentro de uno mismo.
 
Al pensar en la literatura ninja uno podría pensar en Pierre Bordieu y la sociología como deporte de combate, o en Michel Onfray quien ha defendido una sugerencia similar para el terreno de la filosofía, en su eterno budokai contra Sartre. Nos engañaríamos. Ser escritor ninja para mí se parece más bien a ser un místico marcial en medio del caos. No se busca aportar respuestas esclarecedoras ni aparecer en programas de entrevistas sugiriendo caminos para la literatura del futuro; simplemente atestiguar desde la primera fila de la conciencia la supervivencia de ciertas formas de lo humano y la desaparición de otras. 

Queremos estar despiertos, incluso —sobre todo— en sueños. 
 
Después de todo, la condición de la literatura en nuestros días es ninja: es como ese personaje en las películas de karatecas que es despachado rápidamente por Chuck Norris o Bruce Lee; pero también, en una acepción más histórica de los ninjas, como esos sirvientes discretos en las casas del shogún, los cuales tenían acceso privilegiado a información confidencial gracias a su discreción, a que no llamaban mucho la atención. 
Podía tratarse de un jardinero, de la nodriza, del cocinero: el ninja histórico (como su contraparte femeninja, la kunoichi) basaba su efectividad en no ser descubierto.
 
El ninja era un traficante de información, un espía, un sintetizador de data y un ejecutor. Su arte era el de la espera, y su acción era impecable. Si su misión era exitosa, su identidad permanecía en secreto; si fracasaba, todos se enteraban, y el castigo sería ejemplar. A diferencia del samurái, quien estaba adscrito a un estricto código de honor y se obligaba a sí mismo a responder públicamente por su conducta —con la vida, de ser preciso—, el ninja creaba su propio contexto y sus propias reglas. Es el que realiza el trabajo menos prestigioso, el que nadie quiere hacer, el que es moralmente reprobable y que no entraña ni busca ni admite honores. Dada la variedad y sobre todo la eficacia de sus métodos, se creyó que el ninja podía caminar en el agua, hacerse invisible o volar por los aires. En realidad, el ninja es un profesional del engaño: uno que sabe convertirse en espejo, una imagen vaciada de verdad y de mentira. Uno que se conoce a sí mismo, disfrazándose de sí mismo.
 
En nuestros días, las redes sociales nos permiten representar públicamente el papel de ese ideal del yo que cada uno es hacia sí mismo. Nos disfrazamos de nosotros mismos a través de la editorialización de la vida privada en los medios públicos. Pero nadie es tan guapo como en su foto de perfil de Facebook, ni tan interesante como en su feed de Twitter: fuera del horizonte del evento representable (la foto en Instagram, el tuit, la actualización del blog) vamos perdiendo la posibilidad del testimonio, de ser sujetos capaces de hablar en nombre de sí mismos: somos el compilado, el remix, la mezcla de opiniones más o menos procesadas a las que estamos expuestos a diario.
 
Sospecho (pues la sospecha es la única forma de conocimiento en la que creo) que la literatura ninja, en lo que tiene de lúdico y de grave, no es sino un avatar de esa inmemorial tentativa por aprehender individualmente un conocimiento impersonal —de merecer, si es a lo único que tenemos derecho, una ignorancia a nuestra medida. La conciencia de Mills en este libro aparece y desaparece detrás de su discurso, que es sobre todo un testimonio de la realidad que se le presenta como escritura. Si la escritura no es ya una forma de conocimiento, sigue siendo una forma de vida. La escritura es una forma de vida que se reproduce viralmente a través de nosotros. Algún tipo de escritura será el único vestigio de que alguna vez existimos sobre el planeta, y los libros de Alan Mills y de unos pocos más serán mirados por los sobrevivientes analfabetas con la curiosidad, la indiferencia y la extrañeza con que nosotros miramos hoy los templos en ruinas dispersos e indescrifrables, medio enterrados y medio descubiertos por toda América.